“Scream 7” (2026): Una saga que grita socorro
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Una entrega marcada por problemas de producción que deriva en un slasher repetitivo, sin identidad ni el ingenio metacinematográfico que definió a la saga.
Por Daniel Pérez Sibaja CRÍTICAS / CARTELERA COMERCIAL

Resulta muy difícil pensar que la séptima entrega de una saga pueda aportar algo nuevo o funcionar igual que la primera parte; justamente, Scream 7 no es la excepción. El contexto de esta entrega puede explicar su resultado, ya que originalmente iba a ser la culminación de la nueva trilogía (recordando que las dos películas anteriores fueron dirigidas por Tyler Gillett y Matt Bettinelli-Olpin), pero, tras la salida de los directores, el despido de Melissa Barrera (la anterior protagonista) y varias reescrituras de guion, el producto final deja entrever todos estos problemas.
Tras una preproducción conflictiva, Kevin Williamson, guionista de la primera parte, volvió para dirigir esta entrega, además del regreso de personajes emblemáticos como Sidney Prescott (Neve Campbell), Stu Macher (Matthew Lillard) y Gale Weathers (Courteney Cox). Bajo una promesa nostálgica, parecía que la saga volvía a sus orígenes para conmemorar el aniversario número 30 de la franquicia, pero en realidad se repite la misma fórmula sin reinventar nada, incluso perdiendo el encanto de la saga.
El primer filme, de la mano de Wes Craven, destacó por el uso de recursos metaficcionales en una sátira alrededor de las películas de terror, replicando tropos y clichés para construir una historia que reflexiona sobre la violencia convertida en entretenimiento. En este caso, el largometraje no parece recordar ninguno de estos elementos ni tampoco propone algún concepto nuevo.
La historia sigue a un nuevo grupo de personajes, entre los cuales se encuentra Tatum Evans (Isabel May), la hija de Sidney Prescott. En medio de una conflictiva relación entre madre e hija, surge el regreso de Ghostface, quien decide asesinar a este grupo de personas hasta dar con Sidney.
Bajo esta sencilla premisa, los personajes son aún más simples. Ningún personaje de reparto cuenta con el suficiente desarrollo como para siquiera ser recordado o generar algún tipo de pena por sus posteriores muertes. Al recordar clásicos del género slasher, se nota una desafortunada evolución dramática en los personajes. Por ejemplo, en Viernes 13 Parte 3 (1982) podíamos ver a Shelly Finkelstein (Larry Zerner), un joven torpe e inseguro que mostraba un silencioso dolor tras ser rechazado por una chica. Los personajes que lograban evocar simpatía y compasión en el espectador dentro de este género han sido reemplazados por individuos deleznables o intrascendentes cuyo único objetivo en la trama es ser asesinados a manos del villano; para ser justo, esto podría considerarse más un tropo del género hoy en día que un error de la película, pero vale la pena resaltar que es una decisión creativa que le resta profundidad e impacto a la historia. El elenco se ha vuelto una excusa para mostrar diseños de muerte creativos o grotescos. En este sentido, este filme podría considerarse un claro ejemplo de las películas de terror que la primera entrega satirizaba.

La película propone una relación conflictiva en la que se asoman ideas interesantes, como la herencia del trauma, pero todo es abordado desde una perspectiva simple y con un peso muy ligero en la trama. Cabe resaltar que el tratamiento de este conflicto se da mayormente durante el primer acto, el cual es el tramo más flojo de la obra, al presentar el conflicto y a los personajes de una manera totalmente superficial. La primera media hora de la película se siente como un previo innecesario al espectáculo violento que promete Williamson.
La implementación de la tecnología como recurso narrativo es, tal vez, lo más destacable de esta entrega, ya que Ghostface hace uso de la inteligencia artificial para llevar a cabo sus delitos. Sin embargo, el desenlace de la trama y el famoso plot twist, donde se revela la identidad del asesino, terminan mermando este recurso, debido a que la revelación se siente absurda ante las cuestionables motivaciones del personaje.
En general, la fórmula se siente gastada. Si bien las películas slasher responden a la necesidad de un público de ver a un asesino avanzar como una fuerza imparable mientras mata grotescamente a todos los personajes (dando rienda suelta a todas las incongruencias e inverosimilitudes del guion), esta película termina siendo deficiente aun así. A pesar del regreso de Kevin Williamson, la película no parece recordar nada de lo que hacía especial a la franquicia. Lejos quedaron los comentarios meta y las referencias al género de terror, elementos que son reemplazados por un guion lleno de incoherencias que recurre al impacto visual y no aporta nada nuevo a la saga. Finalmente, este filme puede percibirse como una excusa para comercializar con la franquicia, evidenciando que la saga puede estar dando sus últimos gritos de socorro.

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