Hasta la vista, Jean-Paul, viejo amigo

Actualizado: oct 5

El icónico actor Jean-Paul Belmondo falleció a los 88 años, dejando un legado de 80 filmes. El intérprete trabajó con cineastas como Godard, Truffaut, Melville, Chabrol, De Sica, entre otros, y es recordado como una leyenda del cine de la nouvelle vague.


Por Rogelio Llanos Q NOTICIAS/ BELMONDO



Hoy partió en su viaje final Jean-Paul Belmondo. Chacho León y Kiko Silva, críticos y cinéfilos de estirpe, se han referido a esta partida como un hecho luctuoso que los entristece porque consideraron al actor como un amigo cercano. Comparto esa idea y el sentimiento de tristeza. Para quienes amamos las imágenes, la visión de una película nos traslada hacia un mundo hecho de ilusiones, allí acompañamos con placer o con dolor a los protagonistas en su itinerario vital. La prolífica carrera de Jean-Paul Belmondo nos hizo viajar muchas veces por esos territorios imaginarios. Sí, yo también fui amigo de Jean-Paul Belmondo.


Lo conocí en aquellos estimulantes días de mediados de los años sesenta cuando él, convertido en soldado francés de permiso, se empeñó en seguir el rastro de unos bandoleros que habían robado una estatuilla valiosa y, de paso, habían raptado a su novia. La aventura se llamó Hombre de Río (1964) y la acción rocambolesca del filme dirigido por Philippe de Broca capturó la atención del niño cinéfilo que alguna vez fui. Ese rostro, en el que resaltaba la nariz deformada por su gran afición al boxeo, quedó grabado para siempre en mi memoria y lo asocié durante muchos años a personajes que caminaban por los senderos de la aventura policial y de las andanzas amorosas. Ciertamente Belmondo fue en la pantalla el hombre duro que atraía a multitudes, el galán que encantaba a las jóvenes y el pícaro que conquistaba a otros.


Esa fue la imagen que tuve de Jean-Paul Belmondo durante muchos años. Esa imagen perduró durante todo el tiempo que mi cinefilia se redujo a vivir horas en la oscuridad de las salas cinematográficas, con pleno desconocimiento de la cultura y crítica de cine. Me estoy refiriendo a mis primeros veinte años de vida en los que mis únicas lecturas sobre cine se reducían a las anodinas notas con las que Alfonso Delboy colaboraba en un semanario periodístico y a los chismes de las estrellas que aparecían en la revista chilena Écran.


Pasarían algunos años antes de que esa imagen que yo tenía de Belmondo cambiara hacia otra que ya no sólo se instaló en la memoria sino también en el corazón. Sus trabajos en Una doble vida (À double tour, 1959, Claude Chabrol), Al final de la escapada (À bout de souffle, 1959, Jean-Luc Godard) y, sobre todo, La sirena del Mississippi (La sirène du Mississipi, 1969, François Truffaut) y El cura Leon Morin (Leon Morin, prêtre, 1961, Jean-Pierre Melville), me impresionaron gratamente por su enorme capacidad para hacer suyos personajes sensibles y extraños que habitaban atmósferas grises y que convocaban a nuestra complicidad, gracias a sus pequeños gestos y a la profundidad de su mirada. Precisamente, esos detalles Melville los explotó de manera extraordinaria en su entrañable historia sobre el cura Leon Morin.



Jean-Paul Belmondo incursionó en el cine a mediados de los años cincuenta y tuvo la suerte de entrar en contacto con los llamados jóvenes turcos que revolucionaron la crítica cinematográfica, reunida en torno a Cahiers du Cinéma. Me refiero, entre otros, a

François Truffaut, Jacques Rivette, Jean-Luc Godard y Claude Chabrol. Cuentan Antoine de Baecque y Serge Toubiana, biógrafos de Truffaut, que las discusiones en el interior de las revistas eran muy encendidas, especialmente por la combatividad de Truffaut o porque Godard tomaba “prestado” el dinero de la caja. Pero esa tensión solía diluirse y el grupo terminaba desternillándose de risa cuando Jean-Claude Brialy o Jean-Paul Belmondo pasaban por las oficinas de Cahiers y se unían a la celebración de la amistad (Baecque, 2006, p. 684)


De esa amistad nacieron aquellos papeles protagónicos de un Belmondo bajo la dirección de aquellos críticos que, de manera audaz y creativa tomaron por asalto las cámaras cinematográficas para cambiar de manera radical la imagen del cine francés y mundial. Belmondo no desaprovechó la ocasión y desarrolló una intensa carrera de la mano de directores consagrados o que estaban en camino de serlo: Claude Chabrol, Peter Brook, Vittorio de Sica, Claude Sautet, Mauro Bolognini, Philippe de Broca y Henry Verneuil. Con cada uno de estos dos últimos directores filmó seis películas (1).


He disfrutado mucho con las películas de un Belmondo que supo encarnar a diferentes personajes con temperamentos disímiles, moviéndose con comodidad en ambientes radicalmente diferentes unos de otros. Sin embargo, aparte de su notable interpretación como el cura Leon Morin, nunca olvidé el papel que cumplió en la vida de François Truffaut, para quien hizo una película que no fue bien recibida por la crítica y por el público que asistió a verla: La sirena del Mississippi. Yo amé esa película desde que la vi por primera vez en un cineclub de los años setenta. Es de esa película y del papel de Belmondo en el filme de lo que quiero hablar ahora, a manera de homenaje al actor entrañable.


Hacia 1962, cuando la productora de Truffaut adquirió los derechos de Fahrenheit 451 (Baecque, 2006, p. 278), el cineasta pensó en Jean-Paul Belmondo para el papel de Montag. Sus colaboradores cercanos lo intentaron disuadir al contarle que Belmondo pedía alrededor de sesenta millones de francos por película. En el Festival de Berlín de ese año Truffaut se encontró con Belmondo y conversaron entusiasmados sobre el proyecto, pero el actor lamentó no poder ser de la partida porque tenía el compromiso con Jean-Pierre Melville para rodar El Confidente (Le Doulos, 1963, Jean-Pierre Melville), pero, también Truffaut pudo confirmar que las pretensiones económicas de Belmondo no iban de acuerdo con las posibilidades de su productora.


Lo cierto es que la imagen de Belmondo permaneció siempre viva en la mente de Truffaut y así lo confiesa en una de sus múltiples cartas que remite a su amiga y confidente Helen Scott: había puesto a trabajar a sus guionistas amigos en una historia de amor -que sería una suerte de comedia dramática – en la cual los personajes se separan y se reconcilian. Esa historia la había pensado para Romy Schneider y Jean-Paul Belmondo. El proyecto, sin embargo, con el paso del tiempo sufrió transformaciones importantes. Nunca pudo trabajar con Romy Schneider, pero sí con Belmondo.


La oportunidad se presentó al término del rodaje de Fahrenheit 451. Con varios títulos exitosos en su haber, y con la experiencia de trabajos en coproducción, Truffaut estuvo ya en condiciones de llevar adelante un viejo proyecto acariciado desde los años cincuenta: La sirena del Mississippi. Y para este filme no sólo se empecinó en trabajar con Catherine Deneuve sino también con Jean-Paul Belmondo. Esta historia estaba en sintonía más bien con un relato de amor que con un policial. Es, en verdad, la narración de un amor loco llevado hasta las últimas consecuencias. Hasta ese momento, Truffaut había hecho filmes sobre el amor, pero desarrollando el conflicto en torno a la presencia de tres personajes. Esta vez, el conflicto se centraba exclusivamente en la pareja.


Louis Mahé, el personaje que encarnó Belmondo, era un joven millonario, amable y atractivo, pero al mismo tiempo, un hombre vulnerable que termina siendo estafado y manipulado por Marion (Catherine Deneuve). En esta narración los papeles están invertidos: ella es la chica mala de la historia y él, el hombre que está perdidamente enamorado de ella y cuyo amor es tan inmenso que es capaz de aceptar ser asesinado por ella. La inversión no sólo se da al interior de las imágenes, se da también en los predios de la realidad: Belmondo aparece lejos de la imagen viril que había caracterizado a los protagonistas de los filmes en los que había trabajado hasta entonces. Sabía que estaba corriendo un riesgo, pero había empeñado su palabra con Truffaut que siempre quiso tenerlo de protagonista de esta historia.


Truffaut veía en Belmondo a un personaje “tan vivo y frágil como un héroe de Stendhal” (Baecque, 2006, p. 364) Y para él y Catherine, unidos por un amor loco, Truffaut escribe “un diálogo muy elocuente y espontáneo” que se va construyendo “día a día pocas horas antes de rodar las escenas” (Baecque, 2006, p. 367). Truffaut disfruta con el filme, se pone en evidencia sus ideas y sus experiencias acerca del amor, disfruta de la historia y de sus actores. Belmondo, aún a sabiendas de que está yendo contra la imagen que el cine le ha forjado, se entrega con cariño y gran profesionalismo a su papel. Fiel a su manera de trabajar, Belmondo se negó en todo momento a ser sustituido por un doble en las escenas de riesgo, lo cual lo condujo a una situación en la que estuvo en juego su integridad física.