“Nowhere to Lay My Eyes” (2026): los vínculos y el paso del tiempo
Una reunión familiar en la isla de Jeju lleva a Hong Sang-soo a explorar los vínculos familiares, las expectativas y el paso del tiempo.
Por Alberto Ríos CRÍTICAS / LIMA ALTERNA

A lo largo de su filmografía, Hong Sang-soo ha encontrado en las conversaciones cotidianas una manera de observar las relaciones humanas. Sus películas suelen partir de encuentros sencillos, reuniones entre amigos o visitas familiares que, conforme avanzan, dejan al descubierto diferentes formas de entender la vida. En Nowhere to Lay My Eyes (2026), el surcoreano vuelve a ese universo de situaciones pequeñas. Esta vez, el punto de partida es una reunión familiar en la isla de Jeju, donde hay algunas tensiones visibles.
Sanghee (Kim Min-hee) y su hermano Sangwon (Shin Seok-ho) viajan desde Seúl para visitar a su madre, quien vive con su nueva pareja en Jeju. Ella administra una pensión y un restaurante junto a su esposo, un documentalista interpretado por Kwon Hae-hyo. Durante la visita, también conocen a Juwon (Park Mi-so), hija del padrastro y aspirante a artista, que siente admiración por Sanghee. Sin embargo, el reencuentro familiar pronto deja ver las diferencias entre madre e hija. Mientras Sangwon mantiene una actitud más bien reservada, Sanghee carga con el malestar de una relación distante y con la sensación de no haber encontrado un lugar propio dentro de su familia.
Kim Min-hee vuelve a ocupar un lugar central en el cine de Hong Sang-soo, con quien mantiene una relación personal y una colaboración artística que se ha extendido durante varios años. Desde Right Now, Wrong Then (2015) y On the Beach at Night Alone (2017) hasta The Woman Who Ran (2020) y By the Stream (2024), la actriz ha protagonizado algunas de las películas más representativas de esta etapa del director. Sus personajes suelen guardar una distancia particular frente a quienes los rodean, incluso cuando participan en conversaciones aparentemente cercanas. Sanghee comparte esa reserva, aunque aquí aparece atravesada por una frustración familiar y por las dudas sobre el camino que ha elegido.
Una de las particularidades de la película está en la cantidad de movimiento que consigue generar a partir de una puesta en escena aparentemente estática. La cámara permanece fija durante buena parte de las conversaciones, pero los personajes se desplazan por los espacios y modifican constantemente la dinámica de cada encuentro. El movimiento también está en los propios diálogos y en cómo estos evolucionan de conversaciones banales a cuestionamientos sobre las decisiones tomadas. Hong deja que los intercambios avancen con cierta espontaneidad y que los personajes se interrumpan, se contradigan o cambien de tema. Así, el espacio permanece prácticamente inalterado mientras las relaciones se transforman frente a nosotros.

En ese entramado, el cine aparece como una forma de entender las diferencias entre los personajes. Sanghee trabaja en una empresa importadora de alimentos, pero dedica su tiempo libre a realizar cortometrajes documentales experimentales que publica en internet. Su trabajo despierta la curiosidad de Juwon, quien encuentra en ella una referencia para sus propias inquietudes artísticas. La madre, en cambio, parece medir el éxito de sus hijos desde criterios distintos y observa con cierta decepción el camino profesional de Sanghee. La película introduce entonces una discusión sobre el propósito de crear y sobre aquello que hace valioso un trabajo artístico. También aparece una pregunta acerca de la relación entre las imágenes y la realidad. Sanghee desconfía de los documentales porque considera que siempre existe una intención detrás de lo que muestran. Su propia obra, sin embargo, parece partir de esa misma subjetividad, de una mirada personal que no pretende ofrecer una verdad definitiva.
Las conversaciones también se acercan a preguntas más amplias sobre la existencia y el paso del tiempo. Juwon le pregunta a Sanghee por la idea de la eternidad. La protagonista responde con una actitud bastante más terrenal, evitando convertir la conversación en una reflexión solemne. Este intercambio encuentra un eco particular hacia el final, cuando la familia ve uno de los cortometrajes de Sanghee. La reacción de su madre es breve y difícil de interpretar, pero introduce la posibilidad de que empiece a mirar el trabajo de su hija desde otra perspectiva.
Con apenas poco más de una hora de duración, Nowhere to Lay My Eyes vuelve a demostrar la capacidad de Hong Sang-soo para encontrar nuevas variaciones dentro de un universo cinematográfico reconocible. La reunión familiar, las conversaciones que se desvían y los pequeños gestos de afecto o incomodidad bastan para construir una película sobre las expectativas, el reconocimiento y las dificultades de acercarse a quienes tenemos más cerca. Su brevedad acompaña esa mirada contenida y deja varias preguntas sin resolver, como si la vida de estos personajes continuara después de que la cámara deja de observarlos.

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