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“Blondi” (2023): cuando la maternidad libera

Actualizado: hace 6 días

Dolores Fonzi, reconocida actriz argentina, tuvo su debut como directora el año pasado con esta cálida e íntima ópera prima que relata la complicidad de un vínculo amical y materno entre Mirko (Toto Rovito) y su madre, Blondi (Dolores Fonzi). Con una narrativa graciosa y tierna, la película nos detalla un aliviante vínculo que nace a partir de una maternidad desconocida pero compartida, y nos muestra como la amistad puede ser algo esencial y necesario en una relación materna. 


Por Victoria Vives                            CRÍTICA / PRIME VIDEO

"Blondi" (2023). Fuente: Filmelier

A un poco más de su primer aniversario de estreno, no está de más (re)observar como Blondi (2023), película protagonizada por la misma directora, es un ensayo que se aproxima y explora las diversas manifestaciones que puede tener la maternidad. En este filme nos sumergimos en la rutina de Blondi, una joven y aparentemente despreocupada madre, y su particular y disruptiva forma de maternar. Ella comparte la mayoría de gustos que tiene su hijo e incluso parecen ser una copia casi exacta del otro. Parece que, a medida que ambos han crecido, la diferencia de edad se ha hecho cada vez más pequeña: van juntos a fiestas y conciertos de música alternativa, cosechan y fuman su propia marihuana.


Hay una latente y genuina química entre ambos personajes que es innegable: son personas que parecen no necesitar más que la compañía del otro. Mirko no quiere a su madre solo por ser su madre, la quiere por ser Blondi y ser su amiga. Es un amor real y de verdad, que se aleja de todos los compromisos y las obligaciones filiales. Fonzi le da vida y verosimilitud a aquel vínculo a través del cuidado que tiene sobre los detalles: sin que la película lo mencione, hay un evidente respeto que los personajes tienen el uno por el otro y que es la base para establecer aquel sólido vínculo entre madre e hijo. Es una maternidad que se narra con frescura y libertad y se aleja de los arquetipos maternos que se han creado a partir de la idea de lo asfixiante que pueden llegar a ser algunas madres. El filme se despega por completo de los arquetipos que se han creado usualmente a lo largo de la historia en el imaginario cinematográfico y se acerca más a aquella forma de criar desde la confianza y la libertad. Es por medio del personaje de Blondi, o incluso desde el de una madre mayor, Pepa (Rita Cortese), la abuela de Mirko y madre de Blondi, que se encarna aquella maternidad más alejada de la mano dura y de las madres entrometidas y posesivas. Así, la directora nos regala un vistazo de 88 minutos de una maternidad que funciona como un respiro, una mirada a esa otra forma de crianza partiendo de la individualidad que le concede Blondi a su hijo y Mirko a su madre. 


Fonzi nos habla a través de su película sobre una especie de maternidad compartida y sobre las madres que sí quisieron serlo y las que no. Blondi, madre de Mirko, es también hija de Pepa y, a su vez, hermana de Martina (Carla Peterson), quien también es madre. La película transcurre con estos otros dos referentes maternos que conviven paralelamente con la maternidad de Blondi y son quienes, de alguna manera, han moldeado la forma y visión que tiene ella sobre lo que implica ser madre. Son maternidades que, por más distintas que sean, dialogan entre sí y se entienden, se respaldan y apoyan. Ambas le han dado la oportunidad a Blondi de saber, a través de ellas, el tipo de madre que quiere (y no quiere) ser. Por un lado, está Martina, una madre ahogada en toda la experiencia, cansada de su vida monótona y que convive con una tristeza disimulada que oculta detrás de su fachada de familia y vida perfecta. Ella representa ese lado de la maternidad en la que existen madres que posiblemente nunca quisieron serlo. Mientras que, por el otro, tenemos a Pepa, que ha encontrado una nueva forma, mucho más tranquila y despreocupada, de maternar desde su rol de abuela. Ambas son madres a su forma, pero es Pepa quién se acerca más a la figura de Blondi como madre y, si bien es Martina quien se contrapone enormemente con su hermana, es ella justamente quien ayuda a demostrar que la protagonista, a pesar de estar en contra de la autoridad parental, es una buena madre. –Tal vez nunca tuve que haber tenido hijos. ¿A vos te pasó alguna vez que no tenías ganas de ver a Mirko? –Nunca. Cierra Blondi esta conversación con una seguridad casi inmediata, dejando un claro subtexto sobre lo importante e indispensable que es Mirko en su vida.

"Blondi" (2023). Fuente: Bitácora de Cine

Esta es una película sobre las madres, sobre cómo la maternidad puede ser vista como una figura que se mueve independientemente de la presencia (o ausencia) del rol paterno. Son los padres en este filme quienes carecen de protagonismo y relevancia: vemos como la familia de Blondi, conformada mayormente por mujeres “solas”, pudieron salir adelante con su vida monomarental, sin la necesidad de tener a su lado a un hombre actuando de padre. –¿Quién quiere un padre? ¿Para qué sirve? –Ni idea. Para cosas importantes seguro que no. Y la película plantea esa duda que traspasa la pantalla sobre la utilidad de los padres y como, tanto en el cine como en la realidad, la ausencia paterna se ha vuelto lo más común al preguntarse: ¿y dónde están los padres? Esta idea se refuerza a través de Eduardo (Leonardo Sbaraglia), esposo de Martina y el único personaje paterno que asume, momentáneamente, su rol. Pero la paternidad parece alejarse cada vez más cuando vemos que este único padre, al encontrarse acorralado por primera vez por sus responsabilidades paternas tras el abandono de su esposa, decide que, de cierta forma, debe abandonar también a sus hijos. Así, el círculo paterno de esta familia se vuelve a cerrar y Eduardo pasa a ocupar el mismo lugar de ausencia que toman los otros padres de la película.


La serie establece un vínculo entre los personajes de Donny y Martha, mostrando cómo ambos fueron marcados por diferentes tipos de abusos. Sin embargo, se destaca cómo cada persona puede reaccionar de manera distinta, ya que sus acciones varían. Su punto en común radica en las sensaciones de dolor, soledad e inseguridad que ambos comparten. Llega un momento en que el protagonista se identifica con Martha, lo que añade una capa adicional a su obsesión por ella, tratando de entender por qué siente que no puede apartarla de su vida a pesar de todos los problemas que le causa.


Con destellos que van desde lo verdoso a lo amarillento, la película emana cierta poesía casi imperceptible que entona con lo conmovedor de las emociones que transmiten los personajes. A través de la calidez con la que Fonzi plantea sus imágenes junto a Javier Juliá (director de fotografía), hay un evidente juego entre los planos que marcan un determinado y característico estilo visual en Blondi. Fonzi deja que sus tomas fluyan tal cual avanzan y aprenden sus personajes, mientras la cámara se posiciona como un tercer personaje y se toma el tiempo necesario de acompañar y entender todas las dinámicas personales que nos muestran en pantalla. La directora parece no rehusarse a la idea de utilizar amplias tomas en las que los personajes no hacen nada. Más bien son estas partes las que principalmente nos dan la información suficiente y necesaria para transformar la cotidianidad en detalles necesarios para conectar con la historia y provocar que pasemos de estar felices y emocionados a rotos y preocupados junto a los personajes entrañables que Dolores Fonsi ha creado. 


Es con esa forma poética con la que ha sido creada esta historia sobre personas que se quieren a pesar de que a veces se peleen. Una comedia dramática que expresa visual y narrativamente esa mirada cercana a aquellas amistades que pueden nacer dentro de una familia.





 

 




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