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“Digger” (2026): Una obra posambiental

hace 15 minutos
4 min de lectura

La nueva película de Alejandro Iñárritu resultó ser una grata sorpresa. Una sátira, pero no como la pintaban los tráilers.


Por Hitoshi Isa Kohatsu CRÍTICA / CARTELERA COMERCIAL

"Digger" (2026). Fuente: IMDb
"Digger" (2026). Fuente: IMDb

Digger Rockwell (Tom Cruise) es un magnate del petróleo, dueño de una compañía cuya plataforma en Groenlandia ha estallado, provocando el desastre ambiental más grande de la historia. El multimillonario entonces tiene la misión de controlar la narrativa de la tragedia y excusar su propia culpabilidad. Es acompañado en diferentes momentos por su jefe de seguridad ambiental, Ganesh (Riz Ahmed), su hermana Emma (Sandra Hüller) y John Goodman como el presidente de los Estados Unidos.


A los 20 o 30 minutos de la película, un árbol se cae en el momento equivocado, un error que el equipo de producción trata de arreglar rápidamente mientras el actor de Digger Rockwell se queja de la dirección de la obra. Inicialmente, parece ser una decisión a lo Bertolt Brecht, utilizando el artificio inherente en la puesta en escena para romper con la verosimilitud del propio filme y aniquilar cualquier tipo de conexión que la audiencia pueda sentir. Resulta que es más interesante que eso.


Mientras avanza la historia, vemos que es abiertamente un relato dentro de un relato. Digger no trata del magnate que acelera un colapso ambiental, sino de la producción de una obra teatral satírica basada en eventos que ya pasaron. Tiene, entonces, más en común con Mr. Burns, a post-electric play, de la dramaturga estadounidense Anne Washburn, en cuanto a su construcción y comentario sobre el lugar del arte y las historias frente a las catástrofes.


"Digger" (2026). Fuente: IMDb
"Digger" (2026). Fuente: IMDb

El marketing trató de presentarla como una fábula ambientalista y moralista, o como una vulgar sátira política, pero es realmente crítica de ese tipo de historias. Esencialmente, ataca la idea de que el arte, de cualquier tipo, puede aspirar a ser más que catarsis para complacer a las masas impotentes, quienes solo tienen la opción de sufrir las decisiones de los ricos y poderosos. Va más allá e implica que estas masas son cómplices en esas decisiones y que el arte solo sirve para apaciguar la indignación que se pueda tener frente a la destrucción social y ambiental.


Presenta un espejo para una audiencia satisfecha con solo apuntar y acusar, pero también para directores y artistas que hacen lo mismo en sus trabajos, incluyendo al mismo Iñárritu. El largometraje carga un conflicto interno; la narrativa tiene un diálogo consigo misma. ¿Qué tan efectivo es el arte político? ¿Acaso el fin de la catarsis en la ficción es una inacción en la realidad? La película no es puramente misantrópica ni nihilista. Ciertamente pesimista, pero eso viene de una introspección.


Otro tema clave aquí es la «narrativa», las grandes narrativas y cómo se usan. La preocupación principal del personaje Digger es cómo voltear la historia de la catástrofe a su favor. A su vez, estamos viendo una obra teatral que manipula la narrativa a su alrededor: lo hace un bufón y una figura sobre la cual la audiencia puede desquitarse de sus frustraciones, pero no logra nada más. También es relevante considerar que la obra es financiada por Kenny (Jesse Plemons), el sobrino del «verdadero» Digger, quien ahora —se nos informa sutilmente— está a cargo de una compañía de vigilancia que puede violar la privacidad de una persona al otro lado del mundo. Su familia sigue en la cima a pesar de que el ambiente haya sido destruido y la obra teatral, aunque ridiculiza a Digger, también lo inmortaliza.


Los juegos de metaficción han sido usados previamente por el director en filmes como Bardo (2022), donde se explota hasta agobiar. Digger es mucho más coherente. Mantiene dos niveles de representación, aquel del «mundo real» de la producción teatral y el del «mundo ficticio», y uno alimenta e informa al otro. Por ejemplo, las actuaciones en el «mundo ficticio» no son para nosotros, la audiencia, sino para una audiencia imaginaria en un mundo postapocalíptico que siente odio hacia estas figuras históricas. Añade capas de interpretación que pueden ser divertidas de descubrir.


"Digger" (2026). Fuente: IMDb
"Digger" (2026). Fuente: IMDb

Pero, por supuesto, ambos mundos tienen que estar enlazados. Para ello, se tiene que elogiar el diseño de producción, cortesía de Dennis Gassner y Richard L. Johnson. Tenían la ardua tarea de crear el escenario de teatro y su representación en ficción, y de lograr que el resultado fuera estético para la pantalla. De la misma manera, la fotografía contribuye fuertemente: se utilizan lentes que deforman los ambientes y los personajes. La cámara exagera a las figuras, las hace irreales. Por supuesto, eso es indicativo de que lo que se ve es una parodia, una dramatización irreverente de eventos reales dentro de la lógica narrativa. Genera un gran contraste cuando retrocede al teatro y la paleta de colores no solo se vuelve más neutra, sino que la fotografía también se vuelve más plana y mundana.


Otro aspecto a mencionar son las performances. Tom Cruise, resulta, es un gran actor. Es ciertamente gracioso verlo interpretando a un personaje tan excesivo como Digger, pero también le da cierta naturalidad al actor que lo interpreta y logra reconciliar ambos personajes de una manera en la que enriquece el texto. Otro gran resalte entre el reparto es un irreconocible John Goodman como una parodia de Trump, una caricatura cuya exageración se vende por el carisma de un Goodman que está canalizando a sus mejores roles en el cine de los Coen.


Cuando salí de la sala la primera vez que vi Digger, simplemente me gustó. Mientras pasaban los días, me encontraba pensando más en esas capas dentro de la narrativa, en ese mensaje poco convencional, en sus contradicciones y coherencias. Al final, se volvió una de mis favoritas del año, simplemente porque me dio algo en que pensar, no solo consumir pasivamente.




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