“Baby Driver” (2017): la visión rítmica de la imagen

Ya se encuentra disponible en Netflix esta película de Edgar Wright, que tiene entre sus grandes virtudes una edición que actúa en función a sus recursos sonoros.


Por Alex Rodríguez CRÍTICA/NETFLIX

Fuente: IMDb


El montaje de Edgar Wright se podría definir en una sola palabra: dinámico. El realizador es conocido como un fanático de los cortes rápidos y rítmicos, transiciones ingeniosas y movimientos de cámara. Anteriormente, el cineasta nos demostró su talento como guionista y director en su “trilogía del Cornetto”: Shaun of the Dead, (2004), Hot Fuzz (2007) y The World’s End (2013), con uno de los estilos más únicos, reconocibles, y entretenidos del cine, actuando más como un “compositor visual” que como un director.


En esta ocasión, da un paso más allá y logra sorprendernos una vez más en lo que podría ser su película más seria hasta la fecha: Baby: El aprendiz del crimen (Baby Driver, 2017), protagonizada por Ansel Elgort en compañía de un excelente cast conformado por Lily James, Eiza González, Jamie Foxx y Kevin Spacey.


El director inglés propone un montaje en el que la música no solo acompaña las imágenes para generar emociones, sino que toda la historia se construye sobre lo sonoro. En palabras del mismo director, Baby Driver no podría existir sin la música. Muestra una perfecta sincronización casi en cada momento en que la música es utilizada. Lo que guía la película no es el personaje, sino el sonido.


Desde el inicio, Wright establece los elementos más importantes de la película en solo tres encuadres: el auto rojo (reconocible gracias a los posters publicitarios), el iPod del protagonista (que nos integra a ese mundo lleno de elementos musicales), y a Baby, nuestro protagonista, un joven que se ve envuelto en el mundo del crimen, pero quien realmente no se siente a gusto dentro de él.

Fuente: IMDb


Para Edgar Wright, el ritmo musical guía la edición, y, en ocasiones, a los actores (su ejemplo más evidente es la escena de Shaun of the Dead en la que podemos escuchar “Don’t stop me now” de Queen). En Baby Driver, Wright toma este elemento distintivo de su estilo y lo potencia, llevando la película a lucir como un conjunto de varios videos musicales perfectamente coreografiados.


Mientras que en los momentos de tensión y acción, el director nos muestra movimientos de cámara y cortes que van acompañados del beat de canciones rápidas como “Bellbottoms” de The Jon Spencer Blues Explosion o “Hocus Pocus” de Focus; en aquellas secuencias en que Baby disfruta realmente la vida y se siente tranquilo, los cortes son pocos, o incluso nulos, como la escena inicial de los créditos al compás de “Harlem Shuffle” de Bob & Earl, o la escena de la lavandería en compañía de Debora, personaje por el que siente un interés amoroso.


Durante los 113 minutos que dura la película, nos sumergimos en la vida de Baby y, sobre todo, en su mente. Nosotros observamos y escuchamos lo que Baby observa y escucha. La cámara se mueve con él, lo que nos aleja de aquello que sucede fuera de sus sentidos. De manera casi imperceptible, cada que nuestro héroe se retira los audífonos la música desaparece, al igual que en aquellos movimientos de cámara que reflejan cómo Baby prefiere no observar de manera directa los actos violentos de sus compañeros. Wright rompe esta regla cuando Baby comienza a perder el control de su mundo y sus decisiones, al compartir la visión de la banda de atracadores que lo acompaña.


Para Baby, la música no es solo una pasión adquirida o un recuerdo melancólico. Es su motor de movimiento. Al enterarnos que nuestro protagonista tiene un padecimiento llamado Tinnitus (un trastorno que provoca un zumbido constante en sus oídos), entendemos el porqué de este mundo llevado por el beat.

Fuente: IMDb


Ello es notorio en ciertas secuencias en que sus movimientos se vuelven fluidos y ágiles. Es capaz de tomar decisiones rápidas detrás del volante, al estar en sincronía con su música. En contraste, tiene un andar torpe y distraído cuando camina por las calles sin buscar un ritmo con el cual moverse.


El diseño sonoro por parte de Steven Price es admirable. Integra cada sonido del mundo ficcional, diegético, con la música. Cada disparo de un arma, cada derrape y cada sirena policial se vuelve parte de un universo auditivo en el que todo tiene un compás natural.

En lo que respecta al diseño de producción, se encuentra un lenguaje que traduce lo que sienten los personajes, sobre todo el protagonista. La vestimenta de Baby muestra colores más vivos cuando es feliz, más allá de su vida criminal.


La película se encuentra llena de simbolismos y pequeños detalles que uno puede notar al verla por segunda o tercera vez. Por ejemplo, la letra de la música, que aparece en forma de grafitis callejeros cuando Baby recorre las calles de Atlanta, o la forma en que él pronuncia su nombre al estilo de la canción “B-A-B-Y” de Carla Thomas.


Wright es alguien a quien no le gusta dejar un solo cabo suelto dentro de su realización. Piensa su película como un producto finalizado desde la concepción de la idea. Ese es un rasgo difícil de encontrar en la mayoría de los directores de esta época. Hay que aprender de la pasión hacia el cine que este hombre destila en su arte.












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