“El reverendo” (2017): el silencio de Dios y la angustia del fin de los tiempos

La última película de Paul Schrader está influenciada por grandes directores como Ingmar Bergman, Robert Bresson y Carl Theodor Dreyer. Disponible en Netflix.


Por Manuel Casavilca CRÍTICA/ NETFLIX

Fuente: IMDb

En El reverendo (First Reformed), Paul Schrader nos presenta una historia que une dos temas en apariencia inconexos por su anacronía: el ascetismo cristiano y la emergencia climática. Ernst Toller (Ethan Hawke), el pastor encargado de administrar la parroquia de First Reformed, lleva un estilo de vida inspirado en el ascetismo: descansa en habitaciones sombrías y con escasos muebles, donde se dedica a reflexionar sobre su relación con Dios por medio de un diario personal, que eliminará después de un año.


Esta premisa, aunada a los problemas de salud de Toller por el consumo continuo de alcohol, hace clara referencia a Diario de un cura rural (1951) de Robert Bresson. Y el estilo de la película, sobre todo en sus primeros minutos, remite fácilmente al del director francés: un personaje entre la contemplación y el sufrimiento, una cámara quieta la mayor parte del tiempo, y la ausencia de la música (o escasez, en la propuesta de Schrader).


Una vez el protagonista es presentado, acude a su capilla una joven embarazada llamada Mary (Amanda Seyfried), quien le solicita reunirse con Michael (Philip Ettinger), su angustiado esposo. El pastor accede y se compromete a conversar con el marido, un activista ambiental que acaba de salir de prisión. Al día siguiente, durante su visita, Toller y Michael tienen una profunda conversación sobre la crisis climática que alarma al último. Para Michael, los esfuerzos para revertir el cambio climático han sido tan exiguos, que considera evitar que su esposa dé a luz, puesto que ese hijo debería cargar con la culpa y la tragedia de un colapso ambiental. Toller recuerda la pérdida de su único hijo en una guerra en Irak e indica que “la angustia de traer un hijo al mundo, no se compara con la de perderlo”. Y, por ello, es mejor vivir con coraje y elegir la esperanza, a pesar de la angustia inminente.


A pesar de su visión más optimista del asunto, la conversación con Michael sirve para que múltiples reflexiones sobre el fin de los tiempos aparezcan ante Toller. De tal manera, se introduce una segunda referencia sustancial en el relato. Se trata de Los comulgantes (1963) de Ingmar Bergman, donde un pastor busca reanimar a un hombre angustiado por un posible estallido nuclear que acabe con la humanidad.


Fuente: IMDb

Basándose entre Bresson y Bergman, la película buscará ofrecer una versión actualizada de ambos relatos. Nos trasladamos a un tratamiento más pulp y pesimista, donde Toller se aísla en las pruebas de la inminente catástrofe ambiental. Este tipo de giro no es nuevo en Paul Schrader. En Taxi Driver (1976) —escrita por él y dirigida por Scorsese—, el emblemático Travis Bickle pasa por un proceso similar: la resignación ante un mundo podrido e insalvable. Ambos protagonistas pueden dar, entonces, la impresión de lo que hoy se conoce como un doomer, aquel individuo que reconoce un inminente colapso de la civilización.


De todos modos, la angustia no es el único sendero que depara al resto del film. Al igual que Travis, Ernst Toller se convertirá en un personaje cada vez más inconforme, conflictuado e, incluso, violento. Y lo mejor radica en este proceso de transformación. La interpretación de Ethan Hawke se intensifica emocionalmente, a medida que crece la frustración de su personaje. Aparecen más seguido escenarios nocturnos y sombríos durante la debacle emocional. De igual forma, una banda sonora compuesta por bajas frecuencias comienza a sonar durante tales secuencias de angustia. Parado sobre los hombros de dos gigantes del cine del siglo XX, Schrader concibe un nuevo relato que se adapta de forma inteligente a nuestros tiempos (y al posible fin de los mismos, claro).


Asimismo, El reverendo es una película que balancea bien su notoria autoconsciencia, el diario de Toller constituye un pilar narrativo, con la coherencia que exige la trama, un buen desarrollo de personaje y relaciones claras y fluidas. Por eso el giro narrativo es verosímil y logrado. Lo que sí se deja a la ambigüedad es el final abierto que se disputa entre el milagro y la alucinación mística, cuya referencia principal —confesada por el propio Paul Schrader— proviene de Ordet (1955) de Carl Theodor Dreyer.


En buena parte, la ambigüedad es justificada en el tono reflexivo que mantiene el diario de Toller, donde escribe más interrogantes que respuestas, por lo que no parece casualidad que, una vez culmine la escritura de su diario, desee destruirlo. Lo mismo se puede percibir en Los comulgantes de Bergman: el silencio de Dios ante las dudas existenciales, que agobia y socava cualquier esperanza. Y Toller, al igual que un personaje de Bergman, se encuentra en el mismo tono.



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