"La invitación" (2026): No todos los matrimonios son lo que parecen.
Las invitaciones a cenar pueden desatar los conflictos, incomodidades y deseos más íntimos.
Por Sebastián Maldonado CRÍTICAS / CARTELERA COMERCIAL

A veces basta una cena entre vecinos para revelar aquello que una pareja intenta mantener oculto. The Invite (2026), o La invitación para los que hablamos español, es el tercer largometraje de Olivia Wilde, que parte de la premisa de explorar la fragilidad del matrimonio, el deseo y las convenciones que impone la monogamia, muchas veces caídas en desgracia, que sostienen una relación.
Basada en la obra teatral Los vecinos de arriba, del español Cesc Gay, la película sigue a Joe y Angela, interpretados por Seth Rogen y Olivia Wilde, un matrimonio instalado en una rutina monótona que ha socavado su vínculo. La llegada de sus nuevos vecinos, un matrimonio aparentemente estable y normal, Pina y Hawk, encarnados por Penélope Cruz y Edward Norton, destruye esa aparente estabilidad. Durante una cena que comienza como un encuentro cordial, la pareja revela que mantiene una relación abierta, que son swingers y propone a sus anfitriones intercambiar parejas. La propuesta, más que desencadenar una aventura y hacer erupcionar el hedonismo fantasioso de Joe y Angela, funciona como una fisura: obliga a Joe y Angela a confrontar aquello que preferían no preguntarse sobre su propio matrimonio.
Wilde encuentra en la comedia una forma de aproximarse a esas contradicciones sin convertirlas en un conflicto solemne. Como en Booksmart (2019) y Don’t Worry Darling (2022), la directora se interesa por las tensiones que se esconden detrás de las relaciones aparentemente normativas. Sin embargo, aquí el centro no está tanto en cuestionar la institución matrimonial como en observar qué ocurre cuando una pareja se ve obligada a reconsiderar las reglas bajo las que ha construido su vínculo.

Uno de los mayores aciertos de The Invite está en su espacio, lo que le da peso a la dirección de arte. Filmada prácticamente en su totalidad dentro del departamento, la película conserva la estructura de una obra teatral, pero utiliza el escenario doméstico para expresar la distancia entre los personajes. La barra de la cocina, los marcos de las puertas y los distintos ambientes del departamento funcionan como fronteras físicas que también representan las barreras emocionales entre Joe y Angela. A medida que la conversación avanza, el espacio que inicialmente parece acogedor comienza a sentirse cada vez más estrecho.
La fotografía, a cargo de Adam Newport-Berra, contribuye a esa sensación de encierro sin intentar disimular el origen teatral del relato. En lugar de combatir sus limitaciones, Wilde las convierte en parte de la propuesta: el departamento termina funcionando como una extensión del matrimonio, un espacio aparentemente cotidiano donde las tensiones acumuladas finalmente encuentran una salida que linda entre lo íntimo, lo provocador y, al final, lo emotivo.
Si bien el filme construye una comedia mediante la fragilidad de los vínculos, los personajes, a su manera teatralizados, no exploran del todo su complejidad teniendo como escenario un espacio reducido. La incomodidad está, se respira y uno puede estar presente sin necesariamente estar dentro. Wilde deja llevar su comedia por sobre la fragilidad de los vínculos emocionales y amorosos, aun cuando sus personajes parecen estar ensimismados en sus taras y desordenados. Entre humor, deseo y resentimiento oculto, Wilde intenta, de manera algo decente y modesta, construir una comedia íntima sobre aquello que ocurre cuando las reglas de una relación dejan de ser suficientes para sostenerla.

kkk-02.png)



Comentarios