“Amélie y los secretos de la lluvia” (2025): descubriendo la vida
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La adaptación animada de la novela belga Metafísica de los tubos despliega sabiduría en su exploración de la infancia temprana, posicionando al espectador entre los encantos de la niñez y la agridulce realidad del mundo a su alrededor.
Por Nilton Arana CRÍTICAS / VIDEO ON DEMAND

Se hace la luz entre sombras. La voz de Amélie (Loïse Charpentier) da inicio al incesante diálogo en off que servirá de guía a lo largo de la cinta, práctica que, aunque cuestionable, no resta fuerza emocional a este coming of age. “¿Desde cuándo existe Dios?”, exclama la nonata mientras aparece en el encuadre y hace referencia a su realidad: un tubo que ingiere, digiere y excreta.
De lo sugerente a lo reconocible, la premier film de la dupla Maïlys Vallade/Liane-Cho Han opera más allá de la adaptación literaria, teniendo de origen su carácter autobiográfico, acondicionada como un “tarro de memorias”. Figura que la propia película recoge, esta idea de poseer y controlar el entorno es una de tantas que explora, mas no desde la sapiencia, sino desde una curiosidad infantil acogida por la ilusión cinematográfica y los delicados trazos de la animación 2D.
Expulsada del vientre materno, el primer contacto de Amélie se ve sucedido por planos detalle de su cuerpo. Sin oler. Sin oír. Sin sentir. Solo la vista define su estado vital, ojos como los del público que encuentra un mundo nuevo en cada largometraje. Espectadora de su propia existencia, un time lapse da paso al evento por el que abandona ese estado vegetativo: una mota de polvo cae y rompe su burbuja.
El motif del descenso, de la precipitación, es una constante que viene desde el nacimiento de la protagonista, autopercibida como un dios caído viviendo ahora con mortales; visible también en la lluvia, entendida en japonés como ame, kanji que representa el nombre de Amélie e, igualmente, se dibuja con una línea vertical hacia abajo (雨). Y es que la película sigue a una familia belga que reside en el Japón de la posguerra, con especial enfoque en la amistad entre la empleada del hogar Nishio-san (Victoria Grosbois) y la menor de sus hijos.
Siguiendo dicho punto de vista, el elemento fantástico sirve al retrato lúdico de esa realidad que espera ser descubierta. En sincronía con las cuatro estaciones, Amélie salta entre plantas gigantes durante la primavera o divide el océano cual Moisés en verano, gozando todo de una animación digital que evoca a la tradicional en formas, adoptando la acuarela y la suavidad de los colores pasteles en una representación enternecedora de la infancia temprana, específicamente, de los dos a los tres años de vida.

Como contrapeso, el backstory de Nishio-san saca a colación los traumas de la Segunda Guerra Mundial, destacando la escena en que la japonesa narra su historia de supervivencia mientras cocina, montada para que sus acciones del presente reflejen el pasado. A este componente menos lumínico se suma la figura de Kashima-san, dueña de la finca, quien antagoniza la relación entre la niña y su cuidadora.
Vale destacar el diálogo existencial que propone el filme, siendo la muerte una temática clave en el entendimiento del universo. Dejando poco a la interpretación, Amélie llega a conclusiones varias sobre dicho fenómeno, experimentando incluso su cercanía en momentos donde el drama acompaña grácilmente a la fantasía. Sobre lo primero, es innegable el deseo de la obra por trascender del muchas veces subestimado cine infantil, pero la poca confianza que tiene en el público se hace notar con su pedagógica voz en off, talón de Aquiles para los destellos poéticos que manifiesta.
Antepuesto a ese negativo, el despliegue de los vínculos familiares se permite claroscuros desde su planteamiento convencional. Si bien la abuela (Cathy Cerdà) es quien civiliza a la pequeña gracias a los poderes del chocolate blanco (en un sentido casi literal), el hermano abusivo André (Isaac Schoumsky) es el móvil de una serie de reflexiones en torno a la maldad que oculta un lado dócil, humanizando al personaje en una de las escenas más impactantes de la cinta.
Imaginación y memorias de la infancia, muerte y conflictos armados: Little Amélie or the Character of Rain establece un balance adecuado entre lo inocente y lo adulto, proponiendo un diálogo filosófico que se ve mermado por su necesidad de aclararlo todo. De aspectos formales relucientes y de personajes encantadores, es una cinta que gana en el silencio, en esas relaciones que se alzan sobre la inmensidad de lo vivido y lo que se espera vivir.

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