“El Drama” (2026): entre la intimidad y la hipocresía
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Una relación se quiebra cuando la verdad aparece: Borgli explora la intimidad, la culpa y la hipocresía en el amor contemporáneo. Contiene Spoilers.
Por Daniel Pérez Sibaja CRÍTICAS / CARTELERA COMERCIAL

La nueva película de Kristoffer Borgli explora los límites de la verdad dentro de una relación de pareja, cuestionando hasta qué punto es posible (o incluso deseable) conocer plenamente a la persona amada. A partir de esta premisa, reflexiona sobre la hipocresía que subyace en la búsqueda de complicidad e intimidad, todo ello atravesado por un tono jocoso que reafirma el estilo autoral de Borgli.
El director y guionista noruego vuelve tras la cínicamente graciosa Sick of Myself (2022), donde ya empezaba a mostrar interés por la cara más profunda e incómoda de la psicología humana, y la comedia emotiva y surrealista Dream Scenario (2023), en la que un entrañable Nicolas Cage evoca compasión y molestia en el espectador. The Drama llega como un equilibrio perfecto en el estilo del autor, donde la comedia romántica implica el análisis de las relaciones humanas.
La trama se centra en Emma Harwood (Zendaya) y Charlie Thompson (Robert Pattinson), una pareja de los suburbios que, tras vivir un romance aparentemente perfecto, enfrenta la aparición de un incómodo secreto que Charlie desconocía sobre Emma durante los preparativos de la boda. El detonante del conflicto cambia la dinámica de la pareja, que continúa planeando la boda mientras intenta procesar este nuevo escenario.
Un concepto del psicoanálisis presente en el filme es la máscara, definida por Carl Jung como un elemento inherente a la persona dentro de un complejo sistema de relaciones entre la conciencia individual y la sociedad; esta sirve para dar una impresión a la sociedad mientras se esconde la verdadera naturaleza del individuo (González Hernández, 2024).
En la primera escena del filme, Charlie observa desde la lejanía a Emma mientras ella lee un libro; en un intento por conocerla, se acerca y finge haberlo leído para poder entablar conversación. Borgli presenta la máscara como táctica social en un escenario perfectamente reconocible: fingir interés por un tema con la finalidad de acercarse a alguien. El director enfatiza la constante actuación que pueden implicar las relaciones humanas o, en todo caso, plantea una difusa línea entre mentir para buscar validación externa y ser honesto.
Más adelante, Charlie confiesa no haber leído el libro en su primera cita con Emma. Incluso su amigo y padrino de bodas, Mike (Mamoudou Athie), califica su táctica como “rara”, comentándole que hubiese sido mejor leer todo el libro previo a la cita, a lo que Charlie responde que “eso hubiese sido aún más raro”. El director refuerza la idea de la subjetividad y complejidad de acciones que terminan formando parte de una puesta en escena: una interpretación que funciona en base a agradar al entorno. Charlie prefiere mentir y luego confesar, no solo para reflejar su personalidad torpe e incómoda, sino también para establecer un código con Emma, donde la honestidad es concebida como el verdadero nexo de la intimidad.
Justamente, la verdad como base (y como daga) en las relaciones de pareja se vuelve el tema central de la película. Tras una noche de copas y charla entre amigos, Emma responde a la pregunta “¿Qué es lo peor que has hecho?”, pero su respuesta despierta ira y confusión en sus amigos, cuya percepción de ella cambia totalmente.

Resulta curioso que la honestidad sea concebida como la base de un vínculo íntimo cuando mostrar la verdadera naturaleza puede ser motivo de rechazo. Esto no quiere decir que la revelación sea intrascendente; de hecho, su impacto genera resentimiento en Charlie, quien se siente engañado al enterarse de este hecho a tan solo una semana de la boda. Las dudas del personaje son claras y pertinentes: ¿es realmente Emma la persona que decía ser?, ¿vale la pena terminar la relación por esta revelación?, ¿por qué, si la verdad es tan importante, solo trae caos consigo?
La película logra ponernos en los zapatos de ambos personajes a través de la interpretación de Pattinson y Zendaya. Desde la perspectiva de Emma, se entiende el pesar y la inseguridad que le provoca su pasado ante el posible (y hasta evidente) rechazo del mundo. Desde el punto de vista de Charlie, en cambio, resulta difícil pensar en compartir un vínculo tan fuerte con alguien que no contó toda la verdad. La relación entra en un limbo: ambos parecen querer mantenerse a flote a pesar del dolor.
Ante el conflicto, la dinámica de pareja cambia totalmente. La confianza queda rota y la tensión que transmiten los protagonistas es notoria, al interpretar a una pareja que no logra restaurar la comunicación. Mientras Emma puede sentirse juzgada y culpable por haber contado lo peor que estuvo a punto de hacer, Charlie experimenta dolor y confusión por lo que considera una traición; pero lo más evidente es que ambos sufren por no poder volver a lo que eran antes.
La dinámica entre los protagonistas funciona gracias a su química: Robert Pattinson y Zendaya construyen interpretaciones llenas de matices, donde destacan los silencios y el dolor contenido.
La película también propone la hipocresía social y el confort que implica juzgar al entorno como tema. El personaje de Rachel (Alana Haim), amiga de la pareja, expresa ira y repudio hacia Emma y Charlie tras la confesión. En un intento por reconciliar la situación, Charlie busca que Rachel empatice con Emma a partir de mentiras y la acusa directamente de hipócrita, argumentando que ella también ha hecho cosas terribles en el pasado. Este argumento puede ser válido hasta cierto punto, pero evidencia un nuevo surgimiento de la máscara: Charlie intenta cambiar la percepción de sus amigos sobre Emma con más mentiras. Las razones que utiliza no son más que una narrativa de verdades a medias que se deforman para conseguir aprobación social, una vez más.
Otro aspecto destacable es la representación de la vida mental de los personajes a través de irrupciones visuales como materialización directa del pensamiento. Borgli ya ha explorado este recurso en Dream Scenario, llevando la imaginación al extremo con el mundo de los sueños y el subconsciente. Aquí, más que construir secuencias fantásticas, el director introduce visualizaciones concretas que funcionan como extensiones del conflicto interno: asociaciones inmediatas, casi literales, que revelan cómo los personajes procesan lo que sienten. En ese sentido, la imagen de Charlie junto a la versión adolescente de Emma no opera tanto como un quiebre de la realidad, sino como la exteriorización de una idea persistente: la imposibilidad de separar a la persona que ama de aquello que ahora sabe sobre ella.

La cantidad de temas y reflexiones que transmite la película se sostiene en una dirección sobria y en un guion que logra narrar la psiquis de los personajes con precisión, incorporando momentos cómicos que surgen de la naturalidad e irreverencia de la trama. El manejo de los silencios y el uso de planos cerrados configuran una puesta en escena asfixiante e incómoda por momentos, capaz de transmitir la ansiedad y el estrés de los protagonistas.
La escena de la boda maneja una tensión creciente ante el inevitable colapso. El director construye un clímax que se percibe como una bola de nieve, donde los personajes parecen escoger todas las palabras incorrectas, conformando una secuencia que combina risas con incomodidad. El espectador puede quedar fascinado por la escala de lo que ocurre o apartar la mirada ante el vergonzoso desenlace de los hechos.
Durante esta escena surgen comentarios interesantes para redondear la idea del individuo frente a la sociedad, cuando Charlie recrimina a los comensales por juzgar a Emma a pesar de no saber si realmente conocen su secreto. Su grito se convierte en una demostración de cómo la percepción del entorno afecta la propia identidad: Charlie no solo reacciona ante el juicio hacia su pareja, sino ante la posibilidad de ser juzgado él mismo. Esta idea puede vincularse con Charles Horton Cooley, quien propone que el yo surge de cómo imaginamos que otros nos perciben; o, en una paráfrasis más popular: no soy lo que creo que soy, ni lo que tú crees que soy, sino lo que yo creo que tú crees que soy (Cooley, 1902, p. 152).
Conforme avanzaba la película, empecé a sentir incertidumbre sobre su cierre, ya que un final feliz me habría resultado poco convincente ante el desarrollo de los hechos. Sin embargo, el final funciona al dejar espacio a la interpretación. Entre gestos y palabras que se contradicen para sugerir múltiples posibilidades, la película finalmente propone: ¿puede una pareja reconciliarse después de haberse hecho tanto daño? Queda en el espectador responder.
The Drama es una de las películas más interesantes y emocionantes del año, moviéndose entre la comedia romántica y el drama (como bien indica el título) con un estilo marcado. Se perfila como otra obra sólida en la filmografía de Kristoffer Borgli, quien logra volver digerible y disfrutable la cara más incómoda de la naturaleza humana.

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