“Canción sin nombre” (2019) y las trémulas siluetas de un país

El estreno en Netflix de la premiada película de Melina León es uno de los grandes acontecimientos de inicios de este año.


Por José Carlos Cabrejo CRÍTICA/ NETFLIX

Fuente: Films In Town

La ópera prima de Melina León nos cuenta una historia ambientada en la Lima de fines de los años ochenta. El periodista Pedro Campos (Tommy Párraga) investiga la desaparición del bebé recién nacido de Georgina Condori (Pamela Mendoza Arpi), una humilde mujer de origen ayacuchano. En la forma como Canción sin nombre plasma esa historia, hay varios aspectos impresionantes.


Uno de ellos es la fotografía de Inti Briones, y la manera en que retrata el triste deambular de la protagonista, en un campo visual de esquinas curvas y dimensiones próximas a las de los viejos televisores que exhibieron el horror de la violencia política, en una iluminación contrastada que muestra a Georgina y su pareja convertidos en trémulas siluetas expresionistas, en la espesa y melancólica neblina en la que se pierde el personaje en búsqueda de su hija perdida. En ese sentido, la música se integra como un medio para exorcizar el dolor del personaje de Mendoza Arpi a través de varias escenas, como aquellas que muestran la danza de las tijeras o un canto de melodiosa congoja.


Otro aspecto es el espacio, la manera en que aparecen encuadres que amplifican los exteriores o interiores de marginales galerías, de comisarías o del Palacio de Justicia, como si se estuviera ante castillos kafkianos que empequeñecen a los personajes o los conduce por pasajes que no llevan a ninguna parte. Canción sin nombre es, después de La muralla verde (1969) de Armando Robles Godoy, la película peruana que mejor ha radiografiado los laberintos de la burocracia en nuestro país.


Hay que destacar además la dirección de actores. Mientras que Mendoza Arpi logra una interpretación emotiva y de hondura visceral, Párraga luce una actuación contenida y pétrea, que sostiene dramáticamente una misión periodística que parece destinada al fracaso. El encuadre, en su quietud o en su sereno desplazamiento, adquiere intensidad en la manera en que los actores encarnan los sentimientos de sus personajes.


Si hay algo que objetar a Canción sin nombre es su resolución abrupta, así como la forma en que se deja a medio camino el romance del periodista con el personaje de origen cubano, como si se tratara al final de una historia con un valor más conectado a las fórmulas actuales del “cine de festival” que al drama que el largometraje inicialmente representa. De cualquier modo, la película nos deja a la expectativa de lo que Melina León puede seguir ofreciéndonos como cineasta.



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