“La Grazia” (2025): fascinación y vacío político
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En La Grazia, Paolo Sorrentino explora el ocaso de un presidente desde una mirada íntima y estética, donde el poder se transforma en imagen y la política cede ante la incertidumbre personal.
Por Valeria Carbajal CRÍTICAS / VIDEO ON DEMAND

En La Grazia, Paolo Sorrentino sitúa al presidente De Santis en el ocaso de su mandato, un periodo que, simbólicamente, también marca el final de su vida. A medida que se aproxima el cierre de su carrera, las tensiones internas del personaje se profundizan. Dos decisiones parecen atormentarlo: aprobar una ley sobre la eutanasia y conceder indultos en casos moralmente ambiguos. Ambas decisiones funcionan como detonantes éticos, pero Sorrentino no está realmente interesado en debatir su impacto político. La eutanasia, en este contexto, se convierte en un pretexto para abordar algo mucho más fundamental: el control, el final y la imposibilidad de tomar decisiones definitivas sobre la vida y la muerte.
Lo que realmente desestabiliza a De Santis no es el peso de sus responsabilidades públicas, sino una duda íntima, casi insignificante en comparación con la gravedad de su cargo: la sospecha de que su esposa fallecida le fue infiel décadas atrás. Esta incertidumbre se convierte en el verdadero eje emocional de la película. A través de esta duda personal, Sorrentino ofrece una reflexión sobre la fragilidad humana y la imposibilidad de alcanzar certezas absolutas.
La centralidad de De Santis en la película es absoluta: no solo orienta el relato, sino que determina el encuadre y el sentido mismo de las imágenes. Su presencia puede variar de escala dentro del plano, pero sigue siendo el eje principal. La naturaleza (la niebla, la lluvia, el viento, la luz) deja de ser simplemente un fondo y se transforma en una extensión simbólica de su estado mental. Cuando el presidente recorre un paisaje cubierto por la bruma, no está simplemente atravesando un espacio físico, sino un territorio psíquico donde se materializan sus tensiones internas. De esta forma, el mundo no existe fuera de él, sino que se reconfigura constantemente como proyección de su conciencia de poder.
En cuanto a la estética, la arquitectura en la película refuerza esta idea de poder omnipresente. Los espacios están construidos con geometrías rígidas, simetrías opresivas, techos desmesurados y una paleta cromática incolora que intensifica la frialdad del entorno. Aunque el presidente pueda parecer pequeño frente a esa monumentalidad, nunca deja de estar en el centro de todo. La arquitectura, en lugar de contenerlo, lo amplifica, reforzando su imagen casi mítica. Este tratamiento estético, que hace del espacio una extensión psicológica del poder, genera un paralelo con el cine de Kieślowski, donde los entornos no son solo decorados, sino superficies cargadas de sentido moral y emocional. En ambos casos, el espacio refleja el peso de las decisiones de los personajes, aunque aquí la estética de La Grazia se aleje de la sutileza y se enfoque en una monumentalidad más autoritaria.

A su vez, como ya se ha visto en diversos largometrajes de Sorrentino, la película también dialoga con la tradición de Fellini, especialmente en su inclinación por la teatralización de lo real y la transformación de lo político en espectáculo. Sin embargo, mientras que en Fellini el exceso abría un espacio para la libertad creativa y el caos imaginativo, aquí la estilización adquiere un carácter más cerrado, ceremonioso y rígido. La puesta en escena no libera la realidad, sino que la somete a una lógica institucional que refuerza la solemnidad del poder. En este contexto, la exageración formal, lejos de ser una crítica mordaz, roza lo irónico, pero no desde una distancia clara, sino desde una fascinación palpable por la grandilocuencia del gesto político.
Este gusto por la monumentalidad se hace especialmente evidente en una de las escenas clave de la película, cuando De Santis revisa el borrador de la ley de eutanasia. La cámara se desliza lentamente hacia su rostro, resaltando la solemnidad del acto, mientras la reacción de su hija refuerza la idea de estar ante un momento trascendente. Sin embargo, al despojar a esta escena de su monumentalidad estética, lo que queda es un simple gesto administrativo, vacío de contenido político real. La estilización convierte lo político en abstracción, separando las decisiones de cualquier consecuencia material. Aquí se hace evidente el dilema central de la película: al embellecer el poder, lo vacía de su espesor político. Lo reduce a pura forma, a una imagen que, en lugar de cuestionar la responsabilidad institucional, parece simplemente contemplar su magnetismo visual.
En este sentido, La Grazia no se presenta tanto como una crítica a la política, sino como una fascinación por el poder como imagen. A lo largo del film, la película se aleja de cualquier intento de reflexión política profunda y se convierte más bien en una exploración de la seducción estética del poder. La duda moral de De Santis, lejos de implicar un cuestionamiento genuino de su rol, se convierte en una cuestión más personal y existencial, desplazando el enfoque de lo colectivo hacia lo privado. Al final, Sorrentino introduce una reflexión sobre el paso del tiempo y la imposibilidad de alcanzar certezas absolutas. De Santis, formado en la lógica de la ley y la precisión, se enfrenta a la incertidumbre que marca tanto su carrera como su vida personal, dándose cuenta de que la verdadera “gracia” no reside en la certeza, sino en la duda.

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