“Marty Supremo” (2025): ping-pong y expansionismo gringo
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La película nominada al Oscar de Josh Safdie cuenta, entre la ambición y el espectáculo, la historia de un jugador que convierte el ping-pong en una batalla por la gloria.
Por Gustavo Vegas Aguinaga CRÍTICAS / CARTELERA COMERCIAL

La nueva película de Josh Safdie, la mitad del otrora dúo de hermanos cineastas, Marty Supremo (2025), me hizo acordar brevemente a El brutalista (2024), dirigida por Brady Corbet. Surge como otra epopeya judía del hombre solo que debe probarse a sí mismo ante el mundo despiadado. Ping-pong brutalista. Un bar mitzvah tardío donde la supremacía norteamericana aún debe imponerse ante Japón (y el resto de países), donde se busca deportiva y culturalmente la tercera bomba nuclear, o la finalización de "lo que Auschwitz no pudo completar", frase que va de un judío a otro: el sueño americano se devora a sus pares y a sí mismo. Como película deportiva, es un gran filme dramático. Como búsqueda del éxito, es una comedia interesante.
Josh Safdie (de la mano de Ronald Bronstein) puede repetir su guion dos o tres veces y pareciera que le va a seguir saliendo más o menos bien. Hay partes inconsistentes y quizá otros elementos de los cuales se aferra para sostener esa ansiedad a la que acostumbró a su público, como el desenlace del asunto del perro, donde el protagonista parecía necesitar simplemente un contratiempo y el guion, un mini obstáculo. Sin embargo, se mantiene a flote gracias a un ritmo incesante, a la aventura del ególatra soñador y pobre (¡el triunfador!), encarnado por un Timothée Chalamet en la cima actual de su carrera y performance. La película le calza perfecto en esa misión que lleva desde hace tiempo: ser uno de los grandes. Justo como Marty Mauser.
Hay muchas lecturas para analizar. Una de ellas a partir de un apunte que hizo Paloma, mi novia, sobre cómo se pueden espejar Chalamet y el personaje de Gwyneth Paltrow, en tanto son, en su medida, estrellas venidas abajo (y que dependen del dinero del viejo magnate) que ahora luchan por rascar apenas una pizca de éxito, ya no en los escenarios principales, sino quizá en partidos de exhibición. Ella, que, fuera del dinero, se sabe como Chalamet en la búsqueda de oportunidades, se deja conquistar, robar, manosear en la vía pública y más. Tal como Marty Mauser tiene un gran partido de exhibición y luego debe retornar a la vida común y ploma de los suburbios, pasa de acostarse con la actriz lujosa a regresar a los brazos (ni eso) de Rachel (Odessa A’zion), la vecina con un esposo maltratador.

El ping-pong, en la superficie, es empleado para representar un choque cultural y político (EE. UU. vs. Japón en la posguerra) y cómo los norteamericanos emplean hasta lo más mínimo, como un deporte prácticamente ajeno a ellos, para establecer su dominio, su supremacía, su grandeza. Mauser se vuelve un embajador del patriotismo, encarna la bandera estrellada frente al resto de países en el torneo. Y cuando el sueño se trunca, lo vemos insistir de cualquier forma, hasta ser nalgueado con una paleta para ser sometido y humillado a manos del magnate. Pese a las distancias, pensé también en el abuso sexual que sufre el brutalista László Tóth por parte del millonario que lo financiaba. Los personajes son hundidos y violentados como parte de su tránsito en búsqueda de la grandeza.
Bajo la idea, entonces, del personaje como representación de su nación (o de la ambición nacionalista norteamericana), el partido de ping-pong no se vuelve un Mauser vs. Endo (gran personaje y actor), sino un EE. UU. vs. Japón, una batalla de propaganda con políticos, periodistas, militares y trabajadores comunes presentes. El partido está bañado de mercancía, además; la faceta de Mauser como encarnación de su país sucede incluso hasta en su plan de venta de pelotas naranjas de ping-pong: se coge a la persona y se le transforma en producto, despojándosela de identidad.
Así, Mauser regresa de Japón como si de un veterano de guerra se tratase. ¿Ha ganado más de lo que ha perdido realmente? Es interesante cómo en el final de la película se plantea la derrota como victoria y viceversa. El protagonista llora y sonríe: ya cruzó su camino del héroe judío y, tras haber demostrado al mundo su valor, por fin puede ser padre (ni siquiera esposo para Rachel, que sigue casada), pero no toma en brazos a la criatura; es decir, no recibe su premio (y solo le queda verlo, como con el torneo de ping-pong). Los divide una ventana. Esa no es su victoria. Puede que el hijo sea suyo, pero la nueva vida no. No le queda nada sino jugar otro partido no oficial, en las sombras, en el anonimato, fuera de las luces y de la película.

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