“Dead Man's Wire” (2025): Kiritsis, Mangione, Heemeyer y algunos más
- hace 8 minutos
- 2 min de lectura
Más que reconstruir un caso real, Dead Man's Wire explora la frustración individual frente a un sistema que permanece intacto.
Por Macarena Céspedes CRÍTICAS / CARTELERA COMERCIAL

Se le podría llamar el sueño americano hecho escombros. Hacia 1977, Estados Unidos atravesaba una crisis de estanflación sin precedentes, con una inflación que devoraba salarios y una desconfianza creciente hacia bancos, aseguradoras y compañías hipotecarias que operaban con total impunidad. Indianápolis, ciudad industrial, no era la excepción. Ahí, un veterano de guerra convertido en vendedor de gravilla, Tony Kiritsis, secuestró durante 63 horas a un ejecutivo de una compañía hipotecaria, transmitiendo en vivo y por radio sus reclamos contra un sistema que, sentía él, lo había estafado. El hecho, cubierto minuto a minuto por la prensa local, se volvió un espectáculo mediático antes de que siquiera existiera el término para nombrarlo.
Es a partir de este tipo de episodios, donde la furia individual se convierte en síntoma colectivo, que el cine estadounidense contemporáneo ha encontrado, especialmente en manos de directores como Gus Van Sant, un espacio para revisar la memoria de la decadencia institucional norteamericana. Dead Man's Wire (2025) funciona como ejercicio de reconstrucción de esos tres días, utilizando el artificio del cine de época (freeze frames, fotografía estática, montaje nervioso) para tender un puente entre el nihilismo de los setenta y el capitalismo contemporáneo.
Al igual que ciertos ejercicios del cine político, el director construye a su protagonista, interpretado por un Bill Skarsgård que transita del payaso sumiso hasta tener una mirada casi kubrickiana, como una figura simultáneamente ridícula y trágica. No hay heroísmo limpio en su rebelión, solo un hombre desquiciado por un sistema que lo llama antagonista mientras él insiste en verse a sí mismo como víctima y vengador.

La cámara filma sus estados de ánimo; cada encuadre intercepta la tensión antes que la acción misma. El montaje de Saar funciona como el verdadero motor narrativo de la película, tanto como lo hace la ciudad misma, Indianápolis, que aparece una y otra vez escuchando, comentando y reaccionando a través de la radio a lo que ocurre puertas adentro. La música extradiegética, que evoca al cine de otra época, refuerza esa sensación de estar viendo una fábula moral filmada como thriller setentero.
Dead Man's Wire, sin embargo, no reivindica a Tony Kiritsis como revolucionario ni lo condena del todo como criminal. Lo deja flotando entre ambas categorías, de la misma manera en que el propio personaje flota entre el discurso del hombre común traicionado y el de un sujeto genuinamente peligroso. En sus apenas 105 minutos, la película prefiere no indagar en las causas más profundas de esa rabia. Apuesta, en cambio, por la transferibilidad casi inmediata de esa furia hacia el espectador contemporáneo, para quien la precariedad económica y la desconfianza institucional no son en absoluto un asunto del pasado.
Lo que queda, entonces, no es tanto la pregunta de si Tony Kiritsis fue un héroe o un loco, sino esa certeza incómoda de que el sistema que lo produjo sigue, en gran medida, intacto. Heemeyer y Mangione como prueba de ello.

kkk-02.png)



Comentarios