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30 FICL: “Chicas tristes” (2026) la amistad frente al abuso

  • hace 7 minutos
  • 3 min de lectura

La ópera primera de Fernanda Tovar forma parte de la Competencia de Ficción del 30° Festival de Cine de Lima.


Por Alberto Ríos FESTIVALES / 30 FICL

"Chicas Tristes" (2026). Fuente: Desistfilm
"Chicas Tristes" (2026). Fuente: Desistfilm

Durante los últimos años, el coming of age ha encontrado en el cine latinoamericano (y especialmente en el mexicano) algunas de sus propuestas más interesantes. Películas como Güeros (2014), de Alonso Ruizpalacios; Temporada de patos (2004), de Fernando Eimbcke; o Tótem (2023), de Lila Avilés, han utilizado la adolescencia para explorar la identidad y el paso hacia la adultez desde una mirada íntima. Chicas tristes (2026), ópera prima de Fernanda Tovar, se inscribe en esa tradición, aunque desplaza el foco hacia las secuelas de la violencia sexual. Más que construir un relato de denuncia o de búsqueda de justicia, la película observa cómo un hecho de esa naturaleza modifica silenciosamente la forma en que dos adolescentes entienden el mundo y su propia amistad.


Paula y La Maestra son dos nadadoras de dieciséis años que integran la selección juvenil de su escuela y se preparan para competir en Brasil. Durante una fiesta, Paula es víctima de una agresión sexual por parte de un compañero del equipo. A partir de ese momento, la película acompaña el impacto que ese hecho tiene sobre ambas jóvenes, sobre su vínculo y sobre la manera en que cada una intenta comprender lo ocurrido. 


Fernanda Tovar evita convertir el abuso en el centro espectacular del relato. La agresión nunca se muestra y el espectador descubre lo sucedido al mismo tiempo que La Maestra, a través de silencios, evasivas y conversaciones fragmentadas. La película observa cómo Paula intenta darle un nombre a su experiencia y cómo su amiga procura acompañarla sin saber realmente cuál es el camino correcto. Cuando Paula finalmente le cuenta a La Maestra lo ocurrido, ambas se encuentran en una clase de baile. Permanecen rodeadas de otras personas, pero el movimiento constante del grupo termina aislándolas dentro del plano. Avanzan, retroceden, giran y cambian de posición mientras la conversación encuentra su propio ritmo. La confesión sucede en un espacio compartido que, por unos instantes, se vuelve completamente íntimo. Es una escena donde la puesta en escena acompaña el proceso emocional sin necesidad de subrayarlo. 


"Chicas Tristes" (2026). Fuente: IMDb
"Chicas Tristes" (2026). Fuente: IMDb

La puesta en escena encuentra en el cielo una imagen que atraviesa toda la película. El relato abre con Paula y La Maestra dirigiendo un pequeño espejo hacia un avión para reflejar la luz del sol. Mientras juegan, imaginan que, si una persona triste ve ese destello desde arriba, sabrá que alguien está pensando en ella. La escena instala el cielo como un espacio asociado a la imaginación, la esperanza y la posibilidad de escapar, una idea que reaparece más adelante bajo una nueva forma. Después de conocer la verdad, ambas suben a una azotea tras consumir una pastilla en busca de un momento de evasión. Allí colocan un espejo roto sobre el suelo y el cielo vuelve a aparecer reflejado en él. Sus cuerpos quedan duplicados y fragmentados dentro del encuadre, como si aquella promesa inicial de libertad siguiera existiendo, aunque ahora solo pudiera alcanzarse de manera fugaz y estuviera atravesada por la fractura que dejó el trauma. 


El agua ocupa un lugar igualmente importante. La piscina aparece como el único espacio donde ambas parecen recuperar cierta calma y donde el mundo exterior pierde fuerza. Allí entrenan, juegan, conversan y, en algunos momentos, simplemente permanecen flotando. Tovar filma estas secuencias con una serenidad que convierte al agua en un refugio temporal frente a una realidad que poco a poco comienza a desmoronarse. Esa relación con el espacio refuerza la idea de que la película habla tanto del trauma como de los lugares donde todavía es posible sentirse a salvo.


La Maestra toma decisiones impulsivas, algunas bien intencionadas y otras profundamente equivocadas. Ese proceso de búsqueda también habla de una adolescencia marcada por las herramientas de su tiempo. Recurre a ChatGPT, revisa videos en TikTok y consulta las cartas del tarot intentando encontrar respuestas que los adultos no les ofrecen. La ausencia de los padres atraviesa buena parte del relato. Los de La Maestra nunca aparecen en pantalla y el padre de Paula solo adquiere relevancia cuando ella, incapaz de seguir cargando sola con el secreto, decide contarle lo ocurrido. 


Chicas tristes encuentra su mayor virtud en la confianza que deposita en sus personajes y en la forma cinematográfica de acompañarlos. La violencia nunca desplaza a la amistad como núcleo del relato, y cada decisión formal dialoga con el estado emocional de las protagonistas. Sin recurrir al melodrama ni a los mecanismos habituales del cine de denuncia, Fernanda Tovar construye una película donde el dolor transforma la percepción del mundo y donde crecer también significa aprender que algunas heridas cambian para siempre la manera de mirar el cielo.




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