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30 FICL: Top 6 de la Competencia Latinoamericana Ficción

  • hace 11 minutos
  • 8 min de lectura

En esta nueva edición del Festival Internacional de Cine de Lima, la Competencia Latinoamericana Ficción presenta diversos títulos de interés. A continuación, comentamos 6 de los más atractivos, en orden de preferencia.


Por José Carlos Cabrejo FESTIVALES / 30 FICL

"La noche está marchándose ya" (2026). Fuente: IMDb
"La noche está marchándose ya" (2026). Fuente: IMDb

6. Seis meses en el edificio rosa con azul (Bruno Santamaría Razo, 2026)


Es una película auténtica en su condición autoficcional. La recreación que hace el director de su infancia y la crisis familiar ante la posibilidad de la infección de su padre por VIH en los años noventa se alterna con talking heads documentales de familiares que van recordando aquellos tiempos tan radiantes como sombríos. Si bien hay un acercamiento al estigma que implicaba esa condición, hay otros valores que hacen especial a la película.


Su componente nostálgico se trabaja en un arte y unos filtros de luz proclives a los colores pastel, con viejos clásicos populares como “Ese hombre”, de Rocío Jurado, y una visión desinhibida de los cuerpos, como recuerdos en crudo de lo cotidiano. Los pasajes documentales, a diferencia, se focalizan más en el dolor aún presente, dejado por aquellos tiempos, y que incluso deriva en un giro confesional inesperado.


Seis meses… es un coming of age, un relato de iniciación, pero que salta de una generación a otra para expresar una visión del cine como acto de catarsis.



5. Moscas (Fernando Eimbcke, 2026)


El nuevo filme del director de Temporada de patos (2004) se alterna entre los tiempos muertos de una mujer que alquila una habitación, entre horas de reposo y sesiones de sudoku, y la llegada de un niño con su padre, quienes cuidan a su madre y esposa, respectivamente, enferma a la distancia. El director regresa al blanco y negro para hablar nuevamente del luto, y también de lo lúdico.


La obsesión que desarrolla el infante por un arcade, en el que una nave espacial puede destruir una serie de presencias enemigas, hace que, de alguna manera, el mundo adulto se vea afectado: personas que trabajan en un hospital, en cierta medida, vuelven a ser conductualmente niños al acompañarlo en la búsqueda de su mamá. Ello contrasta con la conducta de la señora que lo hospeda, quien mira de lejos su conducta o actúa como una amargada. La actuación de Teresita Sánchez posee una serie de modulaciones que enriquecen el filme, en su paso de la rigidez a la liberación del dolor contenido, a través de gestos tan mínimos como expresivos.


Si bien la metáfora de la enfermedad en el arcade, en una escena en la que el niño se imagina introducido en él, se torna obvia e innecesaria, hay una cualidad casi inmersiva en el trabajo de la edición, que le da a Moscas una pausada fluidez rítmica que atrae por su visión de la vida (y de la muerte) como un juego.



4. Hangar Rojo (Juan Pablo Sallato, 2026)


Esta recreación de la vida de Jorge Silva, oficial de la Fuerza Aérea de Chile, a horas del golpe de Estado sufrido por Salvador Allende en 1973, se encarna en su tenso tránsito entre una base militar y el espacio doméstico. La mayor fortaleza de la película reside en la actuación de Nicolás Zárate, quien interpreta a aquel personaje de la vida real.


Su performance es de una corporeidad rígida, disciplinar, firme. Crea una apariencia de subyugada dureza ante la jerarquía castrense, pero esa arquitectura de leves miradas, gestos mínimos y puños firmemente cerrados en su figura actúa también como resistencia ante el horror, en un dilema moral que recuerda algunos filmes de Jean-Pierre Melville. La barbarie a la que se enfrenta es sugerida en gritos y disparos en off, fuera del campo visual, así como en esa fotografía de sombras diagonales y expresionistas.


Hangar Rojo es un thriller narrado con gran pulso. No obstante, su poder es aún mayor cuando desemboca en los quiebres emocionales o en la narración serena del final, en el que el último viaje del héroe se visualiza con la calma solemne de una marcha que parece fúnebre.



3. Hiedra (Ana Cristina Barragán, 2025)


Una mujer de 30 años y vida acomodada espía a adolescentes que viven en un orfanato y, a continuación, establece un vínculo cercano, íntimo, con uno de ellos. Las escenas marcan sus diferencias sociales y de color de piel. Y así, la realizadora ecuatoriana toma los motivos del melodrama para torcerlos, con un afán provocador que tiene ecos del cine de Catherine Breillat.


Entre la mujer y el muchacho, de manera figurada o no, aparecen los viejos fantasmas del género, como el ser familiar y perdido al que se desea recuperar. Barragán se vale de ello para introducir otros espectros, como el del amor prohibido por diferencias de clase. De ese modo, la película entra al terreno de lo tabú: la relación entre ambos puede ser leída simbólicamente como un amor prohibido o como una relación de madre e hijo.


Hiedra, a diferencia de muchos títulos actuales, no busca hacer una radiografía social desde una narrativa eat the rich o semejante. Solo busca ser descarnada en hurgar en el interior de sus personajes, en sus fantasías y carencias edípicas, en su relación ambigua y turbadora. Y lo hace con una aspereza fascinante, en la brusquedad de sus paneos, que recorren cuerpos en contacto, que se empujan y acarician. La intensidad de la película reside en su corporalidad viva, su dimensión física. Por ello, los protagonistas son conducidos de la ciudad a la naturaleza pura y paisajística. Son aislados de los signos urbanos de sus diferencias sociales para ser insertados en un juego de roles en el que los deseos más afiebrados parecen hacerse realidad.



2. El tren fluvial (Lorenzo Ferro y Lucas Vignale, 2026)


La ópera prima de ambos realizadores se acerca de forma inusual a un personaje como Milo, niño de 8 años dedicado a la danza malambo que decide escapar de un rígido esquema patriarcal, en un tránsito que va del campo a la ciudad.


El tren fluvial es una cinta de extraña modernidad. El viaje del infante interpretado por Milo Barria (sí, se llama como su personaje) dialoga con esas fugas que menores emprenden tanto en un clásico de la nouvelle vague como Los 400 golpes (Les quatre cents coups, 1959) como en una película mayor del cine argentino marcada por aquella cinta de Truffaut: Crónica de un niño solo (1965), de Leonardo Favio, director cuya obra es referida de diversas formas, a veces cifradas, en la cinta. Esa modernidad cinematográfica que irrumpe con todo en los años sesenta, alterando de un modo u otro la narrativa clásica, está presente también en El tren fluvial, pero en un vínculo curioso y particular con Alain Resnais.


Como en algunos filmes del director de El año pasado en Marienbad (L'année dernière à Marienbad, 1961), la memoria se torna difusa, el pasado y el presente parecen mezclarse. Sin embargo, es a partir de esa dinámica moderna que la película argentina empieza a respirar otro clima, que la distancia de estos casos. La llegada de Milo a la ciudad hace que la película se enrarezca aún más: un hombre con walkman se comunica telepáticamente con él, una calle es mostrada en planos detalle de chucherías, como perros mecánicos de juguete, y en una escena se ve al personaje principal de pronto bailando con una prenda femenina y una máscara de cachascanista mexicano. Sus referencias a la cultura pop recuerdan la estética de muchas producciones A24 como Todo en todas partes al mismo tiempo (Everything Everywhere All at Once, Daniel Kwan y Daniel Scheinert, 2022), pero en un tono mucho más enigmático y más hondo en la exploración íntima de las fantasías y percepciones del personaje principal. La cinta se va construyendo como restos diurnos de un sueño que parece hibridarse con la propia realidad.


Milo, de algún modo, se comporta en ese viaje extravagante, de horizonte absurdo, como los niños de Red Rocks (Les Roches Rouges, 2026), de Bruno Dumont. Ellos también están conectados a un entorno en el que hacen las veces de adultos. Son filmes del mismo año que tienen en común la exploración de otras posibilidades de worldbuilding desde una sensibilidad surreal.


En parte, El tren fluvial es un coming of age reminiscente de ese viaje fantasmagórico en tren de El viaje de Chihiro (Sen to Chihiro no kamikakushi, 2001), de Miyazaki. Aunque el tránsito de regreso a casa, en diálogo también con Resnais, aprovecha la belleza sonora de la literatura en un conmovedor plano del protagonista mientras escuchamos el poema “Viaje estival con Lucio”, del surrealista Francisco Madariaga. Un pasaje dice: “Mi pequeño hijo de siete años y yo teníamos en las manos las ramas de las estrellas y el resplandor lentísimo de los ríos rosados, donde sangraba el sol de los caballos, las vaquerías y las antiguas guerras. / Era el primer viaje solos en el tren marrón que no quiere morir”.


Queda la duda al final de si estamos ante una voz poética del mundo de los vivos o de los muertos. La prematura muerte de Lucas Vignale, uno de los directores del filme, hace que sintamos El tren fluvial como una voz del más allá, entrañablemente viva en el cine.



1. La noche está marchándose ya (Ezequiel Ramírez y Ramiro Sonzini, 2025)


Es el título más destacado de la competencia de ficción, y con absoluta contundencia. Su protagonista, un hombre en sus treintas, se refugia por trabajo y, sobre todo, por placer, en un cineclub municipal frente a una crisis económica y al desinterés del Estado por la cultura. Y la forma en que se relata su historia tiene varias capas.


La película posee un ritmo pausado, encuadres durativos y una actuación que, sobre todo en Octavio Bertone (quien hace de Pelu, el personaje principal), es contenida, de acentos desdramatizados. El blanco y negro de la fotografía, que a ratos se siente húmeda, como empañada, dota a la narración serena del filme de un vaho melancólico.


Ese clima mustio que destila La noche está marchándose ya se vincula a un viejo cineclub, apenas visitado, en el que se guardan latas de películas y libros de crítica de cine, en contraste con la amiga que crea contenido digital para OnlyFans. En algunas escenas, vemos que Pelu es observado por otros, en encuadres subjetivos y abiertos que lo muestran como un ser solitario. Es, pues, una película sobre la tensión entre el presente y el pasado. Y ello es patente en la notable escena en que uno de los amigos de Pelu, quien es un trabajador informal de la calle, usa su celular para enviar de manera fallida un prolongado y romántico mensaje de audio.


Lo que tenemos al frente son personajes que se tropiezan con el presente. No parecen entenderlo o no están dispuestos a resignarse ante él. Aunque sí logran tomarle el pelo o, de algún modo, apropiarse de él desde una mirada analógica. Si la amiga creadora de contenido invade la sala de cine para grabar sus videos, un personaje la contempla, con deseo silencioso, entre fundidos encadenados. Ella parece convertirse en el encuadre de una de las tantas películas del cineclub, y él es enfocado como un personaje mirón de alguna cinta de Alfred Hitchcock. Por ello, es un filme de resistencia, tanto en lo que respecta a la tradición del cine como en lo que corresponde a su defensa ante la incomprensión del valor de la cultura cinematográfica.


La soledad, por su parte, termina convirtiéndose en un portal hacia la amistad. Una conformada por personajes en los márgenes, como criaturas nocturnas, de deambular subterráneo. Las imágenes que los plasman en iluminación contrastada y encuadres aberrantes, accediendo bajo tierra al cineclub, rememoran las imágenes de Orson Welles escapando entre alcantarillas en El tercer hombre (The Third Man, 1949), de Carol Reed, pero también las de los freaks del subsuelo que emergen en una de las escenas finales de El vampiro negro (Román Viñoly Barreto, 1953), una de las obras maestras del noir criollo. La diferencia está en que los “fenómenos” de Ramírez y Sonzini son cálidos, adorables y están hermanados por los fotogramas que guardan en su retina.


La noche está marchándose ya es una entrañable carta de amor al cine, melancólica y vital a la vez.




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