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Ranking Mejor Película en los Oscar 2026: ¿La edición más floja en años?

  • hace 3 minutos
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La categoría de Mejor Película en los Oscar 2026 revela una selección aún más irregular que en ediciones anteriores. Este ranking repasa de menor a mayor los diez títulos nominados en este año, desde las propuestas más fallidas hasta las que, excepcionalmente, se encuentran entre las mejores películas realizadas en tiempos recientes.

 

"Sentimental Value". Fuente: Lumiere Cinema Romford
"Sentimental Value". Fuente: Lumiere Cinema Romford

Por José Carlos Cabrejo                                      ESPECIALES / PREMIOS OSCAR


Salvo algunas excepciones, la categoría de Mejor Película en los Oscar 2026 incluye títulos que hacen extrañar ediciones anteriores. ¿Cómo no recordar aquella edición del 2020 con grandes filmes de Bong Joon Ho, Quentin Tarantino o Martin Scorsese? En las ediciones posteriores se han presentado títulos ciertamente valiosos. Sin embargo, aunque siempre hay películas que parecen estar de más, esa impresión resulta aún más marcada en la edición de este año. Veamos:


10. Bugonia (Yorgos Lanthimos, 2025)


Lanthimos crea personajes reducidos a estereotipos tan grotescos y ramplones que carecen prácticamente de cualquier profundidad humana. Indudablemente, la peor película en la categoría. Otras entregas del director griego al menos tenían alguna propuesta estética llamativa, sea su mirada sádica y a la vez de frialdad clínica de las relaciones familiares en Canino, o sean sus escenarios de artificio ensoñado en Pobres criaturas, que, muy aparte de sus impostaciones de checklist festivalero, al menos lograba una extraña visión entre inocente y monstruosa de la sexualidad.    


En Bugonia, el cineasta hace eco de las teorías de conspiración, y acude a una figura recurrente de la ciencia ficción como el alien para hablar del poder y las diferencias de clase. Pero no esperemos una capacidad sugestiva como la de Don Siegel (La invasión de los usurpadores de cuerpos) o John Carpenter (They Live) para hacer radiografías punzantes de la sociedad a partir de una metáfora extraterrestre. Más bien Lanthimos parece ser alguien de otra dimensión que parece no comprender nuestro mundo, con personajes encorsetados en clichés dignos de las simplificaciones más burdas que uno puede hallar en las redes sociales. No hay nada que encontrar más allá de personajes reducidos o a ser bobos o a ser cínicos. Por lo tanto, casi no hay humor posible en su pretendida sátira. Ni las buenas actuaciones de Plemons o Stone la salvan.



9. Frankenstein (Guillermo del Toro, 2025)


El cine de Guillermo del Toro tiene monstruos adorables. Pueden ser carismáticos y afables en su saga de Hellboy, inquietantes pero acogedores en El laberinto del fauno, repulsivos no obstante estilizados en Mimic o Blade II. Pero su Frankenstein está más cerca al de La forma del agua, dotado de una bondad complaciente para el Óscar.


La figura del monstruo encarnado por Jacob Elordi sirve en teoría para reflexionar sobre la otredad, pero todo ello se hace de forma esquemática. Es noble, pero sin el encanto que otros monstruos han tenido en el cine del director. Se ciñe a un símbolo básico del ser distinto, o a un mero y calculado espejo de ello, como lo fueron la protagonista muda, la compañera afroamericana o el vecino gay en La forma del agua. No hay mayores sombras ni escala de grises en este Frankenstein que ha creado Guillermo del Toro. Independientemente de sus valores de producción, es una película que no solo hace extrañar algunos títulos viejos del realizador, sino otros recientes como su Pinocho, obra de animación mucho más provocadora para meditar sobre sentirse diferente en un escenario manchado por el fascismo.  



8. Valor sentimental (Affeksjonsverdi, Joachim Trier, 2025)


No es una mala película, pero es menor frente a títulos de Trier como La peor persona del mundo u Oslo, 31, august. Lo último del cineasta noruego toma como referente el cine de Ingmar Bergman, quien exploró, como Shakespeare (o inspirado en él), las fronteras entre la realidad y la ficción, o entre la vida misma y el teatro. En una imagen muy reminiscente de Persona, obra maestra del realizador sueco, vemos que se confunden o fusionan los rostros de padre e hija, de los personajes de Stellan Skarsgård y Renata Reinsve.


Podríamos hablar de otras referencias marcadas a la obra de Bergman, lo que, si bien no obliga a la película a pretender las complejas y ricas sugerencias de las cintas del maestro, sí nos llevaría a esperar otras búsquedas atractivas. Pero eso no sucede. Trier toma motivos, imágenes y juegos metaficcionales del sueco para hacerlos más accesibles al público en general, por lo que no se sienten riesgos, y hacen que la sombra del director de El séptimo sello se sienta muy grande.


Lo que en Bergman es polisémico, en Valor sentimental se torna casi ilustrativo. No estamos ante el mismo acierto que sí tuvo La peor persona del mundo, que toma un referente (la comedia romántica) para deconstruirlo y hacer que se vuelva en una serie de meditaciones generacionales sobre el feminismo y la cultura de la cancelación.


Lo que en Bergman es polisémico, en Valor sentimental se torna casi ilustrativo. No estamos ante el mismo acierto que sí tuvo La peor persona del mundo, que toma un referente (la comedia romántica) para deconstruirlo y hacer que se vuelva en una serie de meditaciones generacionales sobre el feminismo y la cultura de la cancelación.



7. F1 (Joseph Kosinski, 2025)


Al menos, es la entretenida película de un viejo vaquero que aún quiere tener aventuras, pero en una máquina veloz. F1 puede recordar a otra película de Kosinski, Top Gun: Maverick. Brad Pitt, como Tom Cruise, juega a ser un hombre maduro que quiere sentirse joven, vital. Esta película nominada puede ser vista como un western en el que los autos de carreras reemplazan a los caballos, y un cowboy de otros tiempos aún tiene duelos pendientes. Ya no en un desierto sino en un autódromo.


Más allá del carisma de Pitt, y del ritmo trepidante, es el tipo de película que uno no entiende del todo por qué está nominada a una categoría mayor en el Oscar. Pero, qué duda cabe, tiene un manejo potente de la edición, en el que la modulación del tiempo del encuadre nos sumerge en carreras donde el protagonista parece perder el sentido de espacio y tiempo, como si se embarcara en un viaje espacial.   



6. Marty Supremo (Marty Supreme, Josh Safdie, 2025)


Josh Safdie trabaja esta vez separado de su hermano Benny. Más allá de ello, nos encontramos ante una película que, como veremos después, termina siendo decepcionante en comparación con Good Time o Diamantes en bruto.


Josh Safdie trabaja esta vez separado de su hermano Benny. Más allá de ello, nos encontramos ante una película que, como veremos después, termina siendo decepcionante en comparación con Good Time o Diamantes en bruto.


No cabe duda que Timothée Chalamet logra dar a su personaje un ritmo corporal y una gestualidad excéntrica que dinamiza el relato, y que a la vez expresa una serie de matices emocionales. Tampoco se pueden olvidar las escenas con el gran Abel Ferrara, que alternan violencia seca y humor. Pero el final le resta atractivo a Marty Supremo. Una vez que el protagonista logra una victoria pírrica en Japón, regresa con veteranos de guerra a los Estados Unidos, y en la escena final, el personaje esboza la posibilidad de formar una familia. A diferencia de los antihéroes de Good Time o Diamantes en bruto, hallamos un protagonista que no decide “morir” en su ley, sino acomodarse a la ley.


Un final que oscila entre la posición patriótica y el sentimiento familiar revela un cálculo para los premios de la Academia, lo que la aleja de la frenética y (casi) tanática espontaneidad de aquellos otros filmes.



5. Hamnet (Chloé Zhao, 2025)


Si hay algo que destacar en la última película de Chloé Zhao es el poder de las actuaciones. Tanto Jessie Buckley como Jacobi Jupe aportan intensidad y sentimiento, sobre todo en su relación con la muerte, mencionada desde un inicio por el personaje de Paul Mescal, cuando relata la historia de Orfeo y Eurídice. Un clima mortuorio y espectral, a la vez shakespeareano en su recreación de actos teatrales, atraviesa la película: en las escenas de claroscuros y tonos de luz ámbar (reminiscentes de la pintura de Rembrandt), y en la composición, entre simétrica y oblicua, que trae a la memoria el cine de Carl T. Dreyer. Él fue justamente un realizador capaz de sugerir lo que está más allá, y en particular, como lo diría Paul Schrader, aquello que es trascendental.


Actuación, luz y composición son elementos en Hamnet que, ya en clave diferente al realizador danés, logran hacer que la muerte, aunque parezca contradictorio, se sienta “viva”. De ese modo, la película profundiza su exploración metaficcional. El final, si bien algo didáctico en mostrar la realización teatral como un acto de duelo, funciona mejor en las actuaciones, cuya carga emocional reside en motivos propios del melodrama (el hijo perdido, el sufrimiento interminable).


Hamnet no es lo mejor de Zhao, pero expresa asuntos sobre la ficción de una manera más atractiva que Valor sentimental.



4. Pecadores (Sinners, Ryan Coogler, 2025)


Los “grandes temas” del cine de la actualidad son tratados desde un cruce de géneros, como el cine de gánsteres, el terror o el western. De este modo, la recreación que hace Coogler de una comunidad rural de Mississippi en los años treinta, en el marco de la Ley Seca, es llamativa tanto por su sensualidad, trabajada a partir del blues, como por su visceralidad que hace eco de filmes posmodernos como Del crepúsculo al amanecer de Robert Rodríguez. 


Los “grandes temas” del cine de la actualidad son tratados desde un cruce de géneros, como el cine de gánsteres, el terror o el western. De este modo, la recreación que hace Coogler de una comunidad rural de Mississippi en los años treinta, en el marco de la Ley Seca, es llamativa tanto por su sensualidad, trabajada a partir del blues, como por su visceralidad que hace eco de filmes posmodernos como Del crepúsculo al amanecer de Robert Rodríguez. 



3. Sueños de trenes (Train Dreams, Clint Bentley, 2025)


Al igual que Hamnet, Sueños de trenes toca el tema de la pérdida y la muerte. Robert Grainier (Joel Edgerton) procesa el dolor desde un registro contenido. Pero lo interesante es cómo la película enfoca la naturaleza como un personaje más. Su visión del paisaje, en medio de atardeceres o del paso de la noche, está dotada de un lirismo que reposa en la cadencia de sus travellings y los encuadres contemplativos.


La capacidad expresiva de Sueños de trenes oscila entre la interioridad sugestiva de Edgerton y la exterioridad melancólica del campo visual. Su personaje está en tránsito constante, va por ahí y por allá, lo que contrasta con el ferrocarril como imagen del progreso. Esa modernización coloca al protagonista en una posición semejante a la de sus compañeros migrantes o sus seres perdidos: en los márgenes, transitando a otra dimensión como almas en pena.



2. Una batalla tras otra (One Battle After Another, Paul Thomas Anderson, 2025)


Habla de las sombras de la Norteamérica actual, pero no desde lo serio y solemne, sino desde una mirada lúdica y desenfadada. Una batalla tras otra, ante todo, es una película horny. Y lo es en diálogo con Thomas Pynchon. No solo porque estamos ante una adaptación de la novela Vineland, sino porque algunos personajes recuerdan a Tyrone Slothrop, el protagonista de El arcoíris de gravedad, quien experimenta erecciones antes de la caída de unos cohetes.


La película está marcada por la libido y la violencia, las armas y el deseo. En parte recuerda una escena de Carlos, la miniserie del 2010 dirigida por Olivier Assayas, en la que el guerrillero interpretado por Edgar Ramírez realiza con una mujer juegos eróticos con una pistola y una granada. Al final, ella le dice “tú y las mujeres, tú y las armas”. Ese tipo de asociación es la que resuena en la película de Paul Thomas Anderson.


Una batalla tras otra se acerca a temas medulares de la actualidad, como las redadas contra migrantes y el racismo, pero le saca la vuelta a cualquier expectativa que se pueda tener de un filme ligado a temas tan delicados. En sus aventuras revolucionarias, Bob (Leonardo DiCaprio) y Perfidia (Teyana Taylor) tienen cercanía física y sexual, o se aventuran a tener relaciones antes de la explosión de una bomba. Hay en varias escenas una exaltación del cuerpo, como en aquella en que vemos desde un encuadre subjetivo del coronel interpretado por Sean Penn observando a dicho personaje femenino.


Aquel antagonista, caricaturesco y a la vez encantador por su tensión entre el querer y el deber, pierde la razón como ante una femme fatale. Y es que pocas veces un cineasta hizo ver una revolución de modo tan sexy. Las situaciones cómicas que se crean alrededor del personaje de Penn diluyen la frontera entre el thriller político y la comedia, que además reposa sobre el personaje de DiCaprio. Resulta hilarante verlo no solo luchando contra el poder, sino con sus propios tropiezos verbales y físicos por el consumo de alcohol y drogas. Hay un costado del filme que puede ser leído justamente como una stoner comedy.


Una batalla tras otra relaja la seriedad, las fronteras de los géneros y cualquier atisbo de proclama. Sus personajes, atractivos, cómicos o hasta ridículos, terminan siendo entrañables. Ahí reside su poder cinematográfico.



1. El agente secreto (O Agente Secreto, Kleber Mendonça Filho, 2025)


Hay muchas formas para acercarnos a esta película dirigida por uno de los cineastas latinoamericanos más importantes del momento. En una primera parte, el personaje de Wagner Moura se enfrenta a la violencia y al refugio. La secuencia inicial, con el cadáver que halla en una gasolinera, está filmada con esa tensa quietud y con esos silencios con los que Sergio Leone filmaba a sus vaqueros antes de un estallido. El acercamiento de unos canes a aquel cuerpo inerte nos introduce en un clima de absurdo inquietante, próximo al del perro que lleva en sus fauces una mano mutilada en Corazón Salvaje de David Lynch.

 

A través de su escondite, el protagonista conoce otros personajes, entre ellos una gata con dos rostros. El agente secreto sutilmente va creando ciertos trazos que juegan con una sensación de irrealidad. A partir de ahí lo que se impone es la representación tanto del pasado como del presente del personaje de Moura. Si por un lado los flashbacks exponen las fuerzas a las que se enfrenta, que revelan diferencias de clase, por otro lo vemos, más allá de las amenazas que se ciernen sobre él, en un deambular: sus experiencias tienen una fuerza en sí mismas.


El romance con la vecina dentista, o la búsqueda de un documento vinculado a un ser querido, más allá de su objetivo final de escape, lo colocan en una dinámica de aventuras. Acaso ello acerca estos momentos a la búsqueda en la nueva ola francesa por registrar cómo funciona “la vida misma”, más allá de la progresión del relato como tal. En ese sentido, hay ligazones entre el personaje principal y el Michel de Belmondo en Sin aliento de Godard, solo que las peripecias del Marcelo interpretado por Moura no se viven por medio del verbo humorístico o el movimiento casi bufonesco, sino desde la mirada callada o cómplice.


En una tercera parte, las dimensiones metacinematográficas se hacen más pronunciadas. Las referencias a Tiburón de Steven Spielberg actúan como espejo del horror que se vive durante la dictadura militar. La pierna perteneciente a una víctima de ella, encontrada entre las mandíbulas de un escualo, reaparece desde el mar para atacar a personajes homosexuales: es “poseída” por la ideología del poder. Evade la represión, pero para unirse a ella. Por ello, lo que no logra aquella pierna, que actúa como entidad de cine de terror, sí lo consigue, como una pequeña victoria, el asesino a sueldo interpretado por Kaiony da Silva Venâncio.


En una tercera parte, las dimensiones metacinematográficas se hacen más pronunciadas. Las referencias a Tiburón de Steven Spielberg actúan como espejo del horror que se vive durante la dictadura militar. La pierna perteneciente a una víctima de ella, encontrada entre las mandíbulas de un escualo, reaparece desde el mar para atacar a personajes homosexuales: es “poseída” por la ideología del poder. Evade la represión, pero para unirse a ella. Por ello, lo que no logra aquella pierna, que actúa como entidad de cine de terror, sí lo consigue, como una pequeña victoria, el asesino a sueldo interpretado por Kaiony da Silva Venâncio.


Si bien se presenta como un antagonista, de pronto lo vemos como alguien que a partir de su condición social se enfrenta a personajes que encarnan ese orden jerárquico. Su última secuencia, filmada con una violencia gráfica y un manejo soberbio de la tensión, muestra cómo aquel asesino devuelve el insulto recibido por su extracción social. El agente secreto trasluce un Mendonça Filho que se divierte jugando con los códigos de género, y si algo comparte con Paul Thomas Anderson, es que puede estar tratando temas serios sin dejar de lado un entusiasmo por el goce cinematográfico en su sentido más popular.


El final de la película es emocionante por lo no dicho, o por aquello que se desliza “entre líneas”.  La memoria de aquellos tiempos, vista desde la actualidad, es borrosa, frágil, débil. Los registros sonoros que recibe un personaje en una de las últimas escenas de El agente secreto tienen el mismo valor que las películas para recordar ese horror que jamás debe ser preso de la amnesia. Por ello, llegan a su destinatario en un lugar que en otra época fue una sala de cine. Aquel otro personaje interpretado por Moura, como los que vemos en títulos de Mendonça Filho como Aquarius, Bacurau o Retratos fantasma, se aferra a un espacio, que es el del recuerdo y el afecto.   


Con un pulso narrativo agitado y personajes cálidos, El agente secreto fluctúa entre el thriller político y la leyenda fantástica urbana, entre pasajes de deriva y el horror. Expresa un amor por el cine tan hondo que no entiende de diferencias entre alta y baja cultura.



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