La Liga de la Justicia de Zack Snyder (2021): de película, a meme, a hashtag, y de nuevo a película

La “versión extendida” de la famosa película del universo DC ya se encuentra disponible en streaming.


Por Alejandro Núñez Alberca CRÍTICA/ VIDEO ON DEMAND

Fuente: Hipertextual

Fue en 2016 que empezó la larga y conflictiva producción de Liga de la justicia, la cual atravesó sobrecostos, despidos, reediciones e incluso muertes, todo para terminar con un frankenstein de dos horas. A finales del 2017, el estreno dividió a lo que restaba del fandom de DC Comics y su universo cinematográfico. Casi inmediatamente, en internet empezó a circular el rumor de que había otra versión del filme, oscura, de más de 3 horas, que encarnaba la visión original del director Zack Snyder sin interferencias de ningún tipo. Por años, Warner Bros. negó la existencia de dicha película, pero gradualmente, a merced de la pandemia, los memes y la presión de los fanáticos, el estudio admitió su existencia y afirmó que pensaba distribuirla, bajo un muy atractivo hashtag que poco a poco la fue sacando de la oscuridad.


Dramas aparte, la película está disponible por fin, y tiene una historia apasionante que contar. Me refiero al calvario que atravesó el proyecto y las conclusiones que nos dejó.


Como tantas otras entregas del director, el Snyder Cut no tarda mucho en perderse en su propia grandiosidad, una que asume con gusto y seriamente a costa de mantener un ritmo coherente y una sensación de reposo. Lo cierto es que estas pausas son necesarias, y si bien la película las tiene (los picos más altos de la trama salen de ahí), estas son periféricas, residuales incluso, o bien no se hallan en los lugares correctos: algunos detalles no reciben una construcción narrativa apropiada, mientras que otros reciben demasiado.


Fuente: IGN Latinoamérica

Estos excesos hasta cierto punto son excusables, ya sea como parte del estilo de Snyder o las convenciones genéricas que sigue. Sobre lo primero, el director de Watchmen no es precisamente conocido por ser sutil, ni con su música ni con sus imágenes. La intensidad, para él, no solo tiene una dirección: posee sobre todo una velocidad, una que difícilmente se preocupa en graduar, aun si ello le beneficia. Bajo estas condiciones, el suspenso es imposible.


Irónicamente, esta no es una película “rápida” la mayoría del tiempo, y no por la duración de cuatro horas: duración y velocidad no son lo mismo.


Por la trama, la sensación de urgencia debería caer por su propio peso sobre los hombros del grupo protagonista. No obstante, este se esfuma apenas los personajes dejan de mencionarlo. Lo que tenemos es una historia ambivalente, un contrarreloj que solo por momentos se logra recordar. El resto del tiempo la película prefiere explorar a sus personajes, lo cual no sería un problema si Snyder se dignara en ir más allá de ciertos traumas comunes del género, o si intentara ver más allá de lo obvio con respecto a sus héroes y, especialmente, a sus villanos. Hay que decirlo: ciertos temas no son tan profundos ni novedosos como el realizador quiere que creamos.


No solo eso: mientras más detalles se revelan, mayores son los enredos con los que el guion ha de enfrentarse, y que casi nunca llega a resolver. De por sí que las habilidades de los personajes calcen con los problemas de la historia no es una buena señal, tampoco funciona como catálisis de la intriga. ¿Entonces con qué nos quedamos? Pues con aquello que ha hecho conocido a Snyder: el espectáculo, la banda sonora, su edición apabullante, su iconografía. Sobre esta última se pueden decir varias cosas: mientras más se hace uso de ella, más se desgasta. Lo que gana en presencia lo pierde en profundidad, y me temo que Snyder lleva trabajándola por más de una década.


Fuente: El Comercio

Algunos de los aspectos más críticos se resuelven en la segunda mitad del metraje: nuevos personajes permiten retomar hilos que habían sido dejados en pausa, la progresión en general es mucho más orgánica, la intriga repunta, las secuencias se apoyan entre sí. Todo se vuelve más difícil para los personajes y, en consecuencia, más interesante para el auditorio (nosotros). Ciertas victorias se pueden contar de esta parte, pero la película continúa arrastrando las mismas carencias. Snyder tiende a construir escenas de acción sin ningún tipo de criterio por el espacio, por el ritmo o por la posición de sus personajes. De por sí lograr una buena secuencia de acción es un reto para cualquier director, pero el neobarroquismo de los efectos especiales dificulta todavía más esta tarea.


Sin embargo, la regla se confirma: menos es más, incluso si Snyder no siempre se da cuenta de eso: dos minutos de Superman golpeando a Steppenwolf valen más que media hora de todo el equipo contra mil secuaces anónimos. Es una estrategia esperada, pero efectiva: aprovechar la grandiosidad de los personajes (muchos de ellos emblemáticos del imaginario popular) en lugar de atiborrarse de CGI.


El Snyder Cut nos deja con una trama bastante elemental dentro del género de superhéroes, si bien se enriquece en sobremanera de efectos especiales y del peso cultural de casi todos los héroes que consigue poner en escena. El viaje que ha tomado para llegar aquí no la redime de sus carencias, pero tampoco es algo que deba subestimarse.



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