"Oh, Hi! (2025)": Amor encerrado
- Felipe Flores
- hace 1 hora
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Si el mercado de citas convirtió el amor en un bien descartable, Oh, Hi! muestra qué ocurre cuando una de las partes se niega a ser desechada, en un inquietante híbrido de romcom y secuestro doméstico.
Por Felipe Flores CRÍTICAS / APPLE TV

Oh, Hi! se presenta como una sátira romántica radical sobre la ansiedad del apego en la era digital, pero su impulso caótico encubre un estudio mucho más oscuro sobre cómo los sujetos contemporáneos habitan el afecto, la intimidad y la responsabilidad en un mundo donde las relaciones se deslizan con la misma facilidad con la que se hace swipe en una app de citas. La premisa es explosiva: un situationship mal definido deriva en un secuestro doméstico donde la línea entre deseo, dependencia y coerción se vuelve irreconocible. Antes de que la película abrace por completo su giro hacia la comedia negra, Sophie Brooks construye un prólogo delicado, casi empalagoso, donde Molly Gordon y Logan Lerman actúan con una naturalidad que sostiene todo lo que vendrá después. Hay una credibilidad palpable en el idilio inicial, un uso preciso de silencios, miradas y timing que fija un romance apenas floreciente, pero plenamente reconocible. Es justo porque esa intimidad funciona que el posterior derrumbe se siente tan verosímil.
Isaac emerge como una figura reconocible dentro de la economía afectiva contemporánea: el softboy — ese hombre que nunca quiere ser el malo y que, en su afán de mantener abiertas todas las salidas, termina hiriendo más que quien abraza la brutalidad frontal. Su amabilidad opera como máscara y como mecanismo. El trauma que arrastra respecto a la infidelidad de su padre, un mal recuerdo introducido al comienzo de la película, lo mantiene en una posición de neutralidad emocional que confunde y desgasta. Lo interesante es que el film reconoce esta lógica de la pasividad como una forma de poder y de violencia suave, incluso. Más interesante aún es ver a Logan Lerman, cuya imagen pública se ha solidificado como la del novio perfecto de internet, servirse justamente de ese capital simbólico para subvertirlo. Su dulzura se vuelve la condición que habilita el daño, y la película aprovecha esa tensión para mostrar cómo el encanto puede operar como dispositivo de desresponsabilización estructural.

El punto de no retorno que Brooks plantea llega en una escena que condensa toda esa lógica de la violencia tenue. En la casa de campo que alquilan por el fin de semana, la pareja encuentra unas esposas junto a algunos juguetes de bondage guardados en un clóset y decide jugar con ellas en la cama. Isaac termina con las muñecas y los tobillos sujetos al armazón, y la escena se filma con una mezcla de juego, intimidad y ligera torpeza que mantiene el tono de comedia romántica. Es solo después del acto sexual, cuando él sigue inmovilizado, que confiesa que no tiene mayores expectativas para la relación, que nunca vio esos cuatro meses como algo exclusivo y que ha seguido acostándose con otras personas. Iris, que había imaginado otro futuro, recibe esa revelación como una traición absoluta. La decisión de dejarlo esposado no nace de una pulsión sádica pura, sino de una mezcla de humillación, rabia y miedo al descarte. Lo abandona ahí, esposado, toda la noche, se hunde en tutoriales de gurús sentimentales en internet y, a la mañana siguiente, transforma el encierro en un plan, retenerlo doce horas para convencerlo de que están hechos el uno para el otro. Sin opción real, más por miedo que por convicción, Isaac se ve forzado a aceptar.
A partir de entonces, lo más inquietante no es el encierro en sí, sino lo que Iris hace con él. No solo lo mantiene atado, sino que convierte la situación en una coreografía romántica en la que le cocina, le baila una pequeña rutina ensayada y lo obliga a participar en juegos y ejercicios de conversación que imitan una especie de terapia de pareja mandatoria. Su obsesión no es tanto castigarlo como obligarlo a mirar de frente un deseo que ella está convencida de que existe; la compulsión por conquistarlo a toda costa, por forzar una epifanía sentimental dentro de ese plazo arbitrario de doce horas que ella misma impone, es el motor dramático del segundo acto. El problema es que el aparato formal se empeña en leer ese desborde como gesto romántico fallido antes que como ejercicio de violencia. El tono juguetón, los chistes, el coqueteo con el absurdo desactivan una y otra vez la gravedad de lo que vemos y abren la puerta a un doble estándar inquietante, porque el relato invita a empatizar con ella incluso cuando su conducta, despojada del barniz cómico, se acerca peligrosamente a la lógica del secuestro.

Y aunque la película sí pone en palabras la gravedad de lo que está sucediendo — Isaac llega a amenazar con denunciar a Iris por secuestro cuando esta se rehúsa a liberarlo tras las doce horas — , es en la forma en que encuadra y administra esa amenaza donde aparece la verdadera incomodidad. Sin caer en el cliché de “ah, pero si fuera al revés…”, es imposible no intuir que un hombre que encadena a una mujer en idénticas circunstancias sería filmado como un monstruo y el resultado se leería como terror puro. Aquí, en cambio, la simpatía hacia Iris está cuidadosamente construida y protegida por el guion. La cámara insiste en su fragilidad, el montaje privilegia su punto de vista, la escritura le regala chispazos de ingenio y de ternura. El crimen queda envuelto en la narrativa del desborde amoroso, casi como si la película pidiera que la juzguemos menos por lo que hace y más por el dolor que la empuja a hacerlo, y esa simpatía selectiva está en el centro del desconcierto ético que deja el conjunto.
Leída desde una perspectiva materialista, Oh, Hi! expone sin proponérselo los mecanismos con los que la vida afectiva se ve colonizada por la lógica de mercado. Las relaciones funcionan como transacciones frágiles donde la disponibilidad emocional es un recurso administrado estratégicamente. El softboy es, en este sentido, el sujeto perfecto de la era del apego precario. Iris encarna la otra cara de ese sistema: produce trabajo emocional constante, interpreta señales, sostiene expectativas, se entrega a una relación que nunca termina de existir. Cuando la película convierte esta dinámica en un acto físico y la indecisión de Isaac se materializa en esposas y en encierro, hace visible lo que antes permanecía metafórico. El encierro no es simplemente un gesto extremo sino la consecuencia inevitable de una dinámica donde alguien siempre queda atrapado en la espera, y aunque ese gesto posee fuerza simbólica al ser subvertido — el softboy reducido a víctima, la mujer ilusionada convertida en victimario — también funciona como límite, porque la obra parece tener miedo de seguir las implicaciones políticas de esa situación hasta sus últimas consecuencias.

La puesta en escena acompaña esa ambigüedad. El espacio cerrado, casi teatral, traduce en arquitectura la claustrofobia emocional de la relación, pero rara vez se utiliza para profundizar en la psicología del encierro. La iluminación, el uso de sombras, la reductibilidad del decorado, todo apunta a una estética de lo comprimido, lo sofocante. Sin embargo, la película prefiere apoyarse en el timing cómico para aliviar la tensión en lugar de agravarla. Por momentos, el relato parece un sketch extendido, ingenioso pero incapaz de sostener el filo de su propia premisa. Hay destellos brillantes, como la mención fugaz a Tinder y la improbabilidad del amor moderno, que revelan el potencial de un comentario mucho más incisivo al neoliberalismo del deseo. En cambio, opta por un humor que suaviza la violencia y un drama que no termina de desafiar a sus propios supuestos.
En ese equilibrio inestable, los personajes secundarios interpretados por Geraldine Viswanathan y John Reynolds funcionan como brújula ética: la pareja amiga a la que Iris acude cuando su rapto doméstico in promptu se le escapa de las manos. Son el punto de intersección entre la empatía hacia la protagonista y el horror de lo que está sucediendo, los únicos que parecen registrar a la vez la desolación de ella y el peligro real para él. Actúan como una voz externa que recuerda que lo que vemos no es normal ni debería ser aceptado, como proxies del espectador atrapados entre ayudarla a ella y protegerlo a él. El relato respira gracias a ellos y, al mismo tiempo, se vuelve consciente de su propia incomodidad moral. Sin esas figuras, la película correría el riesgo de perder por completo la perspectiva ética que su premisa exige.

Al final, Oh, Hi! es una película imperfecta pero fascinante, y pese a todo, difícil de sacarse de encima. Es irregular en su ritmo, evasiva en sus implicancias éticas, inconclusa en su comentario social. Sin embargo, captura con precisión quirúrgica el zeitgeist de las relaciones contemporáneas, la fragilidad emocional disfrazada de humor, la precariedad afectiva naturalizada como norma, la imposibilidad de construir intimidad en un sistema que nos entrena para consumir vínculos como si fuesen bienes intercambiables. Que la película no se atreva a empujar estas ideas hasta el límite no disminuye su capacidad de revelarlas. En esa traducción del dolor abstracto del apego moderno en un gesto físico absurdo y tangible está su hallazgo más duradero. Lo que persiste al final no es una tesis cerrada, sino una incomodidad latente, una película que se resiste a ser archivada como simple romcom y devuelve la risa convertida en pregunta.

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