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30 FICL: “Seis meses en el edificio rosa con azul” (2026) el dolor de la infancia

  • hace 7 minutos
  • 3 min de lectura

Entre la memoria familiar y el despertar de la identidad, Seis meses en el edificio rosa con azul retrata una infancia atravesada por la enfermedad, el afecto y la transformación.


Por Alberto Ríos FESTIVALES / 30 FICL

"Seis meses en el edificio rosa con azul" (2026). Fuente: Tomatazos
"Seis meses en el edificio rosa con azul" (2026). Fuente: Tomatazos

Hay películas que entienden la infancia como un momento de descubrimiento y otras que la convierten en el lugar desde donde es posible mirar a toda una familia. En esa línea se encuentran obras recientes como Aftersun (2022), de Charlotte Wells, o Tótem (2023), de Lila Avilés, donde los grandes conflictos aparecen filtrados por la mirada de un niño que todavía intenta comprender el mundo adulto. Seis meses en el edificio rosa con azul, de Bruno Santamaría Razo, comparte esa sensibilidad. A través de los recuerdos de Bruno, reconstruye una etapa marcada por el descubrimiento de la identidad, la enfermedad y la transformación de un hogar que lentamente deja de parecer el mismo.


La historia transcurre en la Ciudad de México de 1992. Bruno, un niño de once años, vive junto a sus padres y sus hermanos mientras comienza a descubrir su sexualidad y desarrolla un vínculo cada vez más cercano con su mejor amigo, Vladimir. Ese proceso coincide con el diagnóstico de VIH de su padre, una noticia que transforma la dinámica familiar y obliga a todos a enfrentar los miedos, los prejuicios y la incertidumbre de una época marcada por el desconocimiento en torno a la enfermedad.


Santamaría Razo evita construir un relato dominado por los grandes acontecimientos. La película avanza mediante escenas cotidianas, pequeños momentos familiares y conversaciones que revelan el estado emocional de sus personajes, sobre todo de sus padres. La cinta abre con el cumpleaños del protagonista, una fiesta familiar en la que todos los integrantes, incluidos los niños, se maquillan y disfrazan como personas del sexo opuesto. Parece una celebración en tono burlesque o carnavalesco, pero también un espacio donde Bruno se siente cómodo, sobre todo por la forma en que puede expresarse respecto a sí mismo. La decisión de filmar en 16 mm aporta una textura cálida y granulada que dialoga con el carácter evocador de la historia, como si se tratara de una grabación casera.


El despertar de Bruno se construye desde la observación. Su sexualidad nunca aparece enunciada de manera explícita ni convertida en un conflicto permanente. Se manifiesta en la forma en que mira a Vladimir (su mejor amigo), en la atención que presta a sus gestos, en la cercanía física que busca, en cómo su cuerpo cambia cuando baila. La película encuentra en esos pequeños detalles una manera muy natural de retratar el descubrimiento del enamoramiento durante la infancia. Esa búsqueda íntima convive con la enfermedad de su padre y con un entorno donde todavía pesan los prejuicios alrededor del VIH y de la masculinidad.


"Seis meses en el edificio rosa con azul" (2026). Fuente: IMDb
"Seis meses en el edificio rosa con azul" (2026). Fuente: IMDb

Uno de los recursos de la película aparece cuando la ficción se interrumpe para dar paso a los testimonios de los verdaderos padres del director. Esa decisión amplía el alcance del relato y transforma la película en un diálogo entre el recuerdo y la experiencia vivida: un híbrido entre la ficción y el documental testimonial. Los pasajes documentales ahondan en la reconstrucción familiar y permiten observar cómo la memoria modifica, completa y resignifica aquello que la ficción había mostrado. Aunque, bien es cierto que, de no estar presentes, no cambiarían la comprensión ni el peso dramático de la cinta. Es más, pueden sentirse incluso como golpes de efecto.


La puesta en escena también encuentra pequeños elementos que acompañan el crecimiento de Bruno sin necesidad de explicarlos. Uno de los más significativos aparece cuando pinta su habitación junto a su padre. Ambos decoran las paredes con dibujos donde Bruno se representa con cabeza de vaca y Vladimir con cabeza de sapo, una imagen que nace de su imaginación y que convierte ese cuarto en un espacio donde puede proyectar sus afectos con absoluta libertad. Es un refugio construido desde el juego y la fantasía. Hacia el final de la película, luego de la separación de sus padres, ese cuarto desaparece junto con los dibujos. Se vuelve un lugar blanco y aséptico. Marca el cierre de una etapa de la infancia y de un mundo que ya no volverá a existir.


Seis meses en el edificio rosa con azul encuentra su fuerza en la cercanía con la que observa a sus personajes. Bruno Santamaría Razo evita los grandes discursos y deposita el peso emocional en los vínculos cotidianos, en las conversaciones aparentemente simples y en los silencios que acompañan a esta familia. Aquí intenta comprender ese pasado desde la mirada de quien todavía era un niño cuando todo ocurrió.




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