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Diciembre 20, 2019

A sus 94 años, no había nada que refutarle a Michel Piccoli. Tras su reciente muerte, producida por un ataque cerebral, resulta tremenda la cantidad de interpretaciones formidables que deja como legado. Una impronta que encontró brillo de la mano de Jean Renoir, Luis Buñuel, Jean-Luc Godard, Ágnes Varda, Jacques Rivette, entre otros maestros que se dejaron cautivar ante su imponente presencia y su mirada misteriosa.

Su trayectoria prolífica se sustentaba en su versatilidad. Piccoli participó en más de 200 películas y fue capaz de irradiar odio, atracción, hilaridad y dramatismo, con una cuota de “sensualidad oculta”, como mencionó en una entrevista a El País. De formación teatral, el actor francés dio su salto al cine en 1945 al interpretar a un secundario en Magia negra (1945) de Christian-Jaque, un paso pequeño que le abrió otros horizontes hasta convertirlo en un gigante del séptimo arte.

No cabe duda de que uno de sus roles más emblemáticos tuvo lugar durante la nouvelle vague, ese movimiento francés caracterizado por oxigenar el cine europeo con una narrativa libre, personal. Entonces, protagonizó El desprecio (1963) de Jean-Luc Godard, donde se puso en la piel de Paul Javal, un dramaturgo que recibe el encargo de reescribir el guion de una adaptación de La Odisea de Homero para el director Fritz Lang. Celos, deterioro y odio envuelven un filme que pone en el corazón de la tormenta a un intenso Piccoli junto a Brigitte Bardot, la cotizadísima estrella de la época.

Sin embargo, con Luis Buñuel tuvo una relación más íntima. Llegó a llamarlo el “director ideal” y bajo su dirección participó en grandes clásicos como Bella de día (1967), El fantasma de la libertad (1974), entre otras, aunque de su etapa buñuelista su papel más notable fue en Diario de una camarera (1964). En esta cinta supo gestar la aberración y el deterioro moral en un secundario señor Montiel, hombre de aparente torpeza que desborda un amour fou hacia la servidumbre y es capaz de violar a una empleada con problemas mentales.

Con el pasar de los años, Piccoli hizo trabajos cada vez más polémicos. Como cuando colaboró para Luis García Berlanga con su Tamaño natural (1973), donde se enamora perdidamente de un maniquí. O en la escatológica La gran comilona (1974), de Marco Ferrari —otro director con quien mantuvo una gran complicidad—, película cuyo eje es el sexo, la gastronomía y el maltrato. O con Salto en el vacío (1980), de Marco Bellocchio, donde se disfrazó de Mauro Ponticelli en una dramática obra de disimulado incesto sobre los celos y la locura; un trabajo que lo llevó a ganar un premio como Mejor Actor en el Festival de Cannes.

También se aventuró en dirigir tres películas, como las destacadas Alors voilà (1997) y La plage noire (2001), y produjo varias en consonancia con su gusto. Fue en Le goût des myrtilles (2014), de Thomas De Thier, donde lo veríamos por última vez actuando en un largometraje. En el 2011, recibió un premio honorífico en los Premios del Cine Europeo con el cual se impartía justicia para una carrera de más de 50 años. Aun cuando Piccoli se ubica entre los exponentes más renombrados de la actuación, causa estupor que no haya sido galardonado con los Premios César, el “Oscar” del cine francés. Sin embargo, su grandeza estaba por encima de los galardones. No los necesitaba para ser el mejor.

NOTICIA

Michel Piccoli, el monstruo francés que dominó al cine

Redacción

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