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30 FICL: “Hope” (2026), ignorar lo evidente

hace 2 horas
5 min de lectura

Compitiendo por el premio principal en el Festival de Cannes, la cinta apuesta por el género y la violencia desmesurada en un espectáculo mainstream que ofrece más de lo que parece. Contiene spoilers. 


Por Nilton Arana FESTIVALES / 30 FICL

"Hope" (2026). Fuente: IMDb
"Hope" (2026). Fuente: IMDb

Asustado, el oficial Bum-seok (Hwang Jung-min) ingresa al restaurante en ruinas. Empuña el arma. Pasos lentos. Reinan sombras. Desconoce al enemigo. Nak-yeon (Lee Sang-hee) cubre su espalda, viejo arquero que renunció a su escondite para cazar a la criatura. Ligeros movimientos de cámara capturan el espacio con un lente angular, la música in crescendo potencia el suspense. Algo se ha movido en la cocina. Los personajes frente a la puerta. Plano OTS. Segundo de silencio. ¡Fuego!


Violencia a merced del espectáculo en Hope (2026), blockbuster surcoreano dirigido por Na Hong-jin, autor que ha sabido moverse en el cine de género dentro de su corta filmografía. Protagonizada por policías en un aislado pueblo portuario, el encuentro con “invasores” alienígenas dará paso a adrenalínicas escenas de acción, núcleo de una cinta excesiva aclimatada por componentes de comedia, terror y sci-fi


Perforada por las balas, la puerta revela una figura humana. El carnicero camina moribundo hacia los personajes, ahora perpetradores de un crimen. Entre el patetismo y la incompetencia de su accionar, sin saber cómo asistir a la víctima, el jefe de policía abandona la escena confundido, preso de esa ceguera/ignorancia que pondrá en palabras hacia el final del filme: “No sé qué hacer, me siento extraño”. 


Lo que sucede con el cuerpo es otra historia. Confundieron al hombre con una bestia, lo despojaron de esa humanidad tal vez compartida con otras especies, otras culturas. La idea se arrastra desde el contexto sociopolítico que enmarca el filme: el puerto de Hopo está al borde de la frontera entre ambas Coreas, zona desmilitarizada protegida por campos minados para evitar el paso de migrantes. “No esconder a los refugiados” reza un cartel en medio del destrozado mercado, indicio de una comunidad mentalizada para enfrentar la otredad sin la compasión o empatía propicias, desde la violencia incluso. 


Esta indolencia responde al desconocimiento de las autoridades con la presencia excesiva de armas, hecho que presupone un estado de alerta frente a posibles amenazas externas. Los pobladores arrastran explosivos, escopetas y francotiradores de diversos calibres, sorpresa para Bum-seok y su risible pistola. Aquella distancia entre la comunidad y las fuerzas del orden se establece desde la escena inicial: el cadáver de un toro bloquea la autopista, Sung-ki (Zo In-sung) y otros cazadores aseguran que es obra de un tigre, que todos lo han visto. Despistan al oficial, inician su búsqueda por la zona rural, los bosques cerca del puerto. 


"Hope" (2026). Fuente: IMDb
"Hope" (2026). Fuente: IMDb

Irónico que el felino termine distanciándose en su entereza de la catástrofe, exponiendo una ceguera general sobre los habitantes de Hopo. El acto de no ver comprende el primer tercio del filme, ese recorrido de planos largos y cortes precisos por construcciones en ruinas, de explosiones y muertes fuera de campo que sugestionan al espectador, que causan expectativa sobre la criatura responsable de tal masacre. Aquí se reconoce el increíble trabajo de cámara, de trackings que siguen la perspectiva del policía hacia planos aéreos que revelan los destrozos, manteniendo al margen la figura del monstruo. 


Su revelación resulta shockeante por exagerada: la bombástica banda sonora se combina con el slowmo en una muerte sangrienta provocada por una “mujer gigante”. La envoltura genérica es hipnotizante, ahora es el oficial quien está siendo perseguido. Siguen la percusión y los metales, los travelling hacia atrás para visualizar al ser verdoso, su comportamiento errático, su fealdad en manos de un terrible CGI. Cae Bum-seok, es salvado por Sung-ae (Hoyeon), heroína que llega en una patrulla para soltar one liners y balazos al unísono. 


La coreografía ha cambiado de bando, la violencia se ejerce de la misma forma. Con ambos personajes en el auto, una granada da con la pierna del esperpento, quien cambia quejumbroso de dirección. Al hacer la misma maniobra, la cámara se aleja del vehículo por mero golpe estético, tal vez, por esa distancia que se sigue marcando entre criatura, hombre y espectador. Vemos caricaturas en escena, tesis sobre el comportamiento humano basada en su naturaleza testaruda, contradictoria e ignorante; una burla hacia nuestra especie que sabe enmascararse febrilmente como cine palomitero, descerebrado. 


Más allá de lo formal, el campo narrativo y temático juega con personalidades ridículas enfrentadas a fuerzas que desconocen, respondiendo instintivamente mediante la violencia. Sea el llanto de una criatura al borde del colapso, su complexión biológica similar a la nuestra o el cadáver de un niño alienígena (cazado como trofeo), no hay evidencia ni indignación suficiente que desconecte a este grupo terrícola de su necesidad por “defender lo propio”, por ignorar explicaciones y sobreexplicaciones verbales o visuales en un ciclo constante de destrucción. Ahí lo interesante de esa información tan enfatizada: no tiene consecuencias. 


El reto por conectar con los “monstruos” va desde su forma antropomórfica hasta la calidad de los efectos especiales, un choque cultural que el final expone desde el desconocimiento, un worldbuilding incompleto que se justifica sobre la mirada humana que ha primado en la entereza del filme. Una nave que habita en medio de los árboles, ¿cuánto tiempo ha estado ahí? Otra que cae del cielo, ¿tan ciegos están los personajes? La pretendida confusión es vital para la propuesta, un evento que supera al hombre a nivel moral y universal. 


Lo primero que vemos son las montañas, bosques que esconden vidas ajenas a la realidad urbanita. Metáfora sobre la otredad, el juego violento y de perspectivas que es Hope (2026) ofrece entretenimiento genuino mientras cuela comentarios catastróficos sobre la humanidad, exageraciones que rozan estos tiempos de intolerancia, opresión y guerra. Sin las pretensiones o solemnidad de una “obra mayor”, su sinceridad vislumbra mejores tiempos para el cine mainstream, uno que no necesita moralejas o condiciones que indiquen cómo leer entre líneas, cómo racionalizar el cine.



Otra cosa clara, además, es que ese refugio y fantasía del cinéfilo no basta. Ese aislamiento termina por corroer a uno como las paredes de un viejo cine. Lo atrapa entre los pasillos expresionistas de la rutina y la cabeza. Hay que salir al mundo real. Por algo el cine(club), muy en el fondo, esconde un pasaje hacia la calle. Uno debe dejar de ser espectador (Pelu espía a Vale y el cine, con su fundido encadenado, pareciera acercarlos; Pelu escucha a uno de los señores declarar su amor con timidez vía audio) para volverse actor. 


Así, todos, los viejos y nuevos, unidos por el cine, actúan juntos para proteger lo suyo. Por algo (y parafraseando a José Watanabe), Pelu es el guardián del cine. Su labor de protección nace desde adentro y termina afuera, poniendo el pecho, pateando la barricada maligna de los que quieren terminar con el cine para dar paso al dinero. Salen de noche con linternas porque son tiempos oscuros, pero habrá luz. Así como esta película no es la de Leo McCarey y Charles Laughton no es Abraham Lincoln, el discurso refiere no solamente al país, sino al cine, y cobra otro sentido. 


En la desobediencia de los personajes para con las normativas de los de arriba está la reacción combativa de la película en relación con el estado de las cosas. Si ellos ponen una cerca que aleja, los personajes la patean. Si prohíben tomar cerveza, los sujetos de la noche la comparten. Esta actitud rodea siempre la idea de «resistencia», de aguantar, de sostener. De ahí que, en ese final, salgan de abajo hacia arriba (el plano es aberrante, tal como el enemigo). 


Las imágenes logradas por el dúo directoral brillan casi como paisajes de sueños, fantasías donde es posible ir en la senda de Pelu, donde la comunidad se une (valgan redundancias) para defender aquel lugar imposible de santificar que es el cine, donde hay que resistir siempre ante el poderoso con la esperanza de vencer. Así, pese a apelar a un gusto cinéfilo, el mensaje cala para todas las personas creadas iguales: el día que soñamos vendrá. 




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