2021: listas de clásicos y estrenos

Actualizado: 6 sept

A diferencia de las listas del 2021 que ya publicamos, presentamos dos listas que giran en mayor o menor medida alrededor de títulos más antiguos, vistos o vueltos a ver en dicho año. Una es de Futari Proyectos, cuyas integrantes difunden el cine asiático en nuestro país, y otra de Rogelio Llanos.


Redacción ESPECIAL / PELÍCULAS 2021


Futari Proyectos (Jimena Mora y Talía Vidal)


1. Black Coal, Thin Ice (Bai ri yan huo, Diao Yinan, 2014)

2. Egg and Stone (Jidan he shitou, Huang Yi, 2012)

3. Salaam Bombay! (Mira Nair, 1988)

4. La Manzana (Sib, Samira Makhmalbaf, 1997)

5. Buda explotó por Vergüenza (Buda as sharm foru rikht, Hana Makhmalbaf 2007)

6. Dead Pigs (Kathy Yan 2018)

7. Rent-a-cat (Rentaneko, Naoko Ogigami, 2012)

8. Maquia (Sayonara no asa ni yakusoku no hana o kazarô, Mari Okada 2018)

9. Té por la memoria (Julio Mora 2021)

10. Miss Hokusai (Sarusuberi: Miss Hokusai, Keiichi Hara 2015)



Rogelio Llanos Q.


2021 en tiempo de imágenes: una mirada retrospectiva


Cada año nos imponemos una tarea sumamente gratificante: la revisión de algunos clásicos imprescindibles. Casi siempre empezamos con los westerns de Howard Hawks, Río Bravo (1959), Rio Rojo (Red River, 1948), Río Lobo (1970) y El Dorado (1966), y la trilogía de la caballería de John Ford, Fuerte Apache (1948), La legión invencible (She Wore a Yellow Ribbon, 1949) y Río Grande (1950). Continuamos luego con La Puerta del Cielo (Heaven's Gate, 1980) de Michael Cimino, Érase una vez en América (Once Upon a Time in America, 1984) de Sergio Leone, La Pandilla Salvaje (The Wild Bunch ,1969) y Pat Garrett y Billy the Kid (1973) de Sam Peckinpah, Los Hijos de Katie Elder (The Sons of Katie Elder, 1965) de Henry Hathaway y la trilogía de Francis F. Coppola sobre El Padrino. Ya a lo largo del año, y según nuestro estado de ánimo, revisamos algunos filmes de Eric Rohmer y François Truffaut. De estos dos últimos, este año repasamos el conjunto de Comedias y Proverbios y toda la serie de Antoine Doinel, respectivamente. Las revisiones las cerramos el 25 de noviembre, fecha en la que hace cuarenta y cinco años se llevó a cabo el concierto de despedida de The Band, y con ese motivo apreciamos – con el placer y emoción de la primera vez – el filme de Martin Scorsese, The Last Waltz (1978).


Así pues, cuando se trata de resumir lo que hemos visto en imágenes en el curso del año transcurrido, no podemos evitar mencionar las películas de mi vida, como bien denomina François Truffaut a aquellos filmes que lo marcaron e influenciaron. Las películas mencionadas no son las únicas que revisamos, hay también muchas otras de cineastas clásicos y contemporáneos. Algunos filmes del último Ingmar Bergman y buena parte de la obra de Bruno Dumont fueron motivos también de nuevas sesiones que reafirmaron nuestro afecto por sus películas. Solo nombraremos dos de ellas, que amamos intensamente: Sarabanda (2003) con los inmensos Erland Josephson y Liv Ullman y la delicada e intensa Hadewijch (2009), que aborda certeramente el fanatismo y la fe religiosos.


Pero, Ventana Indiscreta, la publicación que dirige el talentoso José Carlos Cabrejo (cuya exposición de tesis, en este año, para optar el doctorado en Literatura Peruana y Latinoamericana, César Moro y Luis Buñuel: cuerpo y surrealismo en la poesía y el cine, nos dejó gratamente sorprendido y quedando a la espera de la publicación de su libro), nos ha puesto una frontera para nuestra selección fílmica de este año: debemos limitarnos a películas que se hayan realizado en los últimos años. Así pues, de las casi doscientas cincuenta películas que hemos visto en el 2021 utilizando la plataforma de Netflix y los vídeos y Blu-rays de los que nos hemos apertrechado para no morir de inanición en estos tiempos de pandemia, hemos tomado unos cuantos títulos, sin orden de preferencia, para comentarlos a manera de selección.


Ya lo dijimos en nuestro muro de Facebook. Si tuviéramos que quedarnos con un único filme que muchos pudimos ver por primera vez en el 2021, sin duda sería Wiñaypacha (2017), ópera prima del joven cineasta peruano Óscar Catacora, que muriera a la temprana edad de treinta y cuatro años, mientras rodaba su segundo largometraje. La rutina diaria, convertida en una suerte de ritual, de una pareja de ancianos que viven solos y abandonados en la puna es el motivo central de su filme. Las potentes imágenes de Catacora -planos largos y fijos en los que entran y salen los personajes, siempre en comunión con la naturaleza (la tierra, los animales, las hierbas, la montaña) - descubren gratamente las influencias del cine japonés que impactaron y formaron al cinéfilo convertido luego en joven y prometedor director de cine. Óscar, como bien lo menciona el cineasta Joel Calero, descubrió tener la estirpe de los grandes hombres de cine.


Los paisajes westernianos fueron revisitados con éxito por cineastas nuevos en el género (Paul Greengrass, Jane Campion (1)), y por un director, tan viejo y tan sabio, como Clint Eastwood. De Paul Greengrass vimos Noticias del gran mundo (2020). A este cineasta siempre lo hemos relacionado con un cine de ritmo percutante, acudiendo a un montaje nervioso de las imágenes para abordar situaciones reales ocurridas en el pasado –la lucha de liberación en Irlanda en Bloody Sunday; 22 de julio (22 July, 2018) sobre los atentados de Noruega de 2011; Vuelo 93 (United 93 (2006), sobre el cuarto avión secuestrado el día del atentado contra las torres gemelas – como historias en el plano de la ficción policial -los films de la serie Bourne-. Sorpresa total: en Noticias del mundo (News of the World, 2020), Paul Greengrass se interna en los predios del wéstern, y con mirada serena y hábil trazo construye una historia de aprendizaje y de nacimiento de afectos entre un antiguo combatiente de la guerra civil y una niña que es rescatada luego de haber sido secuestrada por los indios kiowa. En Cry macho (2021), Clint Eastwood nos repasa con nostalgia la lección: en el actual oeste americano el caballo ha sido reemplazado por el auto, pero los recuerdos de un lírico y heroico pasado, parando en medio del camino a la hora del crepúsculo, con las noches vividas a la intemperie y junto a una acogedora fogata, aún persisten. En esta ocasión, el deseo de retornar al camino y a la pradera están vinculados a una misión de rescate en la que el viejo Clint se enfrenta a una variopinta serie de personajes, pero su combate de ahora tiene lugar ya no con pistola en mano sino con la sagacidad y prudencia de un anciano cuya ilusión final es recorrer aquellos parajes que fueron testigos de su épica aventura juvenil y recalar en un pequeño lugar de ese sur amado por Sam Peckinpah, en algo que se parezca a un hogar, a mirar la puesta de sol.



El germano francés Dominik Moll acudió a algunos resortes del thriller en Sólo las bestias (Seules les bêtes, 2019) para armar un rompecabezas donde las piezas más importantes son los cinco personajes sobre los cuales van a girar las diferentes historias que, finalmente, confluyen en una sola. Lo que queda claro, sin embargo, es que, a pesar de que el relato nos conduce a tratar de descubrir al autor o a los autores del crimen del que conocemos al comienzo del filme, la pretensión del realizador es trascender el esquema del policial a través de la exploración de los comportamientos y sentimientos humanos en juego. Por su parte, El traidor (Il traditore, 2019, Marco Bellocchio), fluctuando entre la crónica policial y la denuncia social, nos atrapa por la tensión que se genera a partir del momento en que uno de los jefes de la Cosa Nostra decide enfrentar a la organización que ha eliminado a su familia. Hay un crudo retrato personal y una visión crítica de la sociedad italiana que son abordados con lucidez por el cineasta de Con los puños en los bolsillos (I pugni in tasca, 1965), tomando como eje una historia real que ocurrió en los años ochenta y que llevó al banquillo de los acusados al ex primer ministro italiano Giulio Andreotti. El fantasma de Sicilia (Sicilian Ghost Story, Fabio Grassadonia y Antonio Piazza, 2017) pudo también ser un relato más con la mafia de protagonista, pero los cineastas optaron por hacer, con gran originalidad, un filme fantástico poblado de seres imaginarios, aparecidos y fantasmas, con el objetivo concreto de convencernos que si la realidad es cruel y dura, y si en el espacio donde se habita se ha perdido todo atisbo de esperanza, sólo queda el sueño y la ilusión, que operan, además, como vías para alcanzar la libertad y la felicidad.


Quizás porque el deterioro de la política y sus malas prácticas están a la orden del día en nuestro país, un filme como Invierno en el fuego (Winter on Fire: Ukraine's Fight for Freedom, Evgeny Afineevsky, 2015), nos motivó a revisarla con interés. El escenario es Kiev, capital de Ucrania. Y la revuelta popular que allí se muestra tenía a la frustración colectiva como motivo principal. En efecto, las expectativas de los ucranianos de formar parte de la Unión Europea se frustran luego de que el presidente Yanúkovich, siguiendo las disposiciones de Vladimir Putin, rompe las negociaciones y prefiere enfrentarse a la población. La gente, entonces, acudió en masa a la plaza de Maidan a protestar. La represión desatada fue durísima. Tras 93 días de rebelión el presidente renunció, pero el costo social fue elevadísimo: más de cien muertos es la cifra oficial (otros han hablado de más quinientos), miles de heridos y desaparecidos. El documental logró registrar en toda su crudeza -los planos de detalle y la cámara en mano, así lo permitieron ver- los enfrentamientos violentos entre la población indignada por la burla del Ejecutivo en complicidad con los congresistas y la policía y fuerzas paramilitares. Al margen de lo logrado en la revuelta, la sensación general de tristeza e insatisfacción tenía un asidero: Rusia, que apoyó al tirano, no se quedaría con los brazos cruzados y la anexión de Crimea fue su acto vindicativo.


En un registro diferente al ámbito político, El huevo del dinosaurio (Öndög, Wang Quan’an, 2019), es casi un documental. En la estepa mongólica, alejada de la civilización, a la que sólo se acerca para adquirir lo imprescindible para su subsistencia, una mujer enfrenta día a día a la rudeza del medio, asumiendo con naturalidad esencial todas aquellas actividades que la vida le demanda o impone: el pastoreo como labor diaria, la caza del depredador como defensa de su propiedad, el sacrificio animal como medio de subsistencia, el sexo como recurso de confraternización o de respuesta al llamado de la naturaleza. Wang Quan’an registra el comportamiento vital de su personaje utilizando las panorámicas y los planos generales o abiertos integrándolo armoniosamente al paisaje y haciendo de su filme una experiencia inolvidable.


Hacía ya buen tiempo que no accedíamos al cine de Werner Herzog. Family romance (2019) fue un buen pretexto para hacerlo. En esta película, el cineasta entra en apariencia en el dominio de la ficción. Nos introduce en la rutina de algunos personajes y de sus familias y, de pronto, nos damos con la sorpresa de estar frente a la construcción de una ficción. Porque el alquiler de familiares – hacerse pasar por un padre, un novio, etc.- o la simulación de momentos felices a gusto del cliente, y su construcción cinematográfica, no han salido de la imaginación del guionista o del cineasta. Es la realidad la que ha impactado en el cineasta que ha encontrado allí el motivo para hacer su filme. Japón es un país que ha crecido muy rápidamente y, quizás por eso mismo, la sensación de tugurización y deshumanización acelerada está en el imaginario de muchos. Es sobre ese proceso involutivo, en medio de todo el desarrollo urbanístico y tecnológico que Herzog lanza una mirada que en su apariencia de neutralidad -jamás Herzog acude a discursos desaforados a despecho de sus muchos personajes “bigger tan life”- y serenidad resulta impactante y conmovedor.


El testimonio de lo que ocurre ahora o en el pasado es una de las grandes fuentes de las que bebe el cine. Los acercamientos a esas fuentes pueden ser controvertidos y cuestionados por alguna de las partes involucradas. Tal es su riesgo. Y eso es lo que ocurre con Dara of Jasenovac (Dara iz Jasenovca, Predrag Antonijević, 2020), que es una historia de supervivencia de una niña en un campo de concentración controlado por los croatas -aliados de los nazis- durante la segunda guerra mundial. Y es un filme que impacta porque aun cuando se narra una brutal historia ocurrida en los años cuarenta del siglo pasado, no se han olvidado los cruentos acontecimientos que tuvieron lugar en la guerra de los Balcanes a fines del siglo pasado. Si bien en este filme los serbios aparecen como víctimas del conflicto, no debemos olvidar que tanto croatas como serbios removieron nuestras conciencias haciéndonos reflexionar a qué profundidades puede descender el ser humano cuando el nacionalismo, la exclusión y el odio racial llegan a predominar en un orden social impuesto por la fuerza.



Testimonial es también A man of integrity (Lerd, Mohammad Rasoulof, 2017). Un hombre contra la organización. Esa organización es una empresa que controla los servicios básicos de uno de los muchos pueblos iraníes que experimentan injusticias y exacciones, como muchos de los pueblos en donde las bases económicas y las instituciones políticas y sociales no son sólidas y permiten la existencia de gobiernos autoritarios y abusivos. Las sucesivas anécdotas que el filme recrea de la mano de su protagonista -un hombre que pretende salir adelante en su negocio familiar- siguen un curso sinuoso y frustrante. O se acepta el estado de cosas creado por la empresa – con su carga de corrupción e injusticias – o se termina como un paria en su propia tierra cuando no se pierde la vida en el intento de sobrevivir. El filme, asfixiante y de ritmo pausado, no da tregua al espectador en su afán crítico y revelador.


De otro lado, la desmitificación y la reivindicación están en la base de Mank (David Fincher, 2020). No es poco el intento de desmitificar a Orson Welles a propósito, precisamente, de una de sus obras emblemáticas. Pero eso es lo que hace David Fincher cuando instala como centro de su obra y de la creación de Ciudadano Kane (Citizen Kane, Orson Welles, 1941) a su talentoso guionista Herman Mankiewicz. Fincher ha construido un filme impecable apoyándose en un hermoso blanco y negro para ambientar aquellos años del Hollywood como fábrica de sueños y en un conjunto de actores que se meten en la piel de sus personajes para revivir aquellos momentos intensos y memorables que precedieron a la construcción de un filme considerado un hito en la historia del cine.


Hay también una cierta desmitificación en el Martín Eden (2019) de Pietro Marcello. El personaje que conocimos, cuando jóvenes, en la obra de Jack London tenía un aura romántica. Y esa imagen que conservamos a lo largo de los años se disipó al ver esta notable versión cinematográfica que traslada la acción a Nápoles y la ubica temporalmente a mediados del siglo XX. Hay fidelidad a la novela del escritor norteamericano, pero el tratamiento dado al personaje principal acentúa sus contradicciones y sus frustraciones. El relato fílmico, en general, conserva los avatares narrados por la novela: un joven cuyas aspiraciones intelectuales son impulsadas por el amor que siente por una joven que pertenece a una clase social que lo mira con desdén; ese desprecio, sin embargo, es el motor que lo impulsa, a través de su empeño autodidacta, a convertirse en un escritor de fama y fortuna. Con destreza, el cineasta conduce la aventura física e intelectual del personaje, aventura que tiene lugar en medio de una atmósfera teñida por la efervescencia política impulsada por las fuerzas sociales en ascenso.


El erotismo, en tanto manifestación de la evolución cultural del individuo, siempre nos ha atraído poderosamente. Luis Buñuel decía que el erotismo era subversivo y así nos lo descubrió en sus películas. No todos los directores tienen la sensibilidad y el talento para abordarlo, pero el coreano Park Chan-wook si los posee y La doncella (Agassi, 2016) es una buena muestra de su quehacer fílmico, en el que incorpora unas imágenes eróticas de gran sensualidad y audacia. El filme se ubica en la Corea de los tiempos de la colonización japonesa y, desde el comienzo de la historia - una joven coreana entra a servir como doncella en la residencia donde habita una joven japonesa heredera de una cuantiosa fortuna- la narración, que se desliza con finura y mucha sensibilidad cinematográfica, con sus inesperadas vueltas de tuerca y la revelación progresiva de la naturaleza de los personajes, captura inevitablemente nuestra atención. Definitivamente, Park Chan-wook es un cineasta que nunca debemos perder de vista.


El cine de Paul Verhoeven es, por el contrario, un cine de imágenes potentes, violentas, chocantes. En su cine, la violencia, la muerte, el sexo y la mirada crítica al entorno social se fusionan e impactan. Benedetta (2021) es una clara muestra de lo que es capaz este cineasta, al reconstruir la historia de una novicia que alguna vez existió. Muchas preguntas podemos hacernos acerca de lo que fue esta novicia, ingresada a un convento desde muy corta edad en aquel siglo XVII donde la inquisición, la peste y el fanatismo campeaban a sus anchas atizando el fuego de las piras purificadoras. Entre lo santo y lo profano, la realidad y la ficción, la verdad y el engaño, la represión moralista y el encendido erotismo, Verhoeven ha reconstruido el itinerario vital de Benedetta, una mujer de gran temple cuya extraordinaria imagen desnuda en medio del hermoso paisaje de la Toscana ha quedado para siempre impresa en nuestras retinas.


No podemos negar que siempre estamos a la caza de películas que se enfocan en la carrera de una agrupación musical, en la vida de un intérprete, en la captura de uno de sus conciertos o en el registro de un determinado momento esencial en su evolución musical y humana. Mi gusto por la música y la admiración que siento por The Band me condujo hacia la visión de Once were brothers (Daniel Roher, 2019). Y no me defraudó. Efectivamente, alguna vez fueron hermanos, pero dieciséis años en la carretera no son pocos en la vida de una banda y el cansancio y los egos siempre aceleran el distanciamiento y la ruptura. Y eso fue lo que ocurrió con The Band que puso punto final a su carrera con el hermoso The Last Waltz. Pero, ¿cómo empezó todo? ¿cómo fue posible que The Band se convirtiera en una de las bandas más influyentes de la historia de la música popular? Este documental producido por Robbie Robertson, guitarra líder, compositor y voz de The Band y basado en Testimony, su libro autobiográfico, nos resume la carrera de esa entrañable agrupación musical que acompañó a Dylan en sus años esenciales y gloriosos -el paso de la guitarra acústica a la eléctrica- y que mantuvo estrechas relaciones musicales y amicales con Bruce Springsteen, Martin Scorsese, Eric Clapton, Taj Mahal, Van Morrison y otros personajes más que, con motivo del filme nos cuentan pasajes emotivos de la historia de la banda. Hay en el documental un momento memorable y emotivo cuando Robbie Robertson nos descubre la génesis de su clásico The Weight: música, creación y cine se conjugan allí maravillosamente.


Y el año lo cerramos con el maravilloso Get back (2001) de Peter Jackson. Sesenta horas de filmación y más de cien horas de audio fueron la materia prima que utilizó Peter Jackson para construir un filme que no es otra cosa que un tributo a la banda de sus amores. El producto final, un filme de cerca de ocho horas, captura a The Beatles en aquellos momentos vitales que precedieron a su disolución como banda: la creación de canciones, las discrepancias en materia compositiva y de ejecución, los afectos siempre presentes, los juegos y las bromas que hacían recordar sus años aurorales, las improvisaciones y pequeños homenajes a las bandas y compositores admirados, y un emotivo y sorprendente recital final en la azotea de los estudios. Imposible no quererlos más a Paul, George, John y Ringo luego de ver este hermoso filme, al que sólo es posible acercarse con cariño y admiración.


Podríamos seguir hablando de muchos otros filmes que nos han gustado, pero el tiempo y el espacio no nos lo permiten. Sin duda, el cine, los libros y la música nos han servido de invalorable compañía en este año de reclusión en el que el mundanal ruido de las calles, con sus odios, maldiciones y polarizaciones, hizo de esta Lima gris un lugar inhabitable. Gracias a las imágenes de clásicos y contemporáneos, los textos de los escritores admirados y los sonidos de las bandas bien amadas pudimos hacer nuestros viajes imaginarios y, de vez en cuando, tocar las puertas del paraíso.


Notas:

(1) Recién en estos días en que termino de escribir este texto podremos ver el filme de Jane Campion, El Poder del Perro (2021), cuya incursión en los predios del Far West ha dado mucho que hablar.