30 FICL: “La hija cóndor” (2025), el canto de dos mundos.
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La tradición andina y el llamado de la ciudad atraviesan a dos mujeres que enfrentan el cambio desde perspectivas distintas. Sin embargo, La hija cóndor no consigue equilibrar sus recorridos y termina dejando a medio camino el potencial de su propuesta.
Por Marcelo Paredes FESTIVALES / 30 FICL

Cuando el año pasado se pudo ver Kinra (2023), parecía que se había alcanzado un punto culminante dentro de aquellas películas que abordan el desapego respecto al mundo andino y el posterior regreso a casa. Marco Panatonic lo hacía desde la calma y desde la necesidad de comprender aquello que nuestro lugar de origen significa para nosotros. Demostraba así que reconocer esta clase de historias era importante porque, pertenezcamos o no a ese mismo contexto, podían apelar a cualquiera que en algún momento decidiera abandonar el sitio del que proviene. Sea cual sea este, siempre existe una unión con ese suelo que termina formando parte de aquello que somos.
De cierta manera, Álvaro Olmos Torrico parte de un terreno similar en La hija cóndor. La diferencia es que ahora ya no estamos en el Perú, sino en Bolivia, específicamente en una comunidad de Cochabamba, donde Clara (Marisol Vallejos Montaño) trabaja como aprendiz de partera junto a Ana (María Magdalena Sanizo), su madre adoptiva. Ambas viven bajo las normas impuestas por quienes mandan en la comunidad, estrictamente ceñidas a las antiguas costumbres y resistentes a todo aquello que provenga del exterior. Será justamente el llamado de la ciudad el que genere un conflicto entre madre e hija, dando lugar a una tensión que no se limita únicamente a ambas como personajes, sino que se extiende hacia aquello que esos lugares y sus respectivas formas de vida representan.
Al menos durante un primer momento, Olmos entiende bastante bien esa división. No en vano, dentro de la casa que comparten Clara y Ana existe un velo que las separa, como si desde allí se anticipara que ya no pertenecen al mismo mundo. La cosmovisión de una partera anciana no puede ser idéntica a la de una joven que, a través de sus amigas, de objetos como la radio o de la llegada de agrupaciones musicales encargadas de animar distintos eventos, se encuentra cada vez más expuesta a aquello que la ciudad puede ofrecerle. Aun así, el cineasta evita mostrar demasiado ese espacio exterior y lo mantiene bajo cierto misterio, sin recurrir a una vía más previsible que enfatice sus vicios, sus lugares abarrotados o la contaminación visual y sonora que podría asociarse con la urbe.

El canto de Clara se incorpora como otro elemento fundamental dentro de esa separación. Más que presentarlo como una facultad mística o dotada de propiedades extraordinarias por su condición de aprendiz de partera, la película lo entiende como un talento que contribuye a atraerla hacia el mundo de la ciudad, con la música marcando otra frontera entre ambos espacios. Junto a Ana, el canto adquiere una dimensión más íntima y contenida, mientras que el contacto con una agrupación musical conduce hacia una presencia sonora mucho mayor. De esta manera, aquello que Clara posee dentro de su comunidad puede convertirse también en el vehículo que la acerque al exterior.
Esa dualidad se traslada igualmente al tratamiento de los colores. Los neones y las tonalidades fuertes vinculadas al mundo exterior contrastan con el ambiente natural de la comunidad, estableciendo otra diferencia válida entre los espacios que rodean a Clara. Sin embargo, se trata de un terreno bastante frágil, porque el contraste llega a enfatizarse hasta un punto en el que ambas dimensiones parecen pertenecer a películas distintas. Lo que inicialmente funciona como una manera de visualizar la distancia entre dos mundos termina evidenciando una falta de cohesión que habría requerido un tratamiento más equilibrado.
Y es que Olmos sabe que existe una dualidad muy clara entre ambas mujeres, aunque sus recorridos, aparentemente opuestos en un inicio, terminan siendo más similares de lo que podría parecer. Mientras una se enfrenta al cambio desde el descubrimiento, la otra lo hace desde la transformación, pero las dos transitan, en definitiva, una misma ruta hacia aquello que inevitablemente está cambiando. El problema surge cuando el cineasta no termina de definir cuál de esos dos caminos le interesa desarrollar con mayor profundidad.

Durante los primeros dos tercios del largometraje, todo parece indicar que será Clara quien conducirá el viaje. No obstante, llega un momento en que la película decide priorizar a Ana. Mientras la comunidad empieza a verse afectada por una aparente maldición vinculada a que la joven se haya dejado tentar por el exterior, la anciana comienza a asimilar que el tiempo no pasa en vano. También ella debe confrontar su propia mortalidad y asumir el transcurso de los años frente a un pueblo que se rehúsa al cambio. De esta manera, su recorrido podría complementar el de Clara y reforzar la idea de que ambas, desde posiciones distintas, necesitan enfrentarse a una transformación.
El problema es que ese segmento queda demasiado aislado dentro de la película. Aunque durante un momento parece encontrar allí su propia fuerza, posteriormente el relato parece recordar que esta era, principalmente, la historia de Clara y vuelve a colocarla en el centro. Esa indecisión genera una división demasiado marcada entre las perspectivas de ambas cuando, precisamente por la manera en que sus respectivos viajes dialogan entre sí, no tendría por qué existir una separación tan tajante. En lugar de conseguir que las dos rutas se complementen, el largometraje termina tratándolas como bloques que compiten por su atención.
A partir de allí, el recorrido adopta una vía mucho más apresurada y el componente sentimental comienza a imponerse. Pero, al plantearse con prisa esa parte final, la emoción que busca generar no consigue conmover. Incluso llega a sentirse forzada porque, cuando la película parecía estar perdiéndose dentro de ese caos, había encontrado quizá un cierre perfecto. No habría sido necesariamente el desenlace más amable con el público, pero se habría agradecido el riesgo de detenerse en ese punto. En cambio, el relato decide dar una vuelta adicional que no conviene adelantar y que, desde mi perspectiva, habría sido mejor evitar.
Es esa acumulación de decisiones la que convierte a La hija cóndor en una película irregular que nunca termina de cautivarme por completo. Si Kinra había alcanzado un punto culminante al explorar el vínculo con el mundo andino, aquí existía además la posibilidad de abordar una experiencia semejante desde una perspectiva femenina, entendiendo que la relación de la mujer con ese entorno no es idéntica a la del hombre. La presencia de Clara y Ana, sus distintas formas de enfrentarse al cambio, el canto como vínculo con el exterior y los contrastes sonoros y cromáticos ofrecían elementos suficientes para desarrollar esa mirada con mayor profundidad. Lamentablemente, el filme acaba dando vueltas sobre sus posibilidades y optando por una ruta sencilla que, además de sentirse apresurada, desaprovecha buena parte del potencial que tenía entre manos.

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