“Sorda” (2025): entre el amor y el silencio
La ópera prima de Eva Libertad ya se encuentra disponible en MUBI.
Por Alberto Ríos CRÍTICAS / MUBI

El miedo de no poder comunicarse con la propia hija y la dificultad de encontrar un lugar dentro de una sociedad pensada para quienes oyen. Esos son los dos grandes ejes de Sorda (2025), la ópera prima de Eva Libertad. La directora convierte esa experiencia en un drama profundamente íntimo que encuentra en la maternidad el espacio desde donde explorar la identidad, el vínculo familiar y las formas, muchas veces invisibles, en que el entorno condiciona la vida de las personas sordas.
Ángela, una mujer sorda, espera el nacimiento de su primera hija junto a Héctor, su pareja oyente. La llegada de la bebé transforma el equilibrio de la relación y enfrenta a ambos con preguntas sobre la crianza, la comunicación y la forma en que cada uno experimenta el mundo. Mientras la familia intenta adaptarse a esa nueva realidad, Ángela debe desenvolverse en un entorno donde gran parte de las decisiones y los vínculos cotidianos siguen organizándose desde una lógica que no contempla plenamente su experiencia.
Sorda se distancia de propuestas recientes como CODA (2022) al construir un relato que no convierte la discapacidad en un recurso destinado a provocar emoción inmediata. Eva Libertad observa la experiencia de Ángela desde la cotidianidad y encuentra allí los matices de su protagonista. La sordera forma parte de su identidad y de su manera de habitar el mundo. Esa convicción aparece en decisiones concretas, como su negativa a utilizar audífonos o su preferencia por leer los labios para responder por sí misma y preservar su autonomía. Los conflictos familiares y personales son abordados con una puesta en escena contenida que evita enfatizar el sufrimiento y permite que las emociones surjan de los pequeños gestos, las miradas y los silencios. Esa sobriedad fortalece la credibilidad del relato y sostiene la empatía hacia sus personajes sin recurrir a un melodrama diseñado para manipular al espectador.

Ángela teme que su hija crezca alejada de su forma de entender el mundo, mientras Héctor, aun desde el afecto, reproduce dinámicas que muchas veces la excluyen sin advertirlo. La maternidad adquiere así una dimensión particularmente compleja. Esa inquietud aparece en pequeños gestos de celos y alcanza uno de sus momentos más íntimos cuando Ángela decide colocarle unos audífonos a la niña para que experimente, aunque sea por unos instantes, una percepción cercana a la suya.
Algo que destaca especialmente de la puesta en escena de Eva Libertad son las decisiones relacionadas con el manejo del sonido. Llegado un punto, luego de una fuerte discusión entre Ángela y su pareja, la cinta se silencia. Entramos en un P. O. V. auditivo de la protagonista y experimentamos el mundo de la misma manera que ella lo hace. Lo mismo sucede cuando decide utilizar audífonos para acudir a una reunión con otros padres. El sonido reaparece, pero saturado, con agudos desnaturalizados que distorsionan la percepción de la realidad. La puesta en escena demuestra que los temas serios y complejos pueden abordarse sin recurrir a la sensiblería barata, aprovechando los recursos propios del lenguaje audiovisual.
Eva Libertad encuentra en esa mirada contenida la principal fortaleza de la película. En lugar de convertir la sordera en el único tema del relato, la integra a la vida cotidiana de sus personajes y deja que sean sus vínculos los que ocupen el primer plano. Sorda demuestra que las historias más íntimas también pueden abrir preguntas profundas sobre la manera en que convivimos con quienes experimentan el mundo de una forma distinta.

kkk-02.png)



Comentarios