"Blade Runner" 2049 (2017): las máquinas y la emoción

Actualizado: oct 3

Mientras esperamos por la nueva versión de Duna, podemos (volver a) ver la secuela de Blade Runner dirigida por Denis Villeneuve y disponible en Netflix.


Por Sebastián Kawashita CRÍTICA/NETFLIX

Fuente: NYtimes


Advertencia: el siguiente texto contiene spoilers de Blade Runner (1982).

Los Ángeles, 2019, Rick Deckard (Harrison Ford) es un blade runner retirado, un cazador de recompensas que rastrea y “retira” replicantes: androides creados a través de bioingeniería, que se asemejan a los seres humanos. Deckard tendrá que regresar forzosamente al trabajo cuando un grupo de replicantes llegue ilegalmente a la tierra. De esta manera se da inicio a Blade Runner.

Ridley Scott adaptó la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Phillip K Dick. Una historia de ambientación futurista y decadente a la que Scott le añadió características del cine noir, tanto a la narrativa como también al tratamiento visual. Se presenta a Deckard como un sujeto duro y solitario que atraviesa espacios estrechos, iluminado con una luz dura que resalta el contraste de las sombras, empapado por constantes lloviznas. Se encuentra sumergido en una sociedad sobrepoblada, ensimismada al punto de convertirse apática, en contraparte con los replicantes: máquinas que parecieran adoptar la sensibilidad que el ser humano terminó por perder.

35 años después, Denis Villeneuve vuelve a explorar ese mundo en Blade Runner 2049, secuela que explora aún más el universo y temática de su predecesora. A manera de tributo y apelando a la nostalgia de la obra anterior, 2049 empieza con un texto inicial que sirve como set up para contextualizar el mundo ordinario, seguido por un plano general que proyecta a Los Ángeles como un espacio decadente en su propia revolución tecnológica. No obstante, si la película de Scott planteó, a manera de debate, cuestionamientos filosóficos sobre la condición del ser humano, Villeneuve, en cambio, se atrevería a dar una postura firme sobre aquello que hace al (no) humano trascender.


Fuente: Imac


En esta secuela nos encontramos en Los Ángeles, año 2049. K (Ryan Golsing) es un replicante que trabaja como blade runner para el departamento de policías. Tras realizar una misión de “retiro”, K develará un misterio que podría detonar en la desestabilización de la sociedad. A partir de aquí la historia desarrolla los cuestionamientos de una identidad artificial.

El personaje de K, desde un principio, demuestra cierta meticulosidad en su trabajo como blade runner. Desde su proceso sistemático para identificar y “retirar” a sus víctimas, hasta rendir satisfactoriamente las baseline test (unas pruebas de estrés post traumático realizadas luego de cada misión), esta secuencia deja en claro que K se encuentra encerrado en la rutina, la cual realiza sin objeción. La actuación de Gosling emplea silencios, miradas neutras y respuestas cortas: gestos y actitudes que refuerzan la idea de K como un esclavo. Está sometido a una esclavitud que lo obliga tanto a seguir órdenes, como también a vivir lo que el sistema establece. Dicho sistema se refuerza aún más con la discriminación que sufren los replicantes. Son apodados peyorativamente como “skinners”, carecen de voz y voto. Se ven obligados a servir y cumplir las órdenes del ser humano.

Sin embargo, una nueva misión podría poner en peligro la dinámica del hombre/dueño y del replicante/sometido en la sociedad, por lo que K estará en la obligación de ejecutar una misión que quebraría su cotidianidad. De repente, a K ya no le resulta fácil obedecer las órdenes de su superior: la teniente Joshi (Robin Wright). Cuando la acción dramática da inicio, la identidad de K entra en crisis.


Fuente: Spinof


Esta estrategia narrativa es recurrente en la filmografía de Villeneuve. Por ejemplo, en Incendies (2010) la protagonista, Jeanne Nawan, va tras la búsqueda de su hermano y padre. Esta travesía la obliga a volver al pasado tortuoso de su madre fallecida. Adam Bell, en Enemy (2013), es guiado por un doppelgänger a través de un viaje, casi onírico, sobre sus represiones sexuales. Kate Macer, en Sicario (2015), es reclutada por la CIA para atrapar al líder del cartel de Sonora, y la misión exigirá que se enfrente a sus principios, con tal de cumplir su objetivo. Louise Banks, en La llegada (2016), debe entablar comunicación con una raza alienígena en una carrera contra el tiempo, ejercicio que sacará a flote traumas y heridas del pasado. Al igual que en sus películas previas, Villeneuve desarrolla en Blade Runner 2049 una relación directamente proporcional entre el arco narrativo y el arco de transformación. Mientras más se acerca K a su objetivo, más descubre sobre sí mismo y cuestiona el rol al que tanto ha sido sometido.

Villeneuve extiende la película alrededor de 50 minutos más que su predecesora. Ese tiempo es utilizado para profundizar más en los personajes. Mientras que Deckard tenía a Rachael (Sean Young), una replicante con crisis existencial, como interés romántico; K cuenta con Joi (Ana de Armas), una inteligencia artificial que cumple la función de ama de casa y pareja. A diferencia de las femmes fatales que llevan a los protagonistas hacia el descenso, Rachael y Joi, por el contrario, los ayudarán a redescubrir su humanidad. El enamoramiento de Deckard por Rachael termina sensibilizándolo; en cambio, Joi cumple un rol más activo y motiva a K, para reafirmarlo como algo más que un ser artificial. “Siempre supe que eras especial”, dice Joi, reforzando su papel como “esposa dedicada”. Esta relación entre K y Joi se ve puesto en tela de juicio y sirve como detonante a posteriori. ¿Es el amor de Joi genuino o simplemente un sentimiento vacío producto de una programación? Se trata de una incógnita formulada implícitamente, que servirá a modo de gran reflexión para K. Nos hace recordar la artificialidad de los personajes y la capacidad de tomar el control de sus propias vidas.



Fuente: Quartz


El desenlace de Blade Runner muestra al replicante Roy Batti (Rutger Hauer) salvando a Deckard como último acto antes de perecer y declama el monólogo de las “lágrimas bajo la lluvia”. Un discurso sobre sus experiencias vividas, que ningún ser humano podría imaginar. La revelación convence a Deckard de que las máquinas no están exentas de las emociones. En 2049, K nos permite ver la otra cara de la moneda. El punto de vista de un personaje que, en teoría, es desechable, pero cuya voluntad propia tiene mayor valor que cualquier destino pre-establecido. “Morir por la causa correcta es el acto más humano que podemos cometer”: esta frase sirve como anagnórisis, como momento de revelación, para K.

Ridley Scott, en 1982, dejaba la pregunta abierta sobre qué nos hace humanos, a través del comparativo entre la sobriedad de Deckard y el esfuerzo de los replicantes por sobrevivir. 35 años después, Denis Villeneueve propone la evolución interna del personaje y su decisión de nadar contracorriente. En vez de reiterar que “las lágrimas se pierden en la lluvia”, Villeneuve sostiene que aquellos que las derraman son los que trascienden. K no será humano, pero sus decisiones opuestas al sistema establecido le dan humanidad.



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