Los sueños extraterrestres de “La chica que amaba a los caballos” (2020)


Por Rodrigo Bedoya Forno CRÍTICA / NETFLIX

Fuente: Netflix Youtube


La chica que amaba a los caballos (Horse Girl, 2020), de Jeff Baena, comienza mostrándonos la historia de Sarah (Allison Brie), una mujer tímida, solitaria, que no necesariamente tiene la capacidad de generar vínculos sociales y que siempre parece un poco fuera de lugar. Por más que su compañera de trabajo trate de animarle, por más esfuerzos que haga su compañera de piso, Sarah prefiere quedarse todas las noches viendo una serie de ciencia ficción de la que es fanática, o visitando un caballo que, unos años antes, montaba. Y cuando quiere establecer alguna forma de comunicación con alguien, generalmente lo hace torpemente, generando incomodidad en la persona con la que conversa.


Poco a poco, la realidad de Sarah se va haciendo cada vez más confusa: pesadillas, momentos que de pronto no recuerda, encontrarse en sitios a los cuáles no sabe como llegó. Secuestros extraterrestres y clonaciones comienzan a volverse en la obsesión de la protagonista, cuya realidad se va tornando cada vez más distante de la realidad de todos aquellos que la rodean.


Lo interesante de la película es que Baena va construyendo la cotidianeidad de Sarah siempre con un toque extraño, incómodo, que se siente hasta en los momentos aparentemente más normales. Las pequeñas interacciones de todos los días, las conversaciones que tiene con gente que la aprecia siempre tienen un costado embarazoso, como si nadie que rodea a Sarah supiera muy bien como tratar con ella hasta en las conversaciones más insignificantes. Los primeros planos, que marcan las reacciones de Brie y de todos aquellos que interactúan con ella, van dando cuenta de esa extrañeza.


Fuente: Depor


Por ese motivo, la ruptura que el personaje va estableciendo con la realidad es simplemente un paso más en la vida del personaje: un paso que el personaje vive como una aventura, como aquello que le dará cierto sentido a su vida, que responderá a por qué siempre se ha sentido alienada, distinta, incapaz de establecer relaciones. Los rasguños que aparecen en las paredes, los momentos de tiempo perdidos y olvidados, las personas que aparecen en su sueño y que ella busca en la vida real son pistas que Sarah va siguiendo para poder encontrarse a ella misma.


La chica que amaba a los caballos asume el punto de vista de una persona que va perdiendo todo contacto con la realidad, y lo hace de tal manera que esa desconexión con el mundo se viva con cierto aliento épico, con la intensidad que le da al personaje el convencimiento que ese camino, por más extraño que sea, es el camino necesario para encontrar su propia identidad. En ese tono intenso que la película va adquiriendo es donde radica su originalidad: una intensidad que se sostiene en el desconectarse de lo real, en vivir el misterio y armar un rompecabezas que implica seguir una lógica que solo Sarah puede ver y que la película va estableciendo a partir de hacernos sentir su propia desorientación. Y Allison Brie le otorga al personaje justamente la vehemencia necesaria para que podamos creer que la fantasía de Sarah es real, aunque sea dentro de su mundo interno.


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