30 FICL: “Nuestro cuerpo es una estrella que se expande” (2025): naturaleza, cuerpo y artificio
Actualizado: 8 sept
La ópera prima de Tania Hernández y Semillites propone un diálogo entre el cuerpo y la naturaleza que, pese a la fuerza de su punto de partida, termina diluyéndose en la repetición.
Por Marcelo Paredes FESTIVALES / 30 FICL

Entender el cuerpo como una fuerza de la naturaleza permite jugar con distintos simbolismos, sobre todo cuando se observa cómo puede asimilarse a ciertos elementos que alguna vez fueron de una manera y, con el paso del tiempo, terminaron transformándose. Desde esa perspectiva, el cuerpo también puede comprenderse a partir del cambio y de la posibilidad de abrazar el estado en el que se encuentra. Porque aquello que para algunos puede verse mal o no ser aceptado dentro de su entorno adquiere otro significado cuando se aprende a amar, y es justamente desde esa aceptación que se abre paso el autodescubrimiento.
Es en ese terreno donde Tania Hernández y Semillites exploran sus propias experiencias en Nuestro cuerpo es una estrella que se expande. Por un lado, aparece el conflicto relacionado con el color de su piel y la manera en que, durante mucho tiempo, llegaron a percibirlo como algo negativo. Por otro, está el proceso de transición atravesado por Semillites, quien, como hombre trans, pasó por una serie de dudas respecto al cuerpo que tenía y hacia dónde podía conducirlo esa transformación. La película se adentra así en ambas experiencias para observar cómo esos estados y evoluciones pueden relacionarse con elementos como la nieve, la sal o las rocas. A partir de esas asociaciones, intenta mostrar que alcanzar ese amor hacia el propio cuerpo no ocurre de la noche a la mañana, sino que forma parte de un proceso cuya aceptación permite comenzar a pensar en otras posibilidades.
Hasta ese punto, lo que hace el dúo de cineastas funciona, porque parten de una idea que posee suficiente potencia para sostener el acercamiento inicial. Durante los primeros quince minutos, se va entendiendo el juego que proponen con la fisicalidad y la manera en que el cuerpo dialoga con esos distintos elementos. El problema surge cuando el largometraje intenta prolongar esa misma propuesta sin conseguir llevarla mucho más lejos. Aquello que inicialmente permite aproximarse a las experiencias de ambos empieza a repetirse una y otra vez, hasta que la extensión termina quedándole demasiado grande a un filme cuyos realizadores parecen conformarse con dar vueltas alrededor de las mismas ideas.
Esa reiteración se vuelve especialmente evidente por la presencia constante de sus voces. Ya sea frente a cámara o mediante la voz en off, ambos construyen largos monólogos alrededor de lo que significa tener la piel marrón o, particularmente en el caso de Semillites, de aquello que ha implicado atravesar una transición. En un comienzo, estas reflexiones permiten comprender mejor el vínculo entre sus cuerpos, sus identidades y los elementos naturales con los que buscan relacionarlos. No obstante, una vez establecido ese juego, el discurso continúa insistiendo en nociones similares sin encontrar nuevas formas de desarrollarlas, haciendo que una propuesta inicialmente sugerente vaya perdiendo fuerza conforme avanza el metraje.

A esa repetición se suma otro problema: la excesiva solemnidad que atraviesa la película. Prácticamente cada frase parece pronunciada con una intención de trascendencia tan marcada que, llegado cierto momento, comienza a sentirse impostada. La empatía y el entendimiento que podían surgir inicialmente se van debilitando porque la forma de comunicar esas experiencias deja de percibirse con la misma naturalidad. No se trata de negar que aquello expresado sea genuino, sino de cuestionar una construcción cinematográfica que parece empeñada en subrayar constantemente la importancia de cada reflexión. Incluso cuando pretende abrazar cierto caos, la disposición de sus elementos se siente tan calculada que termina dando la impresión de estar diseñada para agradar dentro de un determinado circuito festivalero.
Esa sensación de desorden se acentúa cuando entra en juego la cuestión de los padres y la película intenta involucrarlos dentro del proceso que atraviesan sus protagonistas. Su presencia introduce otra dimensión en el relato, pero también evidencia una discordancia en el tono y en el formato con los que se busca contar el conjunto. Lo que podría funcionar como una ruptura capaz de ampliar la propuesta acaba generando el efecto contrario, donde, lejos de sentirse disruptiva, esta incorporación contribuye a que la película resulte todavía más desordenada, sumando otro recurso que tampoco termina de integrarse con naturalidad a aquello que venía desarrollándose.
Cuando el largometraje finalmente intenta desplazarse hacia un terreno más lúdico y ahondar en otros símbolos, como el de los excrementos, ya es demasiado tarde. Para entonces, la reiteración de sus ideas, la solemnidad de sus monólogos y la discordancia entre las distintas formas empleadas para construir el relato han desgastado buena parte del interés que despertaba aquel juego inicial con la fisicalidad. El problema no está necesariamente en el punto de partida, que resulta potente, sino en la incapacidad para expandirlo durante un largometraje sin recurrir una y otra vez a las mismas nociones.
El resultado es una película poco inspirada, cuya búsqueda de trascendencia acaba siendo mucho más evidente que la complejidad de aquello que pretende comunicar. Hay una intención clara de convertir el cuerpo, sus transformaciones y su aceptación en elementos desde los cuales alcanzar una revelación, pero la manera en que estos recursos se reiteran y acumulan hace que esa búsqueda se sienta demasiado calculada. Nuestro cuerpo es una estrella que se expande termina así pareciendo una obra concebida principalmente para conectar con cierto sector capaz de encontrar una luz o una revelación en algo que, en el fondo, quizá no sea tan complejo como la propia película quiere hacer creer.

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