30 FICL: “Cocaína negra” (2026) el peón que se creía rey
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Una mirada a Eugenio Berríos como pieza de un engranaje mucho mayor, atrapado entre el poder, la violencia y sus propias ambiciones.
Por Marcelo Paredes FESTIVALES / 30 FICL

¿Podemos saber realmente por qué el mal opera como lo hace? Me atrevería a decir que la respuesta es no. Obrar de manera incorrecta puede responder a una amplia variedad de intereses que no siempre están relacionados con la ambición de poder o con la obtención de un gran beneficio económico. Esas son las motivaciones que solemos reconocer con mayor facilidad en nuestra vida cotidiana, ya sea al hablar de la delincuencia ejercida por personas comunes o de aquella vinculada con la política. ¿Y qué pasaría si el mal actuara por puro gusto, impulsado por vicios personales que busca alimentar? Ese es un terreno en el que alguien puede caer y dejarse seducir con facilidad ante la posibilidad de satisfacerlos.
Eugenio Berríos, figura alrededor de la cual gira Cocaína negra, parece pertenecer a ese segundo grupo. El director Cristóbal Valenzuela intenta construir una biografía suya apoyándose principalmente en grabaciones encontradas, testimonios de quienes lo conocieron y diversos materiales de archivo. A través de esos recursos se va delineando tanto su personalidad como el camino que lo llevó a tomar las decisiones que finalmente desembocaron en su asesinato. Este desenlace no funciona como una sorpresa, pues constituye precisamente el punto desde el cual parte todo el relato: por qué Berríos terminó como terminó. Esa es la pregunta que la película busca explorar mientras reconstruye quién fue y trata de acercarse a aquello que pudo haberlo impulsado.
Para desarrollar esa indagación, el documental combina el archivo y las entrevistas con varias dramatizaciones. Lejos de convertir a Berríos en una figura carismática, estas últimas sirven principalmente para remarcar su dimensión más grotesca. Lo presentan como alguien que no parecía actuar movido por un gran motivo, sino por el simple deseo de satisfacer sus propios intereses. Berríos trabajó como químico para los organismos de inteligencia de la dictadura encabezada por Augusto Pinochet, instaurada tras el golpe de Estado de 1973, y fue ascendiendo dentro de ese mundo hasta participar, gracias a sus conocimientos profesionales, en la comisión de crímenes atroces. Mediante la combinación de archivo, momentos dramatizados y testimonios se construye así una idea no solo de quién era, sino también de lo que representó para Chile en un momento específico de su historia.

Como ocurrió en otros países de la región, la dictadura chilena acumuló numerosos secretos y crímenes que intentó mantener ocultos. Berríos fue una de las figuras que, de forma intencional o no, contribuyó posteriormente a que parte de ellos saliera a la luz. Sin revelar mayores detalles, allí aparece uno de los aspectos más interesantes del relato: el intento por encontrar una motivación y comprender qué pudo llevarlo a recorrer ese camino. Conforme avanza el documental, se vuelve evidente que, por importante que hubiera llegado a ser dentro del aparato represivo, él no dejaba de constituir una pieza dentro de un engranaje mucho mayor. Podía resultar extremadamente útil, pero también convertirse en alguien desechable en cuanto Pinochet y sus colaboradores consideraran conveniente.
En esa condición reside la gran ironía del asunto. A diferencia de lo que suele ocurrir en las películas clásicas de crimen, como las realizadas, por ejemplo, por Martin Scorsese, aquí no se construye una épica criminal ni una imagen engrandecida del protagonista. El resultado adquiere un tono tragicómico, aunque por momentos sea mucho más trágico que cómico. Las dramatizaciones introducen cierto componente picaresco que hace más llevadero el visionado y puede provocar alguna risa inocente, pero esa sensación se transforma rápidamente en molestia al observar cómo operaba el sistema. Sobre todo, porque muchas personas relacionadas con el gobierno de Pinochet no pagaron por sus crímenes. Comprender la importancia que tuvo Berríos dentro de esa estructura y contemplar después su destino aumenta la frustración frente al funcionamiento de un aparato capaz de utilizar a sus integrantes y deshacerse de ellos cuando dejan de ser convenientes.
Aun así, pese a esa dimensión picaresca y al intento de otorgarle originalidad al relato mediante la mezcla de ficción y documental, ambas formas de representación terminan chocando. Ninguna alcanza por separado un nivel especialmente destacable. Por un lado, las dramatizaciones carecen de rasgos cinematográficos suficientemente sólidos: no existe un gran dominio de la puesta en escena ni un pulso particular que permita mantener al espectador completamente involucrado. Por otro, el apartado documental funciona de manera similar a cualquier otro true crime. Entrega la información necesaria y organiza el recorrido para que sepamos hacia dónde se dirige, pero, cuando los acontecimientos comienzan a caer por su propio peso, ya no quedan demasiadas sorpresas. Esto ocurre incluso para alguien que, como en mi caso, nunca había escuchado hablar de Eugenio Berríos antes de ver la película.
Cocaína negra termina siendo, entonces, un registro curioso sobre una de tantas personas que pudieron creerse reyes cuando, en realidad, nunca fueron más que peones dentro de un sistema mucho mayor. Se trata de un mundo capaz de sobrepasarlos a ellos y a cualquiera que ingrese en sus dinámicas. La búsqueda por descubrir quién fue realmente Berríos, qué convierte a alguien en una persona malvada y por qué actúa de esa manera constituye un punto de partida interesante para sostener el relato. Sin embargo, aunque el personaje y las interrogantes que lo rodean generan interés, la película no ofrece, ni en el terreno formal ni en el narrativo, algo que no hayan presentado ya otros documentales de características similares.

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