“Meteoro” (2008): un blockbuster posmoderno
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La película de las Wachowski es un ejercicio de experimentación visual virtual y una representación de lo que los blockbusters digitales de hoy podrían ser si se animaran a tomar más riesgos.
Por Sebastián Zavala CRÍTICAS / HBO MAX, NETFLIX

Cine posmoderno. O, al menos, un blockbuster norteamericano posmoderno, más interesado en sensaciones que en trama. Eso es lo que las Hermanas Wachowski intentaron hacer (según ellas mismas, dicho sea de paso) con Meteoro en 2008, y no funcionó. No porque sea una mala película, sino más bien porque el público masivo no la entendió. En 2008, nadie pensaba en las posibilidades del cine ultracomercial posmoderno. Todos estaban interesados, más bien, en el cinismo; en el concepto del realismo (o, al menos, la verosimilitud) por sobre todo lo demás, y en adaptaciones oscuras de historias venidas del cómic o los videojuegos.
La combinación de una estética kitsch, colores ultrasaturados, sinceridad al mango y referencias a la animación japonesa de los sesenta y setenta que ofrecía Meteoro simplemente no iba de acuerdo con las tendencias de la época. En el año de nuestro Señor 2026, sin embargo, algo ha cambiado. El público en general está listo para la sinceridad, para aquello que se aleja de lo que antes se percibía como “realista”. Por ende, con los años, Meteoro se ha convertido en un clásico de culto, tanto así que muchos fanáticos pedían la salida de una versión remasterizada en 4K de la película que, por lo menos, incluso entre sus detractores, es considerada una maravilla visual.
Y hace unos meses, por fin la obtuvimos.
¿Qué se siente ver Meteoro, entonces, dieciocho años después de su estreno en cines? Cuando el filme salió por primera vez, yo tenía tan solo diecisiete años; en teoría, era parte del público que rechazó la película. Sin embargo, Meteoro me fascinó y la terminé viendo dos veces en la pantalla grande. Y ahora, siendo un adulto, entiendo perfectamente por qué esta visión tan particular de un mundo retrofuturista y optimista caló tanto en mí. Porque ni de adolescente estaba interesado en una perspectiva cínica y pesimista de nuestro mundo. Porque la sinceridad que es parte del ADN de Meteoro va totalmente de acuerdo con mi visión del mundo, y porque incluso de chico (y, por supuesto, ahora de grande) apreciaba lo que las Wachowski lograron con su adaptación del popular anime de los años sesenta.
¿Cómo describir a Meteoro, entonces? Posibilidades existen. Es una adaptación que literaliza la estética del anime original, trasladándola a la acción en vivo (mezclada con animación en 3D) para crear algo totalmente nuevo. Es un comentario sobre el capitalismo extremo; es una representación de cómo las Wachowski se sienten como artistas de corazón independiente trabajando para una industria interesada únicamente en el dinero. Y, en cierto aspecto, hasta es una alegoría de la experiencia trans, narrada a través del personaje de Racer X. Meteoro es muchas cosas y, por ende, puede tener varias lecturas, pero, más que nada, es como ningún otro blockbuster millonario, anterior o posterior a su estreno.
Meteoro se lleva a cabo en un mundo retrofuturista, inspirado en la estética pop de los años sesenta, mezclándola con tecnología imposible. Nuestro protagonista es Meteoro Racer (en realidad llamado Speed Racer en inglés, o Go Mifune en el japonés original), interpretado por Emile Hirsch (Into the Wild). Él es el hijo de Pops Racer (el gran John Goodman), dueño de Racer Motors, y uno de los pilotos de carros de carreras más habilidosos del mundo. No obstante, Meteoro carga con un gran trauma; años antes, cuando era pequeño, su hermano mayor Rex (Scott Porter), también un gran piloto, se fue de casa y murió en un accidente extraño en la competencia de rally de Casa Cristo. Meteoro, por ende, quiere ser como él, pero a la vez, no quiere acabar como él.

Al iniciar la película, lo vemos competir en una carrera en la pista Thunderhead, y cuando parece que romperá el récord de su hermano, quedando en primer puesto… baja la velocidad, dejando en claro que lo más importante para él es el legado de Rex. Pero esto termina llamando la atención de E.P. Arnold Royalton Esquire (Roger Allam, de V de Vendetta), el CEO de Royalton Industries, una de las más importantes megacorporaciones patrocinadoras de pilotos de carreras. Éste le hace una oferta aparentemente imposible de rechazar a Meteoro: volverse parte de Royalton, para que así, junto a Pops, tenga a su disposición todo el dinero y recursos del mundo, y se pueda convertir en un piloto famoso y rico, como su ídolo, Cannonball Taylor (Ralph Herforth).
Pero luego de pensarlo, Meteoro rechaza a Royalton. Después de todo, y tal y como le dice su novia (y ex amiga de la infancia), Trixie (Christina Ricci), él no es piloto porque le interesa el dinero. Él maneja porque es lo único que sabe hacer bien y porque es lo que le apasiona. Sin embargo, Royalton no entiende esto, por lo que jura dedicarse a acabar con la carrera de Meteoro, primero aliándose con un mafioso llamado Cruncher Block (John Benfield), y luego con el Señor Musha (el gran Hiroyuki Sanada), CEO de una corporación competidora. Es así que Royalton termina representando lo que la familia Racer se opone: la corrupción, las carreras “arregladas” y el poder del dinero, mientras que Meteoro jura oponerse a todo aquello, empecinándose en demostrar que lo más importante de esta industria son las carreras y, por supuesto, los pilotos.
Para esto último, los Racer terminan formando alianzas. La primera es con un piloto llamado Taejo Togokahn (el k-poper Rain, de Ninja Assassin), con quien Meteoro participa en la carrera de rally en Casa Cristo; sí, la misma donde su hermano murió años atrás. Y la segunda es con Racer X (Matthew Fox, de Lost), un misterioso piloto que tiene el rostro siempre tapado, y que trabaja junto al Inspector Detector (Benno Fürmann, de la miniserie de El anillo de los Nibelungos) para intentar acabar con la red de corrupción liderada por Royalton que está infectando la industria. Evidentemente, ganar carreras y derrotar a Royalton no es tarea fácil, pero para eso, Meteoro también cuenta con su familia: Trixie y Pops, pero también con su mamá (la gran Susan Sarandon), su mejor amigo y mecánico Sparky (Kick Gurry, de Sense8), y su hermano menor Spritle (Paulie Litt), que anda por todas partes con el mono Chim Chim (Willy y Kenzie).
Si hay una crítica que se le pueda hacer a Meteoro, es que la trama es un poco enredada, lo cual va en contra de lo que el filme parece representar. De acuerdo a lo mencionado por las Wachowski y al tono que la cinta maneja, Meteoro está más interesada en sensaciones que en una narrativa convencional; más en hacer sentir al espectador que en hacerlo pensar en las consecuencias de lo que sucede en pantalla. Por eso resulta extraño que el plan del villano de turno (eso sí, interpretado magnífica y exageradamente por un Roger Allam al que solo le falta ladrar) involucre compras y ventas de corporaciones y acciones y referencias a actos de corrupción de años atrás, y que el contraataque de nuestros protagonistas involucre decisiones que deberían mover las acciones de ciertas empresas hacia arriba o hacia abajo, dependiendo de lo que necesiten.
Es una decisión creativa y narrativa curiosa, pues podría aburrir a los espectadores más pequeños y podría confundir, incluso, a los adultos que poco o nada sepan de estos temas. Pero arriesgándome a contradecirme un poco, he aquí mi contraargumento: quizás ese es el punto. Porque Meteoro termina siendo, también, sobre un conflicto entre la inocencia casi infantil de nuestro protagonista vs. la mente corporativa, megacapitalista y totalmente fría de Royalton. El público no termina de entender bien el plan de este último porque Meteoro tampoco lo entiende (hasta lo dice en cierto punto); la idea no está en entender los detalles, sino simplemente en sentir que Royalton está mal y sus acciones involucran corrupción y violencia, y que va en contra de lo que Meteoro quiere lograr como piloto de carreras.

Es ahí donde se encuentra la representación tan personal de lo que las Wachowski sienten como cineastas. Meteoro simboliza a las Wachowski y Royalton, a los ejecutivos de los estudios. Las directoras, al igual que Meteoro, quieren hacer su arte porque es lo único que saben hacer; porque quieren expresarse y porque quieren hacer sentir algo a sus espectadores. Pero a los ejecutivos no les interesa el arte; solo piensan en dinero y en cómo hacer más dinero, y utilizan el arte de otros (aquel que ellos son incapaces de crear) para amasar sus fortunas. Por eso es que Meteoro funciona tan bien (hoy en día) para un público amplio: porque no hay que saber nada sobre carreras de carros para entenderla y porque su conflicto central se puede extrapolar a cualquier expresión artística o carrera ligada a las artes y a artistas que tienen que luchar contra aquellos que manejan el dinero.
De esta forma, Meteoro se puede percibir como un antecedente de Matrix Resurrecciones, filme dirigido únicamente por Lana Wachowski y que terminó siendo un comentario incluso menos sutil sobre la falta de creatividad y visión artística de los ejecutivos de cine, solo que de carácter más autorreferente y enfocado en la proliferación de secuelas, remakes y reboots en Hollywood. Las Wachowski claramente han estado sintiendo esta tensión entre su arte y quienes lo financian durante años, dejando bien en claro que no se arrepienten de trabajar en un contexto que, para bien y para mal, las deja ser creativas, pero bajo la supervisión de quienes no tienen una visión particularmente idealista del arte (ya sea cine, televisión, videojuegos, literatura o, por supuesto, carreras fantásticas de carros).
¿Y cómo fue la mejor forma que encontraron las Wachowski para transmitir todos estos temas? Pues a través de una película totalmente kitsch, financiada por una corporación (Warner Bros.) y dos empresas más pequeñas, pero no menos importantes (Village Roadshow Pictures y Silver Pictures), que, como se dijo líneas arriba, se opone a las modas de la época en la que fue producida. En ese sentido, Meteoro se siente como un acto de rebeldía; como una forma de demostrar que no hay una sola manera de hacer cine comercial y que, dentro de las limitaciones que trae consigo Hollywood y toda la maquinaria que maneja, se puede innovar en cuanto a forma y estructura narrativa.
Consideren, si no, el comienzo de Meteoro, el cual mezcla el tiempo y el espacio para establecer la personalidad de nuestro protagonista, su historia de trasfondo, la de todos los miembros de su familia y el conflicto central en el que luego se profundizará. En torno a la carrera en Thunderhead, vemos cómo Meteoro compite contra el fantasma (simbólico, no literal) de su hermano, representado por una versión transparente de su carro, claramente inspirada en los ghost racers de las carreras con tiempo de los videojuegos de Mario Kart. También vemos cómo, al ir con cada miembro de la familia Racer en las tribunas, regresamos a través de flashbacks a momentos de su pasado, ya sea la desaparición y muerte de Rex o el momento en el que Meteoro (interpretado ahora por Nicholas Elia) y Trixie (interpretada ahora por una pequeña Ariel Winter, de la popular serie Modern Family) se conocieron de pequeños.

Esta primera secuencia demuestra de forma eficaz y visualmente espectacular el tipo de película que nos dedicaremos a ver por las siguientes dos horas y pico. Pasamos del presente al pasado y del pasado al presente con transiciones visuales impresionantes; los rostros de los personajes son utilizados como barridos para pasar de una imagen a otra, de una locación a otra; y las Wachowski juegan con las distancias focales de sus planos, a veces usando el chroma para tener todo en foco, como en las caricaturas antiguas, y a veces utilizando el bokeh para transmitir las sensaciones y sentimientos que están teniendo sus personajes en determinado momento (como cuando los pequeños Meteoro y Trixie se miran por primera vez y los brillos detrás de ellos se convierten en corazoncitos).
La idea estética principal de Meteoro, entonces, es la de transformar el estilo de una caricatura de hace sesenta años en algo que tenga sentido en la acción en vivo. Y, fuera de algunos planos que no logran combinar bien los elementos grabados (con algunos de los primeros modelos de cámaras Full HD de la época, similares a los utilizados por George Lucas en los Episodios II y III de Star Wars), la propuesta funciona. Los colores son vivos y están constantemente saturados, pero las Wachowski también utilizan bien las sombras marcadas, especialmente en los flashbacks traumáticos. La cámara se mueve de manera imposible; rostros y planos busto son utilizados como transiciones para pasar de escena a escena, como si fuesen páginas de un libro. Y ciertas escenas de carrera se sienten como collages en movimiento; como cortes de revistas que son puestos, superpuestos y movidos para reemplazar los cortes de un montaje tradicional.
Porque casi no hay nada tradicional en la forma en que Meteoro es narrada. La historia, como se ha dejado bien en claro, no es contada de forma lineal, sino como hilos de pensamiento que van pasando de un momento y lugar a otro. Toda escena cuenta con manipulación digital, ya sea en fondos de chroma que son reemplazados por lugares creados enteramente en una computadora o en escenas que, fuera de ser dirigidas con simples planos-contra-planos, son presentadas a través de personajes que se mueven por el encuadre para pasar de una imagen a otra, reflejos que nos llevan a una situación distinta o imágenes que dejan lo literal para pasar a lo surrealista.
Respecto a esto último, no puedo dejar de mencionar la última carrera de la película, el Grand Prix al que se mete Meteoro para derrotar a Royalton. Los últimos minutos de dicha secuencia, luego de que nuestro protagonista logra revivir a su carro (un recién fabricado Mach 6), son simplemente sublimes. Se me paran los pelos de los brazos de solo pensar en ella; en cómo se siente como la culminación del arco de Meteoro a lo largo de la película y en cómo combina imágenes de él moviéndose lo más rápido posible por una pista imposible, llena de vueltas y obstáculos, con recuerdos de todo lo que lo ha llevado a este momento. Destacan el plano en donde derrite el patrón pintado de la pista (más figurativa que literalmente); aquel donde pasa al costado de unas cebras pintadas tipo zoetrope que comienzan a moverse; aquel que convierte la pista pintada con cuadrados rojos y blancos en un túnel cuadriculado de victoria, o el plano de su llanta delantera derretida.

Es magia cinematográfica pura y engloba todo lo que las Wachowski intentan hacer con Meteoro: no importa quiénes te digan que no, no importa quiénes te rechacen y no importa qué tan corrupto sea el contexto en el que te debes desenvolver, debes hacer lo tuyo. Debes destacar por las razones correctas y debes hacer tu arte sin pensar en el dinero como tu máximo ideal. De hecho, lo que más emociona a Meteoro (y, bueno, a Sparky también) es tomar la clásica botella de leche en el podio luego de ganar la carrera. Evidentemente, se trata, como se mencionó líneas arriba, de una visión optimista y hasta inocente de cómo funciona el mundo; pero, tal y como me pasó con la reciente El día de la revelación, del maestro Steven Spielberg, creo que estamos viviendo el momento preciso para disfrutar de este tipo de perspectivas. Es hora de dejar atrás al cinismo excesivo.
Mención aparte para la banda sonora del gran Michael Giacchino. Combinando la clásica tonada de la serie animada original con composiciones originales, lo que hace es construir música memorable y tarareable que complementa a la perfección las imágenes en pantalla. Destacan el tema principal de la carrera de Casa Cristo (que no me puedo sacar de la cabeza), así como la música utilizada durante la ya mencionada última parte del Grand Prix, que, junto a las imágenes casi abstractas de las Wachowski y la actuación de Hirsch (quien sigue con la tradición del Neo de Keanu Reeves e interpreta a Meteoro de forma sutil y parca), me hace derramar más de una lágrima. Al ver dicha secuencia, uno termina por entender a qué se refiere la Mamá Racer de Susan Sarandon cuando le dice a Meteoro que lo que él hace es arte.
Honestamente, podría seguir escribiendo sobre Meteoro. Podría escribir sobre las grandes actuaciones; sobre cómo John Goodman es el Pops Racer perfecto, sobre cómo Matthew Fox logra dar una buena actuación principalmente con la boca o sobre el gusto que da ver al legendario Richard “John Shaft” Roundtree y al británico Ben Miles (de Coupling, The Crown y Andor) como los comentaristas del Grand Prix. Podría escribir sobre las secuencias de pelea sorprendentemente emocionantes (mejores que las de Matrix Resurrecciones, lo cual es francamente embarazoso… para aquel filme) o sobre algunos de los chistes súper cursis (Spritle sacándole el dedo medio a Royalton, Pops diciendo que un ninja es tan malo que en realidad es un non-ja). Y sí, podría mencionar que la presencia de Spritle y Chim Chim es ocasionalmente divertida, pero por momentos también desesperante; personalmente, quitaría su paseo por la fábrica de Royalton (secuencia, además, que cuenta con los efectos visuales más deficientes de la película) y su “mensaje” final sobre cooties (concepto, además, que no funciona tan bien fuera de los Estados Unidos), segundos antes de que Meteoro y Trixie por fin se den un beso.
Sin embargo, creo que ya ha sido suficiente. Debería quedar claro que Meteoro es una película que me fascina; un ejercicio de experimentación visual que, en retrospectiva, sí influyó un poco en posteriores producciones virtuales millonarias, dejando en claro, junto a otras cintas de la época, que el futuro, hasta cierto punto, estaba en la utilización de chroma y efectos visuales por sobre sets construidos y locaciones reales.
Pero lo más importante de Meteoro es que toda su innovación visual sintética está al servicio de sensaciones reales y personales; al servicio de una historia algo enredada que, sin embargo, se siente rebelde, cursi, colorida, absurda, irreal, caricaturesca, graciosa, franca y sumamente original. No hay ninguna otra película como Meteoro, y dudo que vaya a salir alguna en el futuro cercano.

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