“Drácula” (2020) y el tratamiento “light” del mito

Hace pocas semanas se lanzó la serie Drácula en Netflix. Esta crítica explora el mito del personaje de Bram Stoker y lo contrasta con esta adaptación televisiva protagonizada por Claes Bang.


Por Julio Larrabure CRÍTICA / NETFLIX

Fuente: Netflix España


Siempre me ha atraído la dimensión trágica de la historia de Drácula. Stoker compone la novela a partir de ciertos relatos orales y tradiciones, y decide obviar ciertos aspectos de la leyenda para concentrarse en el horror de lo monstruoso y el espíritu de su tiempo. El conde es un animal salvaje de cualidades y rasgos primitivos, lo que se contrapone a sus modos aristocráticos y modernos.


Hay múltiples análisis de corte psicoanalítico al respecto sobre los sentimientos reprimidos. Exploran la idea de que mantenemos una serie de creencias ocultas en el inconsciente y que, libres de las barreras de la psique, éstas puedan salir a la luz y mostrar la naturaleza de nuestro interior. La pulsión de lo latente dentro de nosotros.


Pero, más allá de eso, y a pesar de que no se menciona directamente en la historia de Stoker, me gusta pensar en las fuentes que usó para hacer una interpretación del drama del personaje, supuestamente basado en Vlad Tepes. Dicho personaje, siendo caballero de la Orden del Dragón (una orden militar en el estilo de los cruzados que buscaban acabar con los enemigos de los cristianos), emprende una campaña militar dejando a la mujer que ama en nombre de Dios. Al regresar, descubre que ella ha muerto y culpa a Dios por arrebatársela a pesar de sus actos de fe. Así, renuncia a su humanidad por un lado condenando su propia alma, que lo conduce al dolor y la debilidad, y por otro como acto de desafío.


Sus características sobrenaturales son un reflejo de eso. Drácula no solo mata a sus víctimas, las despoja de su humanidad, porque odia la debilidad de la carne y desprecia la imagen de Dios en la tierra: la cruz no le da miedo, le da asco; la luz lo lastima y la oscuridad es su territorio, porque, al principio, solo había tinieblas, hasta que Dios dijo: "hágase la luz". Las criaturas en las que se transforma (lobos, murciélagos, ratas) son criaturas de la noche.

Para acabar con él, hay que romperle nuevamente el corazón. La furia que hay en él es producto de verse lastimado en el alma. Su desarrollo como personaje está marcado por las consecuencias de dejarse consumir por el dolor.

Fuente: Medio Tiempo

Por otro lado, está Van Helsing. Lo interesante en él es la manera en la que personifica las virtudes del héroe romántico. A pesar de ser un científico ilustrado, hay en Van Helsing una vocación por el pasado y la naturaleza. Sin embargo, lejos de idealizar o extraer de ellas una fuente de virtud, las observa como inefables. El conflicto en él gira alrededor de reconciliar la modernidad de la ciencia y las creencias místicas que explican los sucesos de la historia, así como en la batalla misma entre el bien y el mal. En ese sentido, tanto él como Drácula encarnan la misma idea sobre la modernidad, pero desde orillas distintas.


Lo que sucede con la serie de Netflix y su interpretación de la historia es que pasa por alto varios de los detalles que enriquecen a estos personajes. No consigue capturar el espíritu moderno de la novela, pero tampoco las cualidades contemporáneas de nuestra sociedad. Convertir a Van Helsing en una monja que resuelve, en el primer capítulo, el conflicto que debería empujar a este personaje, es un desperdicio. Retratarla como mujer no trajo consigo ningún aporte o discurso alrededor y más bien parece algo cosmético.


Drácula, por otra parte, carece de cualquier dimensión trágica. Al convertirlo en el villano que desea conquistar el mundo y hacerse del poder por el poder, termina siendo caricaturizado. La inmortalidad para él nunca fue una condena, sino todo lo contrario. Es otra manera de desafiar lo divino, de oponerse a sus reglas.


Y así con el resto. Harker, que en la novela sirve como focalización en la historia para que descubramos a través de sus ojos los horrores de la trama, es un personaje que se diluye por completo, de inmediato. Mina tampoco posee relevancia alguna. Lucy, que es más bien un personaje secundario en la novela, termina asumiendo un papel importante pero que no aporta al discurso de la serie. No queda clara en esta versión con qué personaje se podría simpatizar o al menos compartir un punto de vista. A pesar de que Stephen King ha alabado la adaptación, creo que adolece de un tratamiento “light” del mito.


Por otro lado, la puesta en escena y el despliegue espectacular de la historia es ciertamente entretenido. A pesar de que los efectos visuales no son los mejores, la escenificación de la violencia y el gore puede capturar a los fans del género de terror. Aunque la serie no aguante ningún análisis serio, seguramente sí aguanta un domingo en casa con canchita.


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