"Dirt music" (2019): entre el amor y el odio

La última película de Gregor Jordan es potente en su acabado visual pero débil en la construcción de la historia de una pareja sentimental.


Por Sebastián Zavala Kahn CRÍTICA / VIDEO ON DEMAND



El guion de Dirt music es adaptado de la novela de Tim Winton, uno de los autores australianos más prolíficos y populares que hayan vivido. La película es llevada a la pantalla grande por el director Gregor Jordan, responsable de filmes de buena calidad como Buffallo Soldiers, con Joaquin Phoenix, o Ned Kelly, con Heath Ledger. Además, los protagonistas del filme son la talentosa Kelly MacDonald, y el relativamente infravalorado Garrett Hedlund. El talento tanto detrás como frente a la cámara nos hace creer que Dirt Music es una película que, en teoría, debería funcionar como una historia emotiva de amor y dolor. Entonces ¿qué podría salir mal? Pues resulta que más cosas de las que se esperaba.


Las actuaciones, aunque irregulares, no carecen de momentos brillantes. La dirección de fotografía es impresionante, nos presenta al oeste de Australia como un lugar de ensueño, lleno de parajes hermosos, playas acogedoras, y atardeceres memorables. Sin embargo, la historia nunca llega a cuajar. Está llena de casualidades inverosímiles, interacciones telenovelescas, y personajes que cambian de personalidad según las necesidades de la historia. Lo que funciona en la literatura no siempre convence en un largometraje de ficción, y Dirt Music es prueba de ello.



Georgie, el personaje protagónico interpretado por Macdonald, es una exenfermera que vive en un pueblo pequeño australiano, y que tiene una relación (no un matrimonio) con Jim (el gran David Wenham), un pescador muy popular en la localidad. Ambos se toleran, pero no existe amor entre ellos. Las cosas cambian cuando ella conoce a Lu Fox (Garrett Hedlund), un cazador furtivo con un pasado misterioso, y una severa alergia a las camisetas. Luego de un encuentro sexual furtivo, ambos se enamoran, lo cual, evidentemente, enfurece a Jim y complica la vida de Georgie. Súmenle a eso una serie de flashbacks inicialmente confusos por parte de Lu, y una inesperada conexión entre él y el resto de personajes. Dirt Music se convierte rápidamente en un melodrama que se toma muy en serio a sí mismo.


Si buscaban una comedia romántica no la encontrarán acá. No hay mucho de qué reírse en Dirt Music. Ni siquiera el aspecto romántico del filme como tal llega a funcionar del todo. El primer encuentro entre Georgie y Lu es poco emotivo, y a pesar de que ambos actores se esfuerzan en crear una relación romántica creíble, la química nunca se hace evidente. No ayuda, además, que se pasen buena parte de la película separados cuando Lu es exiliado a una isla casi abandonada. En general es una relación que nunca llega a convencer. Los dos personajes llegan a parecer dos adolescentes hormonales que se han enamorado muy rápidamente, sin ninguna razón convincente.


Vale la pena cuestionar la decisión de tener a dos actores no australianos interpretando a personajes de dicho país (Macdonald es escocesa y Hedlund es norteamericano). Ambos intentan actuar con acentos australianos poco convincentes que, para colmo de males, no ayudan a que el diálogo suene menos cursi. Macdonald la pasa mejor cuando está sola, actuando a través de expresiones faciales que dicen mucho sobre lo que siente en el momento, tanto sobre su relación con Lu, como sobre los celos y la violencia de Jim.


Fuente: Cineuropa

La inclusión de algunos flashbacks, así como la aparición del aparente “fantasmita” de la sobrina de Lu, no hacen más que confundir al espectador. La película se torna absurda, especialmente cuando estos recursos son usados con mayor frecuencia. Además, se puede argumentar que conectar a Lu, Jim y Georgie de manera tan conveniente hace que la historia en general se sienta como una gran coincidencia. Hubiese podido funcionar en una película más romántica —en el sentido tradicional de la palabra—, o en una que se tome menos en serio a sí misma.


De cualquier modo, hay que destacar la dirección de fotografía de Sam Chiplin. Todo el aspecto audiovisual de Dirt Music está muy bien logrado, desde la presentación de las locaciones, hasta la utilización de cámaras en mano (durante los momentos más intensos), los planos aéreos y el look etéreo de los flashbacks. Las imágenes bajo el agua, incluso, logran otorgar cierta potencia a pasajes del filme. Dirt Music no es la mejor película romántica, pero ciertamente es una de las que lucen mejor. A pesar de ese aspecto, no deja de ser un melodrama demasiado pomposo y autoindulgente.