“Becky” (2020): “Mi pobre angelito” en clave “gore”

Por Sebastián Zavala Kahn CRÍTICA/VIDEO ON DEMAND

Fuente: IMDb


Si tienen curiosidad de ver cómo sería una mezcla entre Mi pobre angelito, Duro de matar, y hasta un poco de Hostel, Becky es una buena opción. Lo que tenemos acá es un thriller increíblemente sangriento y hasta algo sádico, en donde una menor de edad tiene que deshacerse de un grupo de neonazis de maneras cada vez más gráficas. No se trata de un concepto particularmente creíble, pero está lo suficientemente bien desarrollado en Becky, como para que uno se mantenga entretenido durante hora y media. Es una experiencia intensa y algo exagerada, como ver una película de serie B protagonizada por actores competentes, y dirigida con estilo y aplomo.

Lulu Wilson interpreta a la adolescente del título, una chica (aparentemente) común y corriente que vive sola con su padre, Jeff (Joel McHale), desde que su madre murió de cáncer un año atrás. Sin embargo, el segundo quiere seguir adelante, por lo que le cuenta a la primera que ha comenzado a salir con una mujer llamada Kayla (Amanda Brugel). Previsiblemente, Becky no reacciona bien a esto, pero Jeff tiene un plan: se van a la cabaña de campo de la familia durante el fin de semana con toda la nueva familia, incluyendo al pequeño hijo de Kayla, Ty (Isaiah Rockcliffe), como para tratar de hacer que Becky se acostumbre a la nueva situación.

No obstante, los planes de Jeff se ven interrumpidos por la aparición de Dominick (Kevin James), un neonazi que acaba de escapar de prisión junto a tres de sus amigos, y que ha llegado a la cabaña en busca de una llave muy especial. Desesperados, ni Jeff ni Kayla saben qué hacer, pero los malhechores no cuentan con la presencia de Becky, quien ha logrado escapar de la casa, y quien ahora se dedicará a tender toda suerte de trampas para deshacerse de Dominick y compañía. Así, Becky se convierte en una versión más sádica de Mi pobre angelito, en una sanguinaria adolescente va atacando a los neonazis, uno por uno, utilizando toda suerte de objetos filosos.

Fuente: IMDb


Uno tiene que tener un nivel muy alto de suspensión de la incredulidad mientras ve Becky. Después de todo, hay que aceptar que esta chica de 15 años, furiosa y vengativa, sería capaz de matar a neonazis adultos, y que no tendría ningún problema en bañarse en sangre ajena. También hay que aceptar varias escenas de chocante gore —un momento, que involucra un ojo colgando del rostro de uno de los personajes, es particularmente perturbador—, y el hecho de que Dominick y compañía terminan siendo bastante más ineptos de lo esperado. Si uno es capaz de aceptar la trama al pie de la letra, sin cuestionar los huecos narrativos o las decisiones ilógicas tomadas por los antagonistas, la puede pasar bien con Becky.

Después de todo, se trata de una experiencia trashy, en la que el interés de los directores claramente estaba en la sangre y en el desarrollo de tensión durante ciertas escenas, y no tanto en la construcción de los personajes o el contenido temático. Cualquier comentario social que se hubiera podido realizar a través de la presencia de los neonazis es dejado de lado, en favor de una narrativa que simplemente nos presenta una situación de “buenos contra malos”. Nadie va a salir de esta película sintiendo lástima por los neonazis (felizmente), pero tampoco tendrán la sensación de haber visto algo particularmente original o profundo.

Como Becky, Lulu Wilson (Ouija: el origen de la maldad, La maldición de Hill House) da una sólida actuación, interpretando al personaje como una chica descontenta, que todavía sufre debido a la muerte de su madre. Tanto ella como el guion tratan de humanizarla desde un inicio, lo cual hace que las escenas posteriores de tortura y muerte resulten incluso más chocantes. Puede que sea una psicópata en potencia, pero al menos durante esta película en particular, no resulta tan difícil empatizar con ella. Por otro lado, Kevin James está sorprendentemente bien como Dominick. Dejando de lado el carisma con el que usualmente cuenta en sus roles cómicos, desarrolla al neonazi como un verdadero monstruo, intimidante y sanguinario. Se trata de un papel muy fuera de su zona de confort, pero que le permite demostrar dotes dramáticos que me encantaría aprovechase más en el futuro.

Becky es exactamente lo que el material promocional (los pósters, los tráilers) promete: un thriller tenso y ágil. La dirección es suficientemente estilizada —cámaras en mano, planos largos, buena utilización de la locación principal— como para que no se sienta como una producción barata, y las actuaciones son eficientes —James y Wilson está bien, sí, pero McHale y Brugel destacan, también, en roles más reducidos. Puede que no tenga la premisa más creíble del mundo, y que a veces exagere un poco con el gore, pero Becky termina siendo una experiencia suficientemente entretenida. No me sorprendería que se termine convirtiendo en un clásico de culto. Quién sabe, de repente el futuro de Kevin James no está tanto en las comedias, sino más bien en los thrillers más sangrientos.







#Becky

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