Las sombras silentes de "Todos somos marineros" (2018)


Por Alejandro Núñez Alberca CRÍTICA / ESTRENO

Fuente: América TV


El título de esta película es bastante rico en connotaciones. Podría querer decir que todos partimos lejos de casa en busca de lo desconocido, que todos estamos, de algún modo, en trance, en el umbral más incierto. Referirá, tal vez, al libre fluir de las acciones, que poco a poco se mimetizan con el devenir propio de la marea, a veces en nuestra contra. O quizá quiere decir que, en altamar, la calma aparente encubre una infinidad de corrientes sumergidas, listas a alterar nuestro curso en cualquier instante. La película, de hecho, actualiza un poco de cada una de estas lecturas, aunque no siempre con éxito.


Los marineros Tolya, Vitya y Porfirich se hallan lejos de su tierra. Los dos primeros son hermanos y el último un apático capitán, varados en un puerto del norte del Perú mientras la empresa para la que trabajan pasa por la bancarrota. En el puerto cada quien vive su vida, o lo que queda de ella. Entre amores, desencuentros y trabajos de medio tiempo van forjando una identidad de cara a los habitantes del pueblo pesquero, con la mirada repartida entre tierra firme y ese ambiguo armazón de metal que flota en la bahía. La lógica es muy simple: si la casa es inalcanzable, reconstruyámosla aquí mismo.


Pero no todos se adaptan tan fácilmente a lo que el devenir les ha arrojado. Tolya tiene muchos más reparos que su hermano, quien puede imaginar sin problemas el resto de sus días de este lado del charco, incomprendido en su país de origen por detalles que la misma película va develando.

Fuente: Walac Noticias


La narración se puede describir como un vaivén constante entre lo que acontece de golpe y lo que nunca termina de llegar. La predilección del director Miguel Ángel Moulet por condensar varias acciones en un solo plano solo le funciona en ocasiones, especialmente cuando la historia justifica esta decisión. Todo lo demás corre el riesgo de caer en un cierto virtuosismo, uno que llega incluso a costa de un ritmo orgánico o el desarrollo natural de los personajes. Sorprende, de hecho, la atención que Moulet demanda que tengamos hacia personajes que él mismo parece descuidar. Es una forma de involucrar al espectador, tal vez eso sea, pero el trabajo se sigue sintiendo abandonado, dejado a medias.


En cierta forma, sus personajes tal vez estén hechos para estar incompletos. Sus carencias y miedos son tan enigmáticos que no son revelados a nadie, y tan solo admitirlos en privado parece un gran acto de coraje. La fotografía, entre tomas oscuras, fondos grises y pocas fuentes de luz, ejemplifica esta suerte de silencio de uno mismo, donde lo que se siente y lo que se dice son dos líneas paralelas y rígidas. Algunos de los momentos más importantes no ocurren a plena luz del día, sino en lo profundo de un cuarto de máquinas, una avenida sin luz o una habitación apagada.


En la ópera prima de Moulet, uno no puede evitar sentir esa carencia, la sensación de que algo se halla incompleto, ya sean los personajes o ciertos elementos de la trama. Hay dos maneras de verlo: o bien como un defecto, o como parte de su temática. Por el bien de la película, puede que debamos optar por lo segundo. Esa es, creo yo, la única forma de redimirla.







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