“Jurassic World: Rebirth” (2025): ¿Qué fue de esos dinosaurios? ¿Dónde está Spielberg?
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Entre guiños al pasado y dinosaurios renovados, Jurassic World: Rebirth intenta revitalizar una saga que parece haber agotado gran parte de su asombro original.
Por Luis Rivera CRÍTICAS / HBO MAX

La generación que creció durante los noventa vio el surgimiento de una franquicia cinematográfica que, con los años, parece no haber perdido su popularidad: nos referimos a Parque Jurásico (Jurassic Park, 1993). Dirigida por Steven Spielberg y basada en el libro homónimo de Michael Crichton, esta película cautivó al público tanto por sus efectos especiales como por su historia de aventuras y supervivencia. Hasta la fecha se han producido siete películas de esta saga y todo apunta a que se inicia una especie de nueva trilogía.
En ese sentido, los méritos de Parque Jurásico no radican únicamente en los recursos usados para recrear dinosaurios o en la espectacular recaudación en taquilla que obtuvo en su momento, sino también en la efectiva forma de usar el suspenso y la acción que el propio Steven Spielberg estuvo explorando en largometrajes anteriores como Tiburón (Jaws, 1975) o en su ópera prima, Duel (1971). Como se sabe, por dar un ejemplo, Spielberg convirtió en Tiburón un problema técnico (los defectos de los tiburones mecánicos usados en esa producción) en un recurso: crear una mayor intriga y tensión al mantener fuera de nuestra visión a esa “bestia marina”, a pesar de que se nos muestra su fuerza asesina desde la escena inicial (uso de la cámara subjetiva). Recordemos que este animal marino, que va causando terror a la gente de una comunidad ficticia (Amity Island), recién aparece en pantalla como tal a los ochenta minutos de avanzado el metraje.
Ahora bien, se podría decir que esta experiencia de dosificar la presencia de la “amenaza” se vuelve luego también un aspecto clave en Parque Jurásico. Nos referimos a que los minutos en pantalla de los dinosaurios en Parque Jurásico suman solo alrededor de quince minutos, lo cual nos hace pensar que no basta con una impactante recreación (práctica, digital, etcétera) de la “bestia” (el tiburón o los dinosaurios), sino que esta debe estar enmarcada dentro de una dirección fílmica que mínimamente atrape al espectador al generar momentos envolventes de terror y expectativa.

Por otro lado, la última entrega de esta franquicia, Jurassic World: Rebirth (2025), llegó en un momento en el que también se estuvieron celebrando los cincuenta años de Tiburón (1975-2025), y parece ser que la idea de tener momentos en el mar apunta a hacer un guiño a aquella película setentera que, como se suele decir, marcó el surgimiento del éxito de taquilla moderno: el blockbuster de verano, y con ello una tradición y estrategia comercial que busca obtener las máximas ganancias en el mercado estadounidense y también global. No obstante, mucha agua ha corrido debajo de ese puente (buena parte de la carrera de Spielberg), y lamentablemente esta nueva película del universo jurásico no llega a emocionar ni a sorprender como la original de 1993, ni tampoco emerge como un producto fílmico icónico como lo es Tiburón hasta hoy en día.
Digamos que, después de seis películas de esta franquicia iniciada en los noventa, podría considerarse dificultoso ofrecer algo que vuelva a cautivar y asombrar realmente al público. Una vez más, el cuestionamiento sobre el atractivo y la idoneidad de los reiterativos remakes, reboots, secuelas y spin-offs de franquicias ya establecidas nos hace pensar en lo desgastado que ya se ve ese lado de Hollywood, sin ideas nuevas y que no se atreve a impulsar más proyectos originales. Ese es el contexto que encierra a Jurassic World: Rebirth, pues vuelve a contarnos, con efectos especiales tal vez más llamativos, esa misma historia imposible de seres humanos y dinosaurios; de relaciones filiales que emergen desde el desastre; de la lucha contra una amenaza bestial; del cuestionamiento del poder y del saber de la ciencia para fines meramente comerciales o financieros, etcétera. Pero la diferencia es que esta nueva entrega no tiene ese ritmo y brillo muchas veces mágicos de la original, pues, si bien no es necesariamente una película aburrida, la valla del legado spielbergiano deja en este caso una sombra demasiado alargada que no logra ser igualada por el trabajo, digamos, competente del director Gareth Edwards. Tampoco el regreso del guionista original, David Koepp, parece ayudar mucho a esta película, que tropieza al intentar hacernos creer que la trama avanza con cierta lógica.
En líneas generales, la experiencia puede dejar la sensación de estar viendo una franquicia, a estas alturas, muy repetitiva y que no sabe cómo dar un auténtico aire fresco a estos viejos dinosaurios que alguna vez nos hicieron pensar en la posibilidad de verlos con nuestros propios ojos fuera del cine.

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