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"Cumbres borrascosas" (2026): un espectáculo vacío

  • 26 feb
  • 5 Min. de lectura

Actualizado: 27 feb

La nueva adaptación de la novela brinda una interpretación libre y camp, fiel al estilo de Fennell. Por ende, predomina la forma por encima del fondo y se obvian matices que sí brindan una mayor profundidad en adaptaciones pasadas.


Por Daniel Pérez Sibaja CRÍTICAS / CARTELERA COMERCIAL

"Cumbres borrascosas" (2026). Fuente: GQ España
"Cumbres borrascosas" (2026). Fuente: GQ España

La novela de Emily Brontë vuelve con una nueva adaptación en el cine (siendo ya quince los largometrajes que adaptan la historia). Esta vez vuelve de la mano de Emerald Fennell. La cineasta nos cuenta esta tragedia amorosa a través de su estilo extravagante y camp, que prima el impacto visual por encima del desarrollo narrativo.


Es curioso preguntarse: ¿Qué más se puede contar a partir de esta historia si ya ha sido tantas veces adaptada al cine? ¿Qué puede aportar o crear Fennell a un título que ha sido tomado previamente por directores como Luis Buñuel, William Wyler, Peter Kosminsky, etc? Pues ciertamente la versión de la directora tiene elementos interesantes y es una inconfundible obra de su filmografía, impregnada por un estilo que, tras contar con tres películas en su haber, reafirma una personalidad muy clara en la cineasta. 


El largometraje cuenta la historia de Catherine (Margot Robbie) y Heathcliff (Jacob Elordi), dos “almas gemelas” que se conocen desde la niñez, siendo Catherine una de las hijas de la familia Earnshaw y Heathcliff el hijo adoptivo que crece siendo un trabajador para la casa, totalmente privado de educación y del mismo trato que el resto de la familia. Desde muy jóvenes, ambos desarrollan un vínculo romántico que perdura hasta la adultez, pero ante la delicada situación económica que atraviesan los Earnshaw, Catherine decide casarse con su vecino Edgar Linton (Shazad Latif) para salir adelante, rompiéndole el corazón a Heathcliff y a sí misma.


"Cumbres borrascosas" (2026). Fuente: IMDb
"Cumbres borrascosas" (2026). Fuente: IMDb

Esta nueva versión llama la atención por una serie de diferencias notables con la novela original y otras adaptaciones. Parece ser que el uso de las comillas para promocionar el título ya advertía las libertades creativas que la directora iba a tomar. En este caso, el trágico y discriminado Heathcliff es interpretado por Jacob Elordi. La simple elección de actor deja de lado uno de los grandes elementos de la novela, ya que el personaje es descrito con rasgos fenotípicamente gitanos, desdibujando la temática racial y el resentimiento que esto genera en el personaje para optar por el tema del clasismo en su lugar. Para ser justos, la mayoría de adaptaciones se tomaron las mismas libertades a la hora de plasmar al personaje, incluso en la versión de Peter Kosminsky de 1992, Heathcliff es interpretado por Ralph Fiennes (quien evidentemente tampoco tiene los rasgos físicos mencionados). La versión de Andrea Arnold de 2011 es una de las adaptaciones con un acercamiento similar a la temática racial de la novela, aunque en ese caso el personaje (interpretado por James Howson) es de tez negra y no gitano. 


Existen otras diferencias sustanciales, como la edad de Catherine al casarse (en la novela ocurre cuando ella es todavía una adolescente y se enfatiza cómo el personaje todavía no es consciente de la dimensión de su decisión) o la ausencia de la segunda generación (ya que en la novela vemos tanto los hijos de Heathcliff como los de Catherine sufrir de un dolor generacional heredado por sus padres). Sin embargo, no creo que Fennell tuviese que apegarse a estas tramas y de hecho, siento que es apropiada su decisión de buscar otro tono distintivo para crear una nueva obra. Ahora bien, la directora opta por algunos elementos que son realmente llamativos.


Tal vez el principal distintivo de esta entrega es el tono erótico y sexual. Esto queda claro desde el primer segundo del filme, cuando escuchamos unos repetidos jadeos antes de tan siquiera ver la primera imagen. El sexo juega un rol crucial, debido a que la historia se centra en el deseo de los dos personajes principales por estar juntos a pesar de que el contexto no sea el propicio. El impacto visual se vuelve primordial, ya sea viendo cómo Heathcliff muerde los dedos de Catherine, o viendo las repetidas metáforas visuales con connotación sexual (como la clara de los huevos sobre una cama o el rastro viscoso de un caracol en la ventana). 


" 'Wuthering Heights' review" (2026). Fuente: NPR
" 'Wuthering Heights' review" (2026). Fuente: NPR

Los personajes son tal vez uno de los puntos que pueden generar mayor debate, ya que se deja de lado la profundidad de la obra original para centrarse en una representación que puede caer en lo caricaturesco por momentos. Un ejemplo claro es Catherine, un personaje totalmente egoísta, quien toma constantemente decisiones pensando en su beneficio y en su placer, sin tomar en cuenta a su entorno y muchas veces con una actitud altanera y pedante. Sin embargo, el punto no está en empatizar con algún personaje, vemos cómo el deseo y sus comportamientos son los generadores del mal que experimentan, lo cual es una constante en la mayoría de personajes.


En este sentido, la adaptación sí es exagerada y melodramática, la comedia llega a ser involuntaria y la ausencia de ciertos matices sí le restan profundidad narrativa a los protagonistas. Sin embargo, criticar la película por estos aspectos podría ser lo más convencional, precisamente porque el filme ofrece una representación totalmente camp que transmite la emocionalidad a través de un tono exagerado y con una imagen estilizada.


La película se siente ridícula, pero viendo el trabajo de Fennell, entendemos que es parte de su estilo. En su anterior obra, Saltburn (2023), destaca el uso de lo sexual y el deseo para narrar un thriller con tintes humorísticos y dramáticos, donde el impacto visual y sus imágenes están por encima del guión (el cual también tambalea hasta finalmente caer en el tercer acto). Lo que en el pasado parecían errores de escritura, Fennell lo toma y refuerza para forjar una identidad. Como bien se ha mencionado, las películas de la directora pueden catalogarse como camp, por ello abundan las situaciones exageradas y el extravagante diseño estético con una fotografía deslumbrante (aunque diría que Saltburn es cinematográficamente más interesante que esta entrega). En muchas escenas se apuesta por una visceralidad que no llega a ser totalmente transgresora, pero tampoco deja al espectador indiferente. 


Honestamente sentía que esta película no tenía mucho que ofrecerme, pero pasé de reírme y cuestionar por qué la estaba viendo, a apreciar cómo la autora generaba cierta respuesta en la audiencia (incluyéndome). Si bien no es equivocado decir que es un espectáculo aparentemente vacío y absurdo, tampoco creo que sea equivocado decir que es una película con una personalidad claramente marcada y con una preocupación estética que va más allá de la trama.



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